La madre –Matilde– estaba sentada en una silla baja, fijos los ojos sin expresión en la desmedrada criatura.
–¿Cuántos años tiene? –pregunta Templado.
–Dos –contesta Julio Jiménez, con matrería.
–Lo que necesita es comer.
Julián se arrepiente en seguida de su diagnóstico. Sintió, sin verlo, el trallazo de la mirada del feriante en su espalda.
–Señorito Julián…
Templado mira a la mujer con esa sensación de pena, sorpresa y rabia de la propia limitación que surge al ver una persona vaga, pero seguramente reconocida, mas sin encajar en ninguna celdilla del recuerdo.
–¿No se acuerda de mí? Matilde…
–¡Matilde! ¿Quién nos había de decir?
–Es el señorito –explica la mujer a su marido.
El hombre gruñe. Templado siente la antipatía despedida por el hombre agarrarle los hombros y confundirse con la humedad que le entumece.
–¡Qué casualidad! –dice Julián, destanteado–. ¿Qué ha sido de tu vida?
(«Siempre serás tan inoportuno e impertinente. ¿No ves lo que ha sido de ella?»)
–Usted, ¿es amigo de la señorita Teresa? –salta, más fino que el viento, el montañés.
–Sí.
–Si usted me hiciera el favor de recordarle lo de la colocación.
–¿Dónde?
–Allí. En el teatro.
–No faltaba más.
Matilde no volvió a abrir la boca, la mirada fija en el escomendrijo, ancla dispuesta a lanzarse a la roñosa almohada en busca de una sirte surgida por ensalmo.
Julián recetó en balde, dejó unas pesetas y se fue a cenar. Ya le debían estar esperando.
Al bajar la empinada y rechinante escalera, el médico se iba sumiendo en sus recuerdos moceriles. «¡El tiempo!» No lo decía por la lluvia, ni el frío sino por la duración y la mudanza.
Recayó en su casa de Madrid. El piano, el sofá, el pasillo oscuro y la carne morena, caliente, suave y prieta de la Matilde de sus diez y ocho años.
31 de diciembre de 1937 Las nueve y media
–¿Quién? ¿El despitorrado ese?
–Anda diciendo que no ha aceptado porque no quiere salir de España.
–¿Quién? ¿Navarro? ¡Vamos! Si es un cobardón que en su vida ha estado en el frente.
–¿Has ido tú? –pregunta con segundas a Santiago Ferro, más conocido por Sancho, José Rivadavia.
–Lo mismo que tú –contesta el aludido, furioso, erizadas las cejas en disposición de batalla, a lo puercoespín.
–No, hijo, no; no te soliviantes, pareces pura leche: te acercan al fuego y ya te sales. ¡Dios y cuánta espuma!
–Es que…
Le rebrillan furiosos los ojos al engabanadísimo personaje. Sancho es hombre rehecho, recoquín y aragonés. La cara redonda, de buen color, las cejas abundantes, los ojos pequeños, la nariz pequeña, la boca pequeña, todo metido en media pulgada a la redonda, enrodado de grasa: mofletes y triple papada. La barbilla redonda y partida. El genio corto, la educación mala; siempre serio, por nada se sulfura y sale disparado. Quisquilloso, pero todo lo vence, con cierto desparpajo, su hombría de bien. Malhablado como él solo, enristrador de refranes, lo que le ha valido el alias que ha venido a ser su firma de caricaturista. Porque este, que no se ríe ni a la de tres, que se ofende del aire que le roza, es humorista de profesión y entiende a maravilla de monos y pies. Susceptible, comilón, presumido, celoso de su fama, que no es tanta como cree. Friolero: el abrigo puesto, tres bufandas enrolladas entre cabeza y tronco, seis o siete camisetas de punto, faja de lana, calcetines dobles, botines. Duerme con la boina puesta. Cara de pascua y genio descortés. Aragonés de Calatayud, trasplantado de cuatro patas a Madrid, crecido con la caterva de tontos listos de Buen Humor , 47señoritos de izquierda, cuando se llevaba, de rapidísimo volver de casaca en cuanto se les destapó una miajita los riñones: republicanos al gulusmeo de prebendas.
–¡Quién ha visto a Neville de conspirador republicano! 48Con su pan se lo coman. Y a carnero castrado, no le tientes el rabo.
Bajo, rechoncho, la sangre colorada y corrida.
–¿Qué hora tienes? –le pregunta Rivadavia.
Sancho le mira con rencor y empieza a desabrochar gabanes y chaquetas.
–Las nueve y media. ¿A qué hora han dicho que vendrían esos?
–Dijimos de nueve a nueve y media. No pueden tardar.
Entran en el reservado Jesús Herrera y Paulino Cuartero.
–¡Hombre!
La exclamación es por Herrera, que viene de capitán. Se levantan y abrazan al recién llegado.
–¿De dónde sales?
–De Teruel.
–¡Coño! –dice Sancho–. ¿Y qué?
–Regular.
Se sientan.
El cuarto es estrecho, caben a duras penas alrededor de la mesa, el techo por las morras. Tuvieron que sacar los abrigos fuera.
–¡Paco!
Acudió el patrón: cuerpo desmesurado, peralte y ecuador de mongolfier verbenero, eunucoide elefantino, blando por todas partes, la faz apedreada.
–Trae vino.
–¿Empezáis?
–No, esperaremos a Templado. No puede tardar.
Jesús Herrera nació en un pesebre toledano, guardó ganados hasta los diez años y dicen que aprendió solo a leer: el maestro del pueblo tuvo alguna intervención en el milagro. Pusiéronle de aprendiz en casa del barbero, no le gustó el oficio, tanto manoseo, y encerrado. A los doce años abandonó brocha y navaja, se fue andando a Madrid. Rapaz colillero, vendedor de periódicos, mozo de cocina, duermeduro, comepoco, esportillero, a los diez y seis era buen estuquista, concurridor de escuelas nocturnas, punto de la Casa del Pueblo, 49puntal de las Juventudes Socialistas a, aficionado a la Biblioteca. Mozallón rubio, de ojos azules, cabeza rapada, la nariz redondita, el rostro luciente y tostado de sol y nieve, las orejas enormes, y plantadas horizontales. Cara de ardilla, manazas tremendas, los labios gruesos, la boca grande, la voz fuerte, tímido todo él. Cogiéronlo los comunistas por su cuenta y lo instruyeron. El hombre dio de sí cuanto tenía, que no era poco. Lo ha leído todo. Capitán del 5.º Cuerpo, veintiocho años. Habla corto, seguido y preciso.
–¿Qué queréis que os diga? Los partes que ha dado Prieto son muy claros y dicen la pura verdad. No es broma. Sabéis tanto como yo, más los bulos. ¿O es que creéis que un soldado sabe lo que hace? Hasta donde le alcanza la vista, y gracias. Lo demás, cuentos. Anunciada para el 11, la ofensiva empezó el 15. Los movimientos de las tropas no se cumplen nunca en el plazo fijado. La gente esperó tumbada en la nieve. Atacamos a las cinco de la mañana. Había quien llevaba helado más de cuarenta y ocho horas. Nadie chistó. Todos sabíamos que estábamos al acecho, eso calienta como no tenéis idea.
Sacó un lápiz del bolsillo derecho de su guerrera y empezó a dibujar un plano sobre el mantel. 50
–Salimos de Villel, por el sur; de Escriche, al oeste; de Cuevas de Labradas, al norte. El 22.º Cuerpo tenía que cortar la carretera de Zaragoza, la única por la cual podían recibir refuerzos los rebeldes, la cortó el 16; el 18 se juntó con el 18.º Cuerpo, mientras el 20.º, por el sur, iba a por Villastar. El mismo día se tomó la Muela y los que subían por la carretera de Valencia tomaron sin más Puerto Escandón abandonado. La ciudad quedó apretada en cerco el 21, el 22 se entraba en los arrabales, por la Plaza de Toros, al norte; por el este en el Arrabal, por el sur en San Julián.
–¿Quién entró primero?
–Menéndez, con el ejército de maniobras, por San Blas, y nosotros, y la 26.ª División, Vivancos. ¿Vosotros no conocéis Teruel?
–Yo sí –dice Sancho.
–Nosotros, no. Por las fotos y los gráficos de estos días.
–Toledo lo conocemos todos, ¿no? Teruel se parece un poco a Toledo.
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