Como si tuvieras que largarlo todo de una vez, me contaste que tenías una hija. Las cosas no habían funcionado con su padre y preferiste dejarlo antes que seguir por seguir. Me desconcertó saber lo que había sido de tu vida durante el tiempo que no nos vimos, mientras yo seguía pensando en ti.
Al correr de la noche, me di cuenta de que me gustaba más la Alejandra de antes, no me conformaba con que hubieras cambiado tanto. Hasta te empecé a encontrar el rostro un poco envejecido. Los recuerdos aparecieron y, con ello, las viejas rabias que te guardaba, tantas cosas de las que jamás me acordé, hasta ese momento que te tuve sentada frente a mí. No podía sacarme de la cabeza esa última noche en tu casa, cuando empezaron los días solitarios que me llevaron a hacer de todo para tratar de olvidarte, resignándome de mala manera a una vida sin amor.
—No me hables de los hombres que has tenido. —Arrastré la silla hacia atrás.
—No estoy hablando de los hombres que he tenido, te cuento de mi vida. —Levantaste los codos de la mesa—. Mira, para que veas, no te preguntaré quién me contestó el teléfono anoche, aunque muera de ganas por saberlo.
—Bueno, entonces tampoco voy a contarte.
Intentaste darle un giro a la conversación, se parecía cada vez más a la manera como nos hablábamos antes.
—A veces me gusta escuchar lo que hablan en las otras mesas. —Sonreíste y echaste la espalda hacia atrás—. Unos tipos dijeron que iban a ir a emparejarse la nariz al baño. Debe ser algo así como droga, ¿no? —susurraste.
—Las personas escuchan las conversaciones de otras mesas porque no tienen nada más que decir. —Encendí un cigarrillo con el anterior—. Y no tengo idea de qué será emparejarse la nariz.
—No seas tan grave. Estás molesto conmigo, ¿verdad?
—No, no estoy molesto contigo, sino con el mozo que nunca pasa.
—¿Vas a pedir otro trago? Llevas como una botella encima y yo apenas voy por el primero.
—Bueno, ¿no salimos para pasarlo bien?
—Lo mismo me pregunto yo.
Volvimos a quedarnos en silencio. No quería caer en tu juego y pretender que nada había pasado. Si te proponías algo conmigo, primero tendrías que pedirme disculpas, a partir de ahí veríamos cómo salían las cosas. El ruido de las otras mesas crecía de forma irremediable entre nosotros.
—Bueno, cuéntame cómo te fue en el viaje.
—Bien, como te dije. Me lo pasé entre reuniones en el Trade Center de Nueva York, comidas de negocios y apenas una visita relámpago al Museum of Art, donde te compré ese álbum de postales.
—¡Oye, sí, gracias! ¡Está superbonito! ¿Sabes? —Me sacaste un cigarrillo y lo encendiste con la vela de la mesa—. La verdad es que yo también quería volver a verte. Estaba tan nerviosa anoche que me teñí el pelo, parece que la embarré.
A esas alturas, enrabiado como estaba, miraba a las mesas alrededor y apenas ponía mis ojos sobre ti.
—Es una lástima que lo que pasó entre nosotros no se pueda olvidar así nomás. —Esbocé una sonrisa sarcástica y acerqué mis cigarrillos, habían quedado de tu lado en la mesa—. Como si al teñirte el pelo lo anterior se borrara.
Esperé escuchar algo que confirmara una vez más la ruptura, pero solo me miraste, Alejandra. Luego fuiste al baño y de regreso dijiste que se había hecho tarde y tenías que levantarte temprano al día siguiente. Nos pusimos de pie y abandonamos la terraza. Subimos a tu auto y no hablamos en todo el trayecto hacia mi departamento, donde me dejaste. Te di un beso en la mejilla muy a la rápida, quedamos en hablar otra vez, pero después de esa noche no volvimos a llamarnos.
Al Poeta lo invade una agradable sensación de embriaguez, una marejada ardiente que se intensifica con cada vaso que llena. A ratos está ausente, ve al Estudiante y al Jote mover los labios sin emitir sonido. Piensa en cómo un tiempo pasado puede adquirir un aire actual con tanta facilidad; sin embargo, también considera que las palabras que nombran el ahora, a la larga, resultan forzosamente precarias o limitantes, pues van detrás de una imagen de lo real que siempre es escurridiza.
