Después les dije que mientras me iba a la primera ciudad del mundo, donde se tomaban las más importantes decisiones de negocios, para que los muertos de hambre como ellos las siguieran, el montón de bolseros no llegaría ni a la esquina. En silencio, algunos se pusieron de pie y emigraron a otras mesas. Una chica con quien había estado otra noche me devolvió el trago. El mozo pasó cobrando antes de que pidiera la cuenta. No importó demasiado, era una buena manera de enterarme de quiénes eran en realidad mis amigos, y pagué por última vez el consumo de todos.
Dejé unos cuantos billetes de propina y fui a sentarme a la barra. Éramos solo yo y mis recuerdos de ti, el bar como telón de fondo. Había pasado mucho tiempo desde la última llamada, sentía de nuevo la angustia previa al viaje y el temor de no confesarte lo que sentía. Necesitaba hacer algo mientras me llenaba de valor y, como un rehabilitado, recordara de nuevo tu número. Lo terrible era que después me daría por escribirlo todo, incapaz de detenerme. De igual manera, saqué papel y lápiz de la chaqueta y me puse a escribir sobre ti, sobre nosotros, dándole la espalda a quien estaba sentado a mi lado.
Ella lo tomó entre sus brazos para reunir sus cuerpos. Quiso creer que sus manos apartaban el tiempo y lo llevaban hacia el lugar donde estaba esa noche, solo esa noche por sobre las otras. Ella, después de tantos cuerpos, recibiéndolo como si regresara de un largo viaje que lo traía de vuelta de ninguna parte. Sin importar las tinieblas que los rodeaban, se pusieron a caminar por la calle nocturna hacia una hermosa vida que traería el futuro.
Eso así no servía para nada, solo me dieron ganas de seguir tomando. ¿Por qué, si escribía sobre sentimientos, debía parecer un caballero andante hablando de su casta y pura Dulcinea? Asqueado, solté lápiz y papel.
Después de unos cuantos whiskies, me atreví a marcar tu número. Salió al habla una persona que nada sabía de ti y colgué. Intenté de nuevo en mi celular por si me había equivocado, pero contestó la misma voz. Sentí que mi pecho se apretaba y, como había escuchado tantas veces decir, pensé que debía ser mi corazón que se había roto.
La noche siguió fluyendo y nada pudo hacer para recuperarla.
Anoté esto al final de la hoja.
Tal vez más adelante me serviría para el final de un cuento, en ese momento era la puta verdad y nada más.
La noche siguió fluyendo, dejaron de vender tragos y la barra quedó vacía, salí del local antes de que el mozo se acercara a echarme. Con lo borracho que estaba, no encontré las llaves del auto y terminé por irme caminando. Los pájaros se contestaban de un árbol a otro, el sol todavía no asomaba por la Cordillera. No estaba preparado para lo que el tiempo traería, pero sabía que, de no abandonar esa rutina, la vida me abandonaría.
Entré al departamento, llegué a duras penas al dormitorio y me tiré junto a Paula. Se despertó y fue acercándose a la orilla de la cama donde había caído, puso sus brazos a mi alrededor y me atrajo hacia su cuerpo.
—¿Qué pasa?
—Hazme dormir —contesté.
Me llevó hasta su pecho para acariciar mi cabello. Quise creer que sus manos apartaban la neblina de los recuerdos trayéndome hacia el lugar de la vida donde estaba la cama y ella intentando aliviarme, como si regresara de un largo viaje que me traía de vuelta de ninguna parte. Quizá así no tendría que esperar a que volvieras, solo el silencio y la ausencia nos podrían mantener juntos. Me dormí queriendo despertar de una vez por todas a la realidad, a una hermosa vida que traería el futuro.
El casino social J. Cruz M. es un restaurante metido en un callejón al que se llega por la calle Condell. Cuenta la leyenda que, de todos los lugares en el puerto, es el que tiene las mejores chorrillanas, un gran plato compuesto por papas fritas, cebolla, huevo y carne mechada picada en pequeños trozos. Al Poeta a veces le gusta hacer de guía turístico y llevar a sus amigos a comer allí, para que se entretengan mirando las diversas vitrinas sin tener que hablar, sobre todo esta noche que no tiene ganas de pensar en algo ajeno a ella.
Al entrar ven las colecciones de objetos antiguos colgando de las paredes y encerradas en vetustas estanterías, como llegar a un museo con olor a grasa. Las paredes y manteles han sido rayados por los innumerables visitantes, quienes deben compartir las largas mesas contiguas con desconocidos. El Poeta y el Estudiante se sientan en el extremo de una mesa, la otra punta está ocupada por un grupo que, por sus jockeys y cortavientos, no pueden ser más que turistas.
—A veces los amigos de las chicas vienen toda una semana a la casa y no puedo ni dormir, menos pensar en estudiar allí —el Estudiante aferra su vaso—, hasta que termino enojándome con ellas y las mando a la cresta. Cuando los chicos encuentran un lugar donde carretear, le dan duro. Antes yo era igual, en todo caso, cuando vivía en una pieza de pensión y no podía invitar a nadie.
El Poeta no habla, prefiere contemplar los objetos de las estanterías. Nunca les ha puesto demasiada atención, ahora quiere abarcarlos todos.
—¿Y qué pasó con Mila?
—Los estudiantes siempre andan buscando modos de evadir sus obligaciones.
—Suenas como un padre. ¿No quieres hablar del tema?
—Es una historia vieja en cuerpos nuevos, supongo.
—Si quieres no te pregunto más.
—Bueno.
—Nunca fueron tan cercanos tampoco.
—No vas a dejar de preguntar, ¿verdad?
—Verdad.
Encogiéndose de hombros y mirando los objetos que cuelgan de las paredes, el Poeta confiesa:
—Con Mila hemos estado juntos hace algún tiempo. —Piensa más bien en otra historia de su vida que se parece en algo a esta—. Ahora me dijo que tiene un hijo mío y no he podido encontrarla en varios días.
—¿Y eso es todo? —El Estudiante está muy serio—. Pensé que era algo grave.
—Es que no ha regresado a su casa, me tiene preocupado.
—Y para completar el dramatismo de la escena, ahí viene el pesado de Bavestrello… Mira, como yo lo veo —el Estudiante intenta poner fin al tema antes de que lleguen quienes se acercan a la mesa—, al desaparecer la mina te la pone fácil. Déjala ir, es mejor así.
—¡Ah, mira con quien nos encontramos! El Poeta Murillo, la crème de la crème de la bohemia porteña, acompañado por un miembro de su corte. —Bavestrello abre los brazos con una amplia sonrisa.
El Estudiante lo ha seguido con la vista, también a una chica que anda con él. Se levanta a saludarla, la conoce de otras noches. Entre el Poeta y Bavestrello existen rivalidades que no siempre terminan bien, lo considera un poeta menor, más dado al performance que a preocuparse por mejorar la calidad de su escritura.
—El Poeta Murillo, un auténtico mártir de la vida, rasguñando la piedra filosofal para obtener restos de la savia vital —vocifera Bavestrello de pie, llamando la atención de las personas de las otras mesas.
—No tengo nada de mártir. —El Poeta despega los ojos de los objetos—. Un mártir es alguien que moriría por defender sus ideas, yo quiero mucho mi vida para hacer eso.
—¿Por qué no se sientan? —El Estudiante separa un par de sillas de la mesa.
—¿Acaso no morirías por defender tu poesía? —Bavestrello toma asiento.
—No, no entregaría mi vida, no podría seguir escribiendo. —El Poeta mira a la chica que se ha sentado a su lado y sonríe—. Por dar un ejemplo, prefiero por lejos a alguien como Galilei, que a todos esos supuestos valientes que murieron chamuscados en la hoguera.
—¿Galileo Galilei? ¿Te refieres a él? ¿Ese que durante la Inquisición negó todo para que no lo mataran?
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