Luego di media vuelta, fui al living y saqué del improvisado bar, dentro de una caja de mudanza, la botella de whisky. Los envases de aluminio de la comida china quedaron esparcidos sobre la isla de la cocina sin que nadie los tocara. Llené un vaso y después me senté sobre una caja mirando hacia el ventanal, alternando la vista entre mi figura reflejada en él y las luces de los techos bajos de Ñuñoa. Habría preferido tener al frente las torres de la avenida El Bosque, pero nunca encontré un lugar en ese barrio y mientras esperaba arrendé el primero que le gustó a Paula. A veces pensaba que mi estadía en ese departamento era como la relación con ella: algo circunstancial que, a pesar mío, se prolongaba noche tras noche.
—¿No vas a venir a la cama?
—No tengo sueño, Paula.
—Pero tienes que ir a trabajar mañana.
—Mira, para esos comentarios mejor me voy a vivir con mis papás.
—¿No vivían fuera de Chile?
—Ese no es el punto.
—Bueno, como quieras. Veré una película y después me voy a dormir. Ah… y no vendré mañana, para que puedas estar tranquilo con tu amiguita de la oficina.
Paula, toda blanca de piel, cruzando rápido el living rumbo al dormitorio con su camisón transparentándose, insinuando un cuerpo esbelto de caderas estrechas que apenas latía debajo, tan parecido a su largo pelo liso. Paula siempre tan Paula, tan precisamente como no me gustaban las mujeres.
No quise arrancarme al bar, pero un solo trago era insuficiente y me serví otro. Me dieron ganas de volver a escribirte, una necesidad que no sentía desde que estaba contigo. Busqué papel y lápiz en mi maletín.
Como si el tiempo no hubiera transcurrido y aquello recién empezara a suceder, su imagen olvidada cobró vida y olvidó los días que olvidaron el sendero de regreso.
Tomé otro sorbo del vaso. Era curioso cómo se entrelazaban las palabras sin esfuerzo, sin proponérmelo, urdiendo una trama tan parecida a nuestra historia.
No sabía cuántas noches habían pasado desde que ella lo despidió en la puerta de su casa, la noche en que todo terminó, cuando sus labios se tocaron por última vez y él se marchó, recogiendo las migas por el camino que ya no podría llevarlo de vuelta, a través de calles frías y solitarias que no desembocaban en ninguna parte, hasta que ella destrenzara el tiempo perdido y quisiera que regresara...
Aquella noche en que empecé a escribir otra vez para ti, no sé en qué momento caí dormido. Sentí los pasos de Paula entrando al living. Encendió la luz y dijo algo de un vaso dado vuelta y que yo estaba desparramado sobre las cajas. Después me habló al oído, sosteniéndome para que me levantara y fuera a acostarme. Algo como un recuerdo quedaba atrás, algo que debía recoger y guardarme en el bolsillo, pero sentía el cuerpo pesado y los brazos colgándome débiles a los lados no eran capaces de atrapar nada.
Con ayuda de Paula me tiré en la cama y no supe más.
Que empiece la noche, ahora que Valparaíso tiende con lentitud su manto de luces, los barcos flotan entre una y otra oscuridad, esparcen sus luces en fragmentos sobre el agua y forman un sendero a orillas del cielo. Que caigan las antiguas imágenes y se desdibujen las viejas calles, nada más existe que este tiempo suspendido en la penumbra.
Pasaste a recogerme más tarde de lo acordado. Estaba nervioso y tomé unos cortos de vodka mientras esperaba, así el olor a alcohol no se notaría como con el whisky. No me importaba si Paula me sorprendía contigo y todo se acababa, pero no se había dejado caer esa noche todavía. Mientras me empinaba otro vaso, sonó el citófono. Eras tú. Dijiste que preferías esperarme en el hall. Bajé y al verte quise abrazarte, pero te apartaste luego del beso en la mejilla. Tu cabello lucía rojo en vez del castaño natural, aunque el resto de ti parecía igual. Como regalo del viaje te pasé un álbum de postales con cuadros de Van Gogh, recordaba que antes te gustaba mucho; lo compré a la rápida en el negocio de un museo que visité entre una y otra reunión.