—Murillo, te pregunté si recordabas el acto poético que hicieron en la plaza Yungay —dice el Estudiante.
—¿Qué? —El Poeta sale de su mutismo—. Ahh, me acuerdo de Parra, Cárdenas y Zurita. ¿Por qué?
—No sé, tengo sentimientos encontrados, como si hubieran querido mostrar que Valparaíso es una ciudad llena de arte.
—Un lugar es lo que hacemos de él.
—El Estudiante tiene razón. —El Jote mira a uno y a otro—. Si hubieran podido, te apuesto a que traen camionadas enteras de poetas para dejar en claro que esta sí que es una ciudad poética.
—A mí no me importa si unos tipos quieren poner plata para hacer actos así; de todos modos, sacamos algún provecho de eso —dice el Poeta—. Antes jamás hubo un espectáculo como ese, lo pasamos bien y toda la gente andaba como alucinada por las calles. En las librerías, esa semana y las siguientes se vendieron más libros de poesía que nunca. A mí, por lo menos, me fue muy bien en los bares con mis libros.
—Sí, puede ser cierto, pero hay algo sospechoso en todo eso. —El Estudiante luce contrariado, pero no sabe cómo continuar.
Sin aviso previo, unas chicas se acercan a la mesa, ríen fuerte y bromean con el Estudiante, mientras lo abrazan y preguntan dónde tenía guardados a sus amigos, ya que no los conocían. Las chicas dicen que se han conseguido unas entradas para La Piedra Feliz, irán a tomar algo a su casa y piden que después se deje caer con sus amigos, para que vayan juntos; la chica que habla asiente de forma insistente con la cabeza. El Jote sonríe y, a su vez, asiente, mientras el Poeta no mueve ni una pestaña.
Tal como llegaron, las chicas se van con su ruido de carro alegórico de carnaval, aunque una de ellas regresa para decirle al Estudiante que hoy le toca lavar los platos, ya casi tocan el techo, y no puede ir a ninguna parte sin cumplir con su turno. El Estudiante vive con sus amigas en una de las casas del Paseo Atkinson, es cosa de salir del Hotel Brighton y caminar unos cuantos pasos para llegar.
—A todo esto, ¿qué vas a hacer esta noche? —le pregunta al Poeta.
—Tengo que juntarme con Mila.
—¿La vampira calva? ¿Por qué querías que te presentara a alguien si estabas ocupado?
—No es calva, está rapada. Y no soy yo quien anda en plan de conquista, sino el Jote. Pero está bien, es probable que ya no siga con ella.
—Te decía por La Piedra Feliz.
—¿Ese lugar que parece un karaoke de Viña?
—No es tan malo, hay bossa nova en vivo y unas chicas de miedo.
—Y los tragos más caros del puerto.
—¿Por qué primero no vamos a comer algo por ahí?
—¿Mientras las chicas se arreglan? —pregunta el Jote.
—Mientras las infantas se aplican sus afeites y se encorsetan. —El Estudiante sonríe.
—Sí, pero esta vez invito yo —el Poeta deja su vaso vacío sobre la mesa—, para que no tengas la excusa de que se te acabó la plata y no vayas a clases.
—¿Saben? Mejor voy con las chicas, así resguardo nuestros intereses. —El Jote mira a su alrededor intentando ubicarlas.
—Como quieras. —El Estudiante no le dedica ni una mirada, preocupado en contar sus escasos billetes para pagar la cuenta.
El Poeta sabe que el Jote se irá cuando consiga lo que quiere (o cuando crea que no lo conseguirá) y no lo verán en muchas noches. Dice que escribe poesía, aunque jamás han leído nada suyo. A pesar de eso, critica de forma constante los textos de otros y nombra a escritores que nadie conoce, sospechan que los inventa para darse aire de mayor importancia. De todos modos, es un errante de la noche, uno de los tantos seres oscuros que se cruzan en el camino del Poeta y adquieren sentido propio a medida que transcurre la noche, emergiendo de las tinieblas donde permanecía oculto e indefinido.
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