Claudio Naranjo Vila - Seguir la noche

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Una alocada salida de copas por Valparaíso nocturno expondrá las vidas de un grupo de amigos que viven al margen del orden estatuido: pseudoartistas, eternos estudiantes, parásitos del dinero de otros, expatriados por la dictadura que aún no encuentran su lugar en el país, todos enemigos declarados del día. Sucumben al conjuro de la noche, donde sienten que el tiempo no transcurre, o donde —una y otra vez, como en un encantamiento— vuelve a caer la misma oscuridad sobre la urbe.La noche, donde todo puede acontecer y corren libres los placeres y peligros renegados por el día, para estos seres que navegan a perpetuidad en un barco sin puerto. ¿Existe un antídoto para el encantamiento en que están sumidos? ¿Acaso lo buscan? ¿No es preferible quedarse por la eternidad bajo el hechizo nocturno? ¿La luz del día podrá romper el embrujo? ¿O solo lo ocultará?

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Alguien cerca de mí en la barra celebró mi comentario. Las conversaciones se sucedían y también los tragos. Mis amigos plantearon que usar drogas no era muy distinto a chantarse antidepresivos o calmantes para la ansiedad.

—Lo que pasa con la droga es que no hay que pagarle a un medicucho para que te la dé y cuesta más conseguirla, pero a la larga igual te sube el ánimo y hace la vida más llevadera, siempre que no abuses…

—… siempre que no abuses —complementé—, o terminarás por caer en las manos de los mismos medicuchos que al final se saldrán con la suya, te enchufarán los remedios y…

—Así que te vas de viaje. —El tipo sentado a mi lado se giró para mirarme, no sabía su nombre—. Volvamos al baño a emparejarnos la nariz, después pedimos otros tragos para desearte un bon voyage.

—No, yo paso, compadre. Tengo que levantarme temprano.

Aunque insistieron, me puse de pie. “Por una mina como Alejandra, estoy dispuesto a dejarlo todo”, pensé para mis adentros al estrecharles la mano, pero era difícil mantener ese ritmo de vida tan agitado sin la ayuda de mis amigos. Sobre todo al día siguiente, cuando despertara con dolor de cabeza y los nervios de punta, y tuviera que manejar hasta el aeropuerto dejando el auto estacionado allí, deseando que Paula no me llamara al celular como en mi último viaje, para pedirme algo tan exasperante y tierno como un osito de peluche de regalo. Luego de que el avión despegara y pudiera desabrocharme el cinturón de seguridad, pediría un whisky tras otro para pasar la resaca de la noche anterior.

“No puede ser que lo de un rato atrás sea la última vez, ¿por qué soy tan drástico conmigo?”. Manejé de vuelta a mi departamento, recordando que, después de unos tragos, al igual que otras noches, con mis amigos ocasionales fuimos al baño. Pusimos el pestillo a la puerta, conversamos sobre chicas y nos juramos amistad eterna. Descolgamos el espejo y esparcimos sobre la superficie el polvo blanco, lo molimos y ordenamos finamente unas líneas. Luego nos turnamos el dollar que alguien sacó, billete que fue aspirado de nariz en nariz. Los más entusiastas lamieron los restos adheridos al espejo. Cuando me lo pasaron de nuevo, miré que no hubiera rastros de polvo en mi nariz. La sensación de embriaguez se disipó. Después de eso mis amigos volvieron a la barra a conversar todos los tragos que el mozo les ofreció una y otra vez, mientras yo sacaba mi celular para ir a la cabina del baño a llamarte, Alejandra. Andaba tan falto de fuerzas que a cada rato necesitaba otra línea para reanimar mi cuerpo. Surgías como una buena excusa para dejarla: adiós a Las Vegas, pero la botella de escocés no me la quitaba nadie. “No, mejor guardo dos papelillos al fondo de un cajón del escritorio, por si acaso”, pensé al abrir la puerta de mi departamento.

—Estás pasado a trago —dijo Paula, cuando me tendí a su lado.

—No sabía que ibas a estar.

—¿Qué onda? ¡Si siempre te espero! Ya, acuéstate. Te despierto mañana.

Aunque no preguntó, le dije que había estado toda la noche hablando con alguien de la oficina y afinando los últimos detalles del viaje. Respondió que estaba bien, pero me hizo prometer que no tomaría más. Entonces, como insistía en que hiciera de mi departamento un lugar más acogedor, llevando ella por iniciativa propia plantas y pequeños adornos, le hice jurar que no desembalaría las cajas de mudanza mientras yo no estuviera, servían para sentarse y era probable que no permaneciera durante mucho tiempo entre esas paredes.

