Max Aub - Campo de sangre

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Campo de sangre forma parte del extenso y fascinante ciclo narrativo que Aub dedicó a la Guerra Civil, El laberinto mágico. Por la cronología de los hechos narrados constituye la tercera novela de este (recordemos que el ciclo incluye textos de otros géneros), pero se trata de la segunda si atendemos a las fechas de publicación y sobre todo composición, ya que trabaja sobre ideas que comienza a gestar a finales del conflicto. La cercanía en el tiempo de los acontecimientos que refleja, así como la experiencia que el autor vivió en campos de concentración mientras redactaba la mayoría del relato, explican en gran medida su especificidad respecto al resto de novelas. Campo de sangre es la entrega más virulenta y desgarrada del Laberinto, y aunque su título se asocia como emblema a la traición de Judas –otro de los tópicos del ciclo–, adquiere su más plena significación por la violencia que transmite la obra, no tanto desde la perspectiva del contenido como de la forma.

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A la gente aquello le pareció bien: lo que querían era hincar el diente. Se reparte el delicado manjar. La catástrofe:

–¿Con qué las abrimos?

Se les había olvidado las llaves. En un momento aquello se puso feo. La calle de Alcalá, en la cabeza de todos, como fondo. El más díscolo al frente, la latecilla en la mano, como si fuese una broma pesada, o una bomba. Fijaos que en otras condiciones la cosa no era para tomarla en serio: algún machete, o uno no dejaría de tener una navaja que pasara de mano en mano. Lo grave era que hacía veinticuatro horas que no habían probado miga. Eso para que os figuréis el tono del gachó a nuestro amigo.

–Y eso, ¿con qué lo abro?

Mi Guillén, tan serio, en jarras, ya le conocéis, le suelta con toda pachorra:

–Con la punta del pijo o con los cuernos de tu padre.

Se quedaron de piedra. Guillén había sido gobernador con la República; aunque no tiene importancia para la gente sí la tenía. Además, él había tenido siempre muy buen cuidado de no dejar la lengua suelta, que no hay cosa que reste más autoridad.

–Por eso no llegarás nunca a nada –le dice Rivadavia–. Un hombre que se enfurece y barbotea blasfemias es hombre perdido, se le va la cólera por la boca. Lo cuentas como si hubieras estado allí.

Sancho se alza de hombros:

–Se quedaron, abrieron sus latas, comieron sus sardinas, corderos, dulces corderos. Guardamos la posición desde aquel día hasta hoy. Si no es por aquella barbaridad, los hombres se vuelven a Madrid. 53

Y dirigiéndose a Cuartero:

–Para que te enteres, cristiano: divinas palabras. 54

–Haya paz y bebamos.

–Y por aquí, ¿qué? –pregunta Herrera.

Le contesta Sancho, que tiene más lengua que todos; un tanto chabacano, como requiere su oficio:

–¿Que qué hace aquí la gente? Así, ¿en general…? Un republicano trabaja ocho horas, se pasa dos hablando de la posibilidad de procurarse tabaco, otras dos… «que si Inglaterra, que si Francia…»; critica durante tres a los catalanes, otro tanto o un poco menos a los comunistas. Lo demás son alarmas. Un catalán trabaja poco más o menos lo mismo, habla mal de los madrileños, muele comunistas, muele murcianos. Un comunista quizá trabaja media hora más, pasa cuatro y media entre reuniones, radios, ponencias, células, lee durante una hora la historia del partido. Habla mal de los catalanes, de Inglaterra, de Largo Caballero. Se vuelve a reunir dos horas más. Los de la CNT trabajan menos, hablan mal de los comunistas, de los socialistas, de los republicanos. Quedan los que hablan de los que hablan mal. Aquí nos tienes a todos, desde el Presidente de la República hasta el último mono, que es el que yo hago a las once de la noche, que también procura lo suyo. Se puede especificar: un funcionario habla mal de su ministro, de su exministro, de los que pueden serlo, de su director general. Cada can lame su picha y Dios la de todos.

–A veces le dan a uno ganas de que les aticen un bombardeo en toda regla –rezonga Herrera.

–Los envidiosos no tienen consuelo –dice Sancho.

–Aquí les basta con hablar –comenta Rivadavia.

–No es envidia –dice suavemente Cuartero–; son ganas de acertar.

–Salió el evangelista.

–Déjate de evangelistas. Ni odio, ni provecho propio: afán de vencer. Donde no llegan los puños, llega la lengua.

–Ya irás lejos, ya irás –dice Rivadavia jugando a acento catalán.

