Se puede decir entonces que el hombre no nace, se hace. Como diría Joan Scott: «lo masculino y lo femenino no son características inherentes a las personas, sino construcciones artificiales». 32
En la actualidad es un hecho que los cambios de los roles femeninos han trastocado profundamente las raíces de los masculinos, tambaleando el sistema patriarcal, 33especialmente las identidades y funciones más características de los hombres; es el rol de proveedor el que ha cambiado sustancialmente, 34pues ya no son ellos los únicos que aportan a la economía familiar o de pareja, las mujeres también lo hacen, trabajan, ganan un salario y administran el dinero.
Tal como se ha argumentado en párrafos anteriores, la forma de ser hombre es una enseñanza que se transmite durante la interacción social, la cual es reforzada por medio de castigos y recompensas por parte de otros miembros de la sociedad, 35ya sea por la madre, el padre, los abuelos, los amigos o el jefe. De esta forma, cualquiera que salga de estos parámetros o intente salir será humillado por su diferencia, por no cumplir con el «mandato», 36pues «la masculinidad hegemónica o dominante constituye un saber que orienta, motiva e interpela a los individuos constituyéndolos como sujetos», 37pero que también supone transgresión y negación en la compleja red de relaciones sociales entre las personas.
Por lo anterior, es evidente que las mujeres no son las únicas víctimas; los varones también están insertos o aprisionados en un sistema de valores que ya no cumple su función. Las antiguas características de la virilidad, la fuerza física, la autoridad moral, el liderazgo familiar ya no los representan a todos, pues hoy día los hombres se enfrentan a nuevos contextos. Por ejemplo, los hijos adolescentes se burlan del padre o retan su autoridad, las esposas que trabajan y ganan dinero, son más independientes e incluso cuestionan su autoridad.
Es así que un sinnúmero de varones sienten inseguridad al ver tambalear sus roles masculinos, entran en conflicto, pues no saben qué papel desempeñar en el proceso de cambio cultural, ya que comúnmente se les ha educado desde la infancia a través de una serie de estereotipos que atienden al poder, la dominación, la competencia, el control de otras u otros, el autocontrol, el pensamiento racional y lógico, el éxito en el trabajo, la autoestima apoyada en los logros (principalmente en la vida laboral y económica), la egolatría, la agresividad, la fanfarronería, el ser mujeriego, el gran bebedor y poseedor de una «sexualidad activa» entre otras muchas acciones; todo esto como medio vital para demostrar la masculinidad. 38
Por lo tanto, para invalidar el mito de la violencia contra las mujeres como un asunto privado, una situación «natural» o coyuntural «normal» de la dinámica familiar y las relaciones de pareja, fuera de la injerencia de la justicia y del Estado, es indispensable deconstruir el modelo de dominación sexista imperante en nuestra sociedad. 39
Se considera que a los varones la estructura y los patrones patriarcales también los someten. Igualmente son violentados por los estereotipos sociales, porque los obligan a negar sus necesidades afectivas al tratar de mantener un modelo «heterosexual falocéntrico». 40
Es necesario visibilizar otras maneras de ser hombre, distintas del arquetipo tradicional de la virilidad. 41Porque las ideas que se tienen con respecto a lo que es ser hombre no son naturales y cambian con el tiempo, y puesto que cada varón puede construir su propia forma de masculinidad, es por ello que se habla de masculinidades en plural, pues no hay sólo una forma de serlo. Hay que tener en cuenta que los hombres son diferentes y diversos y que en la vida diaria hacen cosas que antes se pensaban exclusivas de las mujeres; en la actualidad algunos han modificado las formas tradicionales de ser hombre, pero aún falta que muchos otros se sumen al cambio o lo acepten. Ya que cada hombre o mujer puede rechazar o ser complaciente con los roles hegemónicos de género. 42
Es indudable que hoy día la masculinidad hegemónica es constantemente cuestionada. Una y otra vez se rompen los roles tradicionales frente a los nuevos. Asimismo, hay que tener en cuenta que los sujetos están inmersos en un contexto complejo y de crisis, pues las desigualdades económicas se traducen en miseria cultural y violencia extrema. En los barrios marginales las familias están atrapadas en la sobrevivencia, la desintegración familiar, el abandono, el hambre, la discriminación, la pobreza y la precariedad en múltiples sentidos. 43
Las distintas configuraciones familiares influyen en gran medida en la interiorización y asimilación de estereotipos ideales de lo que deben ser y hacer los hombres y las mujeres. Desde el nacimiento, las personas reciben un trato diferente según su género, tanto en los juegos, el uso de colores, el lenguaje, los nombres, los espacios propios para estar, etcétera.
Muchos niños y jóvenes viven esta presión de forma traumática en su infancia, sufren frustración tras las burlas, las imposiciones y los castigos a los que fueron sometidos por sus padres, hermanos y compañeros. Frecuentemente se les dice: «tienes que ser hombre», o «para que aprendas a ser hombre», convirtiendo esas expectativas en moldes rígidos del «deber ser». 44
En repetidas ocasiones son las madres las que suelen vigilar la masculinidad de sus hijos e intentan continuamente reformarlos. Por ejemplo, se les señala: «no aguantas nada», «lloras como una niña», o «aguántese, ¿qué no es hombrecito?» Si bien se ha insistido (en algunos casos) que todo hombre tuvo una madre que lo crió, también es cierto que ellas no son las únicas responsables de la construcción de la masculinidad de los varones.
Es así que, consecuentemente, «volverse hombre» es alejarse de la influencia femenina. Entonces «el hombre es más hombre cuanto más se aleja de lo femenino». Se observa así un modelo hegemónico de masculinidad; éste supone que un «verdadero hombre» oculta su miedo y dolor y resiste a difíciles pruebas.
Por ejemplo, a los varones adultos se les suele justificar diciendo: «es de carácter fuerte», «es un poco brusco», «es muy exigente», o «así son los hombres», y sucede desde luego que se justifican de alguna manera las conductas machistas y violentas. 45
Por otro lado, está el ámbito escolar (como grupo secundario de socialización), en éste, es común que el profesorado interiorice los estereotipos dominantes y los reproduzca. Es a través del «currículum oculto» 46que la escuela reproduce valores, actitudes y conductas fomentando las relaciones jerárquicas de género, donde las mujeres constituyen el grupo socialmente subordinado. 47Es así que «las escuelas no son [sólo] agencias socializadoras; [también] son agencias colonizadoras». 48
Es por esto ciertas actividades son monopolizadas por un sexo; por ejemplo, a las chicas comúnmente no se les da la misma formación en las áreas de mecánica, física y matemáticas como a los chicos. Mientras que éstos últimos no aspiran a realizar roles de «cuidador» o a profesiones consideradas como femeninas, pues son vistas como inferiores. 49
Asimismo se generan características supuestas como «masculinas», tales como la despreocupación, la tendencia a infringir las normas, resolver problemas matemáticos, la competencia, el trabajo físico y la actitud territorial. La actitud territorial (dominante) por parte de los chicos, es tanto en el aula como en el patio de recreo, no sólo compiten por el espacio, también lo hacen por la atención del profesor/a en una constante lucha de poder. Matizado por sus «osadías» y «peleas», asimilando su identidad masculina con la imagen de un cuasi-héroe. 50
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