Decidimos tomar tu auto porque había quedado mal estacionado y empezamos a recorrer la ciudad. Por Antonio Varas salimos a Providencia y nos dirigimos a los locales de la avenida Suecia; al llegar había tanto ruido y gente en la calle que no nos detuvimos. Bajamos por la Costanera dando vueltas por el parque Forestal y llegamos a Lastarria. Hablamos poco en el trayecto, solo dijimos algunas cosas para no sentirnos tan extraños. Entramos al Berry’s, un bar estilo europeo que conocíamos, pero sus mesas estaban ocupadas. Te propuse que volviéramos a Providencia, siempre se podía encontrar algo abierto y menos lleno.
—No sé si conoces el Liguria —ladeaste la cabeza un poco hacia mí—, es el lugar más entretenido que existe.
—Sí, he estado ahí alguna vez.
Llegamos y dimos varias vueltas al interior del bar. Como no encontramos una mesa desocupada, volvimos a salir para esperar en la terraza que daba a la calle. Aunque pasaba la mayor parte de las noches allí, nadie me saludó y los mozos tampoco parecieron reconocerme. Me sentí algo aliviado porque fuéramos tú y yo por esa noche.
Pronto quedó una mesa con los vasos vacíos. Alcanzamos a sentarnos antes que otra pareja y un mozo se apresuró a tomarnos el pedido.
Hablé de los amigos de antes, esos que ya no veía, y te conté que mis padres volvieron a irse del país; después de tantos años de exilio, no se sentían parte de esta patria del olvido. No respondiste mayor cosa, te dedicabas a escuchar y sonreír, asintiendo con la cabeza.
De forma paulatina, entré en confianza con el alcohol y te conté cómo había tratado de llamarte, marcando primero tu antiguo número de seis dígitos. Me burlé, diciendo que cada persona es como una cifra y que si se altera, cambia algo de su identidad y no puede ser reconocida ni encontrada. Sé que no entendiste aunque sonrieras, solo agregaste que en realidad no éramos tan viejos como para que todo hubiera cambiado.
—Eres muy divertido. —Hiciste un gesto de brindis con tu pisco sour.
—Lo peor de todo es que es verdad. —Acerqué mi vaso casi vacío al tuyo.
—Nosotros no nos llevábamos tan mal.
—No, no tan mal, pero siempre te quejabas de que era muy celoso.
—Sí, es verdad. Pero ¿qué importa eso ahora?
—¿Y tú? No has dicho casi nada de ti.
Miraste hacia las otras mesas y empezaste a hablar sin posar los ojos sobre mí.
—Nunca te conté que mi abuelo desapareció durante la dictadura. No sé por qué me lo guardé, ni siquiera lo conversamos en casa con mi familia. Es algo de lo que no se puede hablar. Aunque apenas lo conocí, cada vez se ha hecho más importante.
Pareció que de pronto empezaba a descubrir a una persona desconocida. Estar contigo fue acompañarnos por las tardes después del colegio, pasarlo bien en las fiestas en casa de los amigos, ir a las protestas a mirar lo que ocurría y, cuando la cosa se ponía fea, arrancar del guanaco y las bombas lacrimógenas. Añadiste que, al terminar de estudiar Arquitectura, te pusiste a trabajar en proyectos para convertir en monumentos nacionales los centros de tortura de la dictadura. Tu abuelo murió en uno de ellos.
—Pero eso es consecuente con tu historia —dije.
—Lo sé. Me he sacado la cresta todos estos años tratando de hacer un aporte al bien común. No sabes cuántas puertas he golpeado sin respuesta.
Nos quedamos en silencio, aproveché de pedir otro whisky y mirar alrededor. De otra mesa me saludaron, invitándome a unirme a ellos, pero me encogí de hombros señalándote. Dijiste que no importaba si me sentaba con ellos, aunque temí que después se vinieran a nuestra mesa, me ofrecieran unas líneas y supieras en qué estaba metido.
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