Max Aub - Campo de sangre

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Campo de sangre forma parte del extenso y fascinante ciclo narrativo que Aub dedicó a la Guerra Civil, El laberinto mágico. Por la cronología de los hechos narrados constituye la tercera novela de este (recordemos que el ciclo incluye textos de otros géneros), pero se trata de la segunda si atendemos a las fechas de publicación y sobre todo composición, ya que trabaja sobre ideas que comienza a gestar a finales del conflicto. La cercanía en el tiempo de los acontecimientos que refleja, así como la experiencia que el autor vivió en campos de concentración mientras redactaba la mayoría del relato, explican en gran medida su especificidad respecto al resto de novelas. Campo de sangre es la entrega más virulenta y desgarrada del Laberinto, y aunque su título se asocia como emblema a la traición de Judas –otro de los tópicos del ciclo–, adquiere su más plena significación por la violencia que transmite la obra, no tanto desde la perspectiva del contenido como de la forma.

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–Explica tus camelos –corta Teresa.

–Proclíticos son los monosílabos sin acentuación que se ligan con la palabra siguiente. Que no son nada de por sí y todo lo ganan con pegarse.

–¿Tan valientes? –pregunta López Mardones con sonrisa insegura.

–Pegarse de cola –contesta Templado–. La cola es lo último. Y esos se sienten extremidad, extremidad falsa, posposteriores, apéndices. Pasta, gelatina, raedura y retazo. Pero se dan importancia porque siendo extremidad bullen más que los otros, oliendo peor.

Templado se regodea de su fárrago echando la silla hacia atrás hasta dar con el colodrillo en la cortina de cretona que ampara del polvo los trajes de la actriz. López Mardones se da perfecta cuenta de que todo aquello va por él. Sonríe sin poder contestar, tragando veneno. Hubiese dado cualquier cosa por devolver mandoble por puntada, mas la lengua se le trababa por falta de agudeza. Ni tragar podía. Se defendió sonriendo. Sