El Poeta pone atención a las palabras de la chica, pero sobre todo al abrigo entreabierto que deja ver una polera ajustada y unos senos prominentes y bien formados.
—El mismo. Han hablado muy mal de él al tomarlo como un cobarde, aunque en el fondo solo se desdijo ante el Tribunal de la Inquisición, pero siguió pensando igual.
—¿Y qué era eso tan malo que pensaba?
—Que la Tierra no era el centro del universo o un saco de plumas cae igual que una piedra, pero ¡qué importa todo eso! —dice Bavestrello—. El latero de Murillo nos ha llevado al tema de la Inquisición, no sé por qué.
—Porque dijiste que era un mártir. Verás —el Poeta habla hacia la chica, le ha gustado—, un mártir es alguien que permanece rígido frente a una idea y muere, en buenas cuentas, para probar que la verdad que tanto pregonaba era cierta. Un mártir, en el fondo, es alguien que desprecia la vida. La desprecia porque está dispuesto a morir para probar algo que necesita ser demostrado con la muerte. Y Galilei —la chica cada tanto asiente con la cabeza, el Poeta no le quita los ojos de encima—, al desmentir todo, besar la cruz y esas cosas, se mantuvo con vida y dejó la oportunidad para dar a conocer sus ideas cuando llegaran mejores tiempos.
—¡Entonces Galileo era un farsante… —Bavestrello se reincorpora en la silla, aunque siente que pierde estelaridad.
—¿Ustedes van a pedir algo? —El Estudiante lo mira—. A nosotros están por traernos una chorrillana y otras cervezas.
—… un mentiroso capaz de dar vuelta sus argumentos para salvar su pellejo! ¿Qué opina el Estudiante de todo esto?
—No quiero discutir con Murillo, me gusta escucharlo y ver cómo saca a los otros de sus casillas. —Sonríe.
—¿Ves? Esa es una actitud llena de vida y prudencia bien entendida de parte del Estudiante… —dice el Poeta a Bavestrello—, porque yo lo invité. El mártir habría tratado de imponer su verdad a costa de cualquier cosa, peleándose con todos hasta llegar a los golpes en caso de ser necesario, como si esa fuera la prueba de la verdad. ¿Suena a alguien conocido este cuento? ¿A algún destructor de templos originario de Galilea?
—Galileo y Galilea —dice la chica—, ¡qué cómico! Pero Galileo fue una persona y Galilea es un lugar.
—Gracias por establecer la relación, que no tiene nada de casual. Verás, el arquetipo de mártir es ese destructor de templos, templo que no era otro que él mismo. Puedo encontrarlo muy valioso y creador de toda una línea de pensamiento, pero se llevó la vida entera negando su existencia, dejándose matar precisamente para probar que lo que había dicho era verdad. Su misterio estaba en anunciar previamente lo que le iba a pasar… Y para completar tu relación entre los nombres, no sé cómo te llamas.
—Verónica. —La chica lo mira con una sonrisa y abriendo un poco los ojos.
—Verónica, Galileo es una persona, alguien vivo y dado a equivocarse, y Galilea es un lugar, algo estático que no ha cambiado de nombre por lo menos en dos mil años.
—Oye, Murillo —Bavestrello atrae la atención hacia él—, a propósito de nombres, ¿qué hay de ese rumor que circula por ahí? Dicen que Gabriel Murillo no es tu verdadero nombre.
—Y dime —el Poeta luce algo molesto al sacarlo del tema—, ¿a quién le importa si Pablo Neruda se llamaba Ricardo Eliezer Neftalí Reyes Basoalto?
—Pero tú no eres Pablo Neruda.
—Tampoco soy Reyes Basoalto.
—¡Ah, así que es verdad, ese no es tu verdadero nombre! —Bavestrello parece un periodista gozando ante un golpe noticioso.
—No estoy afirmando ni negando nada. Cualquiera de nosotros puede ponerse el nombre que quiera y crear personajes a partir de nosotros mismos, como Pessoa. En parte para eso estamos, para mostrar la metamorfosis de la vida.
—Me parece, con todo lo que he escuchado —Bavestrello toma un pedazo de pan y lo unta en el ají—, que aprobarías la mentira, el darse vuelta la chaqueta para salvar el pellejo, ser otra persona en lugar de uno mismo. ¿Qué te pasa, Murillo? Pensé que eras más jugado, no una maldita rata cobarde escabulléndose por las rendijas del alcantarillado de las palabras.
—Una rata cobarde es alguien que aprovecha cualquier circunstancia para insultar a otro.
—¡Ah, miren! ¡Ahí vienen nuestras cervezas! —El Estudiante golpea la mesa con la palma de sus manos—. Pronto llegará la chorrillana. Es tu oportunidad para pedir algo, Bavestrello.
—¡Ah, sí! Queremos lo mismo que ellos. —Se dirige al mozo—. Y nos trae dos vasos más para acompañarlos mientras esperamos la comida.
—¿Qué pasa? ¿Por qué se quedaron tan serios? —Verónica mira a su alrededor.
—Lo que pasa es que Bavestrello me quiere mandar a la hoguera. —El Poeta sonríe.
—No necesito hacerlo, tú mismo pusiste la leña y estás prendiendo el fósforo.
—A propósito de fósforos, ¿me convidas un cigarrillo, Bavestrello? —dice el Estudiante.
—Oye, sí, Bavestrello, estás dando la lata. —Verónica pretende estar molesta—. ¿Pediste una chorrillana o no? Voy al baño, o terminaré por cambiarme a la chorrillana de tus amigos, que parece que la llevan más que tú.
—Como van las cosas, parece que el mártir será otro. —El Poeta también extrae un cigarrillo de la cajetilla.
—Por lo menos te sacó del mutismo en que estabas —dice el Estudiante.
—Ahora pongámonos serios y hablemos de chicas. —dice Bavestrello, mientras mira a Verónica alejarse hacia el baño.
Alejandra, tantas estupideces que hice y tantas otras que pude evitar, sabiendo de antemano que no debía hacerlas mientras las hacía. No hablo solo de ti, sino de la vida, de toda mi vida. Creo que es cierto, estabas mejor lejos de mí. Ahora narro cosas tal como sucedieron. A lo mejor es una forma de expiar mis culpas y aclarar mis dudas; pero nada dicen de ti, nada saben de ti. Estas cosas sucedieron cuando todo estaba perdido entre ambos, o así lo creí en aquel entonces. Quizá con esta justificación me exima en algo del dolor por tantos equívocos y desastres, como aquella vez en el trabajo:
—¡Hombre —dijo uno de los gerentes jóvenes—, estás pasado a trago!
Levanté la cabeza y vi que en la sala de reuniones todos me miraban desde sus asientos. Hice como si no hubiera escuchado y me reacomodé en la silla para seguir leyendo el informe financiero. Sin embargo, el gerente general había despertado de su modorra e hizo un gesto con la mano para que me detuviera. Luego me preguntó si era verdad lo que decía el tal Francisco Javier.
—No sé, señor Dawson. Si quiere después me hace una alcoholemia, así podremos continuar con esta reunión, que me parece de suma importancia.
—¡No seas irrespetuoso con el señor Dawson! —El patero de Francisco Javier se puso de pie, luciendo su traje azul a la medida.
—No estoy siendo irrespetuoso, solo me atengo a la agenda programada para la mañana.
El gerente general estiró su mano y frunció el ceño, solicitando el informe. Luego dijo que no era la primera vez que escuchaba algo parecido sobre mí, me mandó a tomar un café y esperarlo fuera de su oficina. Mirando con fijeza a Francisco Javier, extendí los papeles hacia el otro lado de la mesa y abandoné la sala.
Sentado al lado del escritorio de la secretaria, con un vaso de plástico que me quemaba los dedos, le pregunté si alcanzaba a ir al baño. Respondió, sin mirarme a la cara, que yo sabía mejor que nadie que era mejor no hacerlo, el señor Dawson no era un hombre a quien se hacía esperar. Estaba nervioso y necesitaba algo para calmarme, pero no me convenía ir hasta mi oficina para tirar unas líneas, quizá el gerente saliera de la reunión en ese momento y se enojara aún más conmigo. Era probable que la actuación de Francisco Javier fuera una sucia maniobra para meter a alguno de sus amigos ingenieros comerciales en el puesto que yo ocupaba. Simulando ser un buen tipo que ayudaba a sus compañeros de trabajo, siempre me preguntaba por los detalles de lo que hacía. Bueno, de todos modos sabía que no podían echarme así nomás, manejaba mucha información de primera mano que cuidaba de no compartir con otros. Con lo tacaño que eran los gringos, confiaba en que no invertirían en entrenar a un nuevo miembro de la empresa. Ni siquiera tenían una máquina de café para los empleados, había que comprarlo en el pasillo que compartíamos con las otras empresas del piso.
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