Los concurrentes empezaron a salir de la sala de reuniones. El gerente general pasó raudo por el escritorio de su secretaria y, sin mirarme, indicó con la mano que lo siguiera.
Se acomodó en la gran butaca de su oficina y primero revisó algunos papeles. Luego, como resituándose en su largo esqueleto, dijo que aparte del aliento a alcohol, algo por completo inadmisible, mi rendimiento en el último tiempo había decaído de forma marcada. En mi informe había cifras que eran irrelevantes, mientras las más importantes se perdían entre tantos números.
—Por eso era necesario que yo lo explicara —dije de manera intempestiva—, y dejáramos el otro asunto para después. Verá, los datos que considera irrelevantes son útiles para las futuras ventas de la empresa. Estoy considerando una nueva población objetivo y, sin esas cifras, me temo que sería imposible elaborar una proyección anual. Si me permite el informe, puedo explicárselo…
Dijo que no quería que lo hiciera.
—Pero si no se las explico, usted no comprenderá por qué las puse ahí…
No quería que pusiera nada más en ninguna parte. Señaló que desde mi último viaje habían hecho algunos cambios en la organización de los equipos de trabajo y no estaba incluido en esa nueva organización.
—A ver —sorprendido, me incliné un poco hacia atrás—, me parece una gran injusticia su comentario, sobre todo porque en el último tiempo he mejorado la relación con mis compañeros y realizo las tareas que me encomiendan, quedándome incluso horas extras que, por supuesto, no me pagan.
Dijo que no había nada más que decir, las cosas eran como las señalaba.
—Parece que la conversación está tomando otro rumbo. ¿Me permite despejar este pedazo de su escritorio? Solo este pequeño pedazo, dejaré sus papeles sobre este otro montón.
Me preguntó, subiendo el tono de voz, qué estaba haciendo. Quería que fuera a hablar de inmediato con el jefe de Recursos Humanos, él me daría nuevas instrucciones.
—Espere un momento, no me demoro nada en esparcir este polvo blanco y ordenarlo. Apuesto a que usted lo conoce, debe haberlo probado alguna vez en su país… Se está tan bien aquí, la única oficina que tiene cafetera, y esa magnífica vista al cerro San Cristóbal es en verdad admirable.
Dijo que dejara de hacer eso y me fuera en el acto, casi gritando y poniéndose de pie.
—Si no me demoro nada en enrollar un dólar, este dólar tan fuerte y firme que tengo gracias a su empresa. Mire lo bien que se envuelve y lo rápido que permite aspirar estas líneas… ¡Ahh, eso estuvo bueno! ¿Quiere la otra?
¡Que me fuera de ahí de inmediato o llamaría a la policía! Hizo ademán de avanzar hacia mí, aunque sin moverse de su sitio.
—No se altere tanto, solo trataba de devolverle la mano siendo cortés.
¡… y que sacara todas mis porquerías de la oficina ahora mismo!
Salí al pasillo mientras el gerente le gritaba a la secretaria que llamara a seguridad. Fui directo a los ascensores. De todos modos, no tenía objetos que valieran la pena en la oficina, solo unos cuantos textos escritos en el computador. Por fin tenía una verdadera razón para festejar en el bar: ¡toda la libertad del mundo se me otorgaba así de pronto! Aún era temprano por la mañana, quedaba todo el día por delante.
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