–Si dentro de cinco minutos no ha llegado Templado, cenamos. Allá él y sus pacientes –dice mirando su reloj, Herrera–. Aquí han hecho la revolución sin hacerla. La han deshecho. En vez de construir se han dedicado a vivir de los remanentes de la burguesía. Luego se han quedado estancados. Mucho hablar de construir el mañana. Mañana para ellos, lo que decía este en la Esquella : que un panecillo de a real valga dos. Y sin aceptar el poder. Igual que los socialistas en Madrid. Estar a las maduras.

–Sin embargo, yo, que estaba aquí, te aseguro que fue un tiempo hermoso. La gente creía de verdad que había empezado una era nueva, bebiendo el vino de las iglesias y pintando los taxis de otro color. 55Con la venida del gobierno se han dado cuenta de su fracaso. Eso les duele como la presencia de los castellanos. No pudiendo echar la culpa a nadie, acusan a todos.

–A mí –responde Herrera– todo eso me tiene sin cuidado si se hubiesen ocupado de la guerra. Que Marcos Redondo 56cobre o deje de cobrar quince pesetas diarias al igual que el acomodador… Lo malo es que se quedaron en lo espectacular.

–Tienen la frontera demasiado cerca –añade Sancho.

–Viniendo de Madrid, parece este otro mundo.

–Lo es. El campo, otro. No les falta un tocino colgado al humero. 57

–El problema es distinto. Los payeses no sueltan lo que tienen aunque les maten. Los ciudadanos dan prendas.

–No tantas –dice Sancho–. Una puta busca otra. Y va de suceso, sin cuento: un fabricante de los de panza en ristre, doscientos obreros, de Sabadell para más señas, con casas aquí, torre en Vallvidrera; listo, vivo, llamadle Pedro Durán, yo le conocía porque les hice un cartel para sus medias de La Mariposa: raya en medio, papadoso y pureante; muy puesto a lo «muy moderno»; y nada de política, «yo a lo mío, y usted a lo suyo», simpaticón y buen pagador.

–¿Le lloras?

–No, allí se las den todas. Tuvo una idea genial: publicar su esquela en La Vanguardia . Ánimo vence en guerra, que no arma buena.

–No lo sabes bien –dice Herrera por lo bajo.

–Pensó que así, creyéndole muerto, los incontrolados y algunos capataces de su fábrica que le tenían ganas, los unos por el pasado, los otros por lo presente, le dejarían en paz. A lo sumo, supuso que le costaría alguna contribución a cuenta de la viuda, una santa todo algodón y vejiguillas. Fue a cobrar el importe del anuncio mortuorio un chico del periódico. Sale una doncella (el propio cobrador me lo ha contado), presenta el recibo. Sale la doña:

–¿Qué es?

–Uno de La Vanguardia .

–Vuelva usted mañana, estas cosas las lleva personalmente el difunto.

A las doce horas ya habían ido por él. Lo sacó un catalán de pro, de quien era conocido. Escapar del trueno y dar en el relámpago.

–No hay discreción más perfecta que procurarse salvar, dice Prudencio –cita Cuartero–. Me gusta tu historia. (Ahí hay una comedia, piensa.) 58

Entra Templado.

–¡Vaya monipodio!

Estrecha la mano de Herrera.

–¿Tienes el parte?

(Teruel, siempre, en la mente de todos.)

–Sí. Regular.

–¿Han entrado?

–Queipo dice que sí.

–No lo creo –dice Rivadavia–. 59No habrían bombardeado esta tarde.

–En el Ministerio aseguran que no –responde Templado–. Lo que ha sucedido es que una brigada de carabineros, de la 40.ª división, unos dos mil quinientos hombres, cuando supieron lo de la Muela, abandonaron la ciudad. En la carretera de Valencia les salieron al paso Sarabia y Matilla, los detuvieron y se volvieron. Todo por las buenas. 60

–¿Qué dice el parte? –precisa Herrera.

–Nos hemos retirado al oeste de Teruel y de una parte de la Muela. Hemos rechazado las infiltraciones. En el interior solo quedan resistiendo el Gobierno Civil y Santa Clara.

–Eso ya lo sabemos. ¿Qué más?

–Hemos ocupado el Banco de España y la Delegación de Hacienda.

–¿Qué dicen ellos?

–Que están a dos Kilómetros de la ciudad.

–Más cerca están de Madrid –murmulla Herrera.

–¿Nada más?

–No. Parece que Prieto no está demasiado pesimista.

Todos con el mapa de la ciudad reconquistada en el magín.

–¡Ea! –dice Sancho–. Por un día que hay longaniza no lo vayamos a echar a perder.

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