Así era mi vida, Alejandra, en eso me transformé lejos de ti.

—Te empaqué unos trajes livianos. —Paula apagó la luz—. Allá es verano.

La olvidada imagen de ella cobra vida con cada paso que da hacia la noche. Ha salido del Cinzano y, con las manos en los bolsillos del abrigo, esquiva a la gente que camina por la calle Esmeralda. La interminable corrida de micros no permite descender de la vereda para adelantar al tropel de asalariados y estudiantes. Llega hasta el reloj Turri, toma el ascensor Concepción y una vez arriba, pasa por el Café Turri y luego dobla a la izquierda por la calle Papudo. Se adentra por el Paseo Atkinson, con sus bancos ocupados por parejas y turistas. Desde el mirador ve que algunas luces de las calles abajo están encendidas y el sol se ha marchado de la bahía.

De pronto siente que alguien lo llama. Sentados en la terraza del Hotel Brighton, el Estudiante y el Jote hacen gestos con las manos para atrapar su mirada. El Poeta al final se da por aludido, pero luego los observa, sin decidirse a bajar las escaleras y llegar hasta la mesa, o darles la espalda y seguir contemplando la última luz del día que se desvanece. El Estudiante insiste, ahora haciendo la mímica de empinarse un vaso y el Poeta termina por ir a su encuentro.

—Murillo, ¿qué te habías hecho? —Se pone de pie y estrecha su mano.

—Vengo saliendo de la oficina. —El Poeta separa una silla de la mesa para sentarse.

—¡Sí, claro! El día que tú trabajes será el mismo que yo salga de la universidad. —El Estudiante le da palmadas en la espalda—. Llegaste justo ahora que nos íbamos a tomar algo.

—Pero este lugar es muy caro.

—¡Qué más da! Me llegó una platita de mi tía de Santiago. Deja contarte de dónde vengo.

Santiago, piensa el Poeta ahora que el Estudiante la ha nombrado, la ciudad que es como una muchacha etérea que no sabe seducir, no sabe mantener ningún amor, todos los regalos que le hacen los desecha y destruye, una muchacha cuya casa hecha de naipes se deshace con el viento. Así ve aquella ciudad efímera que derriban a cada rato para levantar nuevos edificios a la moda.

El Poeta saluda al Jote sin mirarlo a la cara. Sabe que si está aquí significa que quiere conseguir algo, solo es cosa de esperar a que aparezca lo que busca.

Los amigos se miran los unos a los otros en silencio durante un instante, como diciendo, bueno, aquí estamos una vez más. Aunque el Poeta tiene la oportunidad de hablar, ¿cómo decirle al Estudiante que ella anda por ahí? Jamás le ha contado sobre su pasado, una vida anterior donde no pudo ser lo que ansiaba. Si lo cuenta, entonces tendría que explicar que antes fue alguien distinto, casi como si se tratara de otra persona. Solo a Luna le ha dicho algo, pero lo adornó con una historia de amor para hacer llorar a cualquiera. No, no se lo confidenciará al Estudiante, que forma parte de la tribu de amigos que el Poeta llama los errantes de la noche, llegados o expulsados de otros lugares, al igual que él, eternos buscadores que encontraron refugio en Valparaíso y para quienes cualquier día es bueno para volver a empezar de las cenizas del ayer; los errantes que también cargan con una cantidad de historias de fracaso que es mejor callar y dejar en el olvido. Sí, es preferible seguir formando parte de estos seres sin pasado que viven en un eterno presente, que solo comparten aventuras actuales.

El Estudiante sonríe y cuenta que junto con la platita, su tía le envió un montón de libros de muchos autores que no conoce, tienen que juntarse en otro momento a hojearlos.

—Habías ofrecido unos tragos —dice el Poeta.

—Estoy llamando al mozo.

—Ese tipo prefiere a los turistas, dejan mejores propinas. —El Jote levanta un poco la voz, como queriendo que lo escuche.

—Te tengo que contar de una lectura de poesía de la que vengo. —El Estudiante deja una mano levantada para llamar al mozo—. ¿Quieres blanco o tinto?

—¿Para qué despreciar la hospitalidad? Tomemos una y después seguimos con la otra —responde el Jote.

—Decías algo de una lectura de poesía. —El Poeta lo mira con atención.

—¡Ah, sí! Resulta que los de la Facultad no me avisaron que en realidad era una peña en apoyo al paro de los estudiantes. Sabes cómo hablan esos tipos, de compañero para acá, compañero para allá, que este año nos dieron menos plata para el crédito fiscal que nunca y aquí nadie entra a clases hasta que todos entren gratis, compañero.

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