–América –sigue Rivadavia– envió materias primas, tomate, patata, chocolate, pero no maneras de condimentar. En España no se conocen las golosinas a base de azúcar hasta muy tarde. El azúcar es portugués y su negocio judío. Lo cultivan emigrados en el Brasil, lo venden los judíos de Amsterdam. A fines del XVI, aún obsequiaba el rey don Sebastián a los españoles con manjares a base de azúcar.
–A lo sumo puede uno olvidarse de Jauja, nunca de la tierra que le mata a uno de hambre – habla Templado.
–No se olvida el desprecio, que el amor satisfecho: si te he visto no me acuerdo. El feliz es siempre un infeliz.
–Yo –dice Cuartero– soy de los que opinan que Paris hacertó al preferir a Venus.
–¿Con qué nos sale este ahora? –piensa Templado, sin que los otros se extrañen.
–Ti pongas como ti pongas, siempre nos han molido las manzanas –murmulla Sancho.
–Hoy todos preferirían a Juno, pensando que con poder y dinero…
–Y cuernos…
–Todo se consigue.
–Sobre todo si se trata de alcanzar una mujer –especifica Templado–. Que no prometió más Venus, que lo del amor estaba en mantillas, y no había más sentimiento hacia las dueñas que el bueno. Las caballerías lo vinieron a estropear, dándole a las mujeres lo que era de Dios. La Reforma fue un movimiento antifeminista. Misóginos. Luego se han sacado las indinas la espina. ¡Pues mira que doña Minerva! ¡Saber y virtud! Mujer sin madre conocida. La reina de las enmerdeuses . Al fin y al cabo, Juno era una cosa seria. Paris, un pobre tonto. Lo único que le salva es pensar que Helena era su amiga de infancia i.
–¡Cómo se ve que te han educado en el extranjero! ¿Quién nombra aquí esas vanas sombras? ¡Maravilla de mi pueblo antimítico y real! Aquí nadie sabe cómo se dice Ajax en castellano – dice Rivadavia.
–¿Estás borracho? ¿Qué tiene que ver Helena con Paris? –pregunta, saliendo del entresueño, Herrera.
31 de diciembre de 1937 Las diez y media
Salieron a la calle y enfilaron hacia el paseo de Gracia. Sancho se despidió; iba a la redacción de La Vanguardia .
Para los paseantes, el frío se había disipado al conjuro del vino. Las calles estaban desiertas, los cuatro iban hablando, deteniendo, de vez en vez, el lento caminar por el medio de la calle.
–El recrudecimiento de videntes, echadoras de cartas, se debe a la inestabilidad de las instituciones –dice Rivadavia–. Pesimismo, jóvenes. Inseguridad y creencia en la fortuna; parto del mundo, paso de una época a otra. Videntes a la vista: ¿niño o niña? Por ahora sale ambiguo. Cuando haya orden las líneas de la mano dejarán de florecer. Pero en cuanto arde Troya todos quieren ganar a la lotería de la fortuna. Ahora mismo, en Barcelona, las echadoras de cartas ganan el dinero que quieren. Y no digamos en París.
Intervino Herrera:
– Malorum causa , 69dijo David, y tiró el arpa. Conejos de plata. Marañones. 70Déjalos que volverán… si son de ley, y como son falsos, santas pascuas. No pasan aquí, ni en Sevilla.
–Yo creo en el destino, en la fatalidad, en las líneas de la mano, en los horóscopos, en el hado, en la fortuna –dijo Templado–. Y en el padre de todos: don Azar.
–Suerte y ventura –anota Cuartero.
–Sí –recalcó Rivadavia– y virtud. El honor es virtud y la virtud honor. Creemos en la virtud por estoicos e increencia en el cielo. Que si no el honor lo lavaría Dios. No hay santos más santos que los laicos.
–Ni más pesados –comentó Templado–. Ahora bien, quizá la pesadez es virtud en los cielos.
–Nuestra dignidad de hombres decanta del descreer. Nos bastamos –siguió Rivadavia.
–Nos sobramos –dijo Cuartero.
–Como quieras, nos bastamos a nosotros mismos y sobramos a los demás. Individualismo – siguió Rivadavia–. Debemos a los estoicos más de lo que queremos suponer. Igual que los de Burgos. Los fachas de verdad no creen en Dios. Creen que ellos son Dios. Si los curas que les sirven creyeran en Dios, no les servirían. Les sirven como si ellos fuesen Dios. Ya no distinguen entre Dios y César, porque el César es Dios. Dios, generalísimo de esta cruzada, que dijo Pemán. 71Por eso nuestros falangistas buscan tanto los fastos de la Iglesia: viene a ser el lujo cortesano de su régimen.
Templado: –Pero los medios, la Iglesia, podrá con ellos. Ellos son caudillistas. En España nunca hubo partidos, sino jefes políticos. Entre nosotros no hay socialistas: se es de Largo, de Prieto. Y los demás: aquel, de Azaña; este otro, de Nicolau. 72Así está hecha España. A los comunistas, ¿no les dicen los hijos de Pepe Díaz? Por eso no creo en la posibilidad de una victoria comunista en España. Como no creo en los anarquistas. Pertenecer a un partido es pagar una cuota, aceptar vagamente un programa. Los comunistas lo entienden de otra manera como antes los de la FAI. 73No aceptan durmientes. Lo que llevamos en la sangre es el caudillismo y el cacicazgo. Estamos acostumbrados a que nos gobiernen siguiendo voluntades y no doctrinas. Un liberal y un socialista no dejan sus manías, sus costumbres, ni sus afectos por el Partido. Un comunista ciega por su Partido, se cierra a banda. El comunismo es una religión, una obligación de conciencia, un deber, con sus normas, con su infalibilidad, sus observancias. El hombre deja de ser profesor, carnicero o albañil. Un comunista es, ante todo, un peón del Partido. La masonería no se atrevió a tanto.
–Y por eso fracasó –dijo Herrera, a quien los demás miraban de soslayo, porque no se les escapaba que Templado hablaba por oírle–. Y los intereses particulares vinieron a primer término, el culto se quedó en externo, la práctica en una vaga ayuda o camaradería…
Herrera se calló. Conocía demasiado a los que le acompañaban para dejarse ir a una discusión.
–Con los socialistas –enlazó Rivadavia– puede uno entenderse porque siempre les queda un resquicio en el cual puede uno acoplarse; con los comunistas, no.
–Bah –dijo Herrera–, os emborracháis todos con lo eterno, lo inmenso, el infinito y sus estrellas, inventáis filiaciones, hontanar de las cosas materiales, complicadas genealogías en las cuales os enredáis y que luego, para no complicar, aceptáis de golpe, dispuestos a dejaros degollar por mantenerlas firmes; todo eso es poesía, tabús. Y así vive el idealismo, del miedo de herir sueños. ¿Qué respetan los españoles? El valor individual, poca cosa más. Es lo único que se nos impone. Porque a nosotros no hay quien nos la dé con queso. El valor se prueba en la acción: en la acción directa. Un valor a prueba de bomba.
–Pasamos sin más de la flaqueza a la violencia –dice Rivadavia– por solo miedo de la primera. Lo temerario parece bizarro; la templanza, falta de arrojo cuando no traición. El no llevar las cosas a rajatabla se tiene como incertidumbre o alifafe. Los más dudosos se muestran los más extremados por miedo del qué dirán. Caen rendidos en su propia sangre a menos de tomarle gusto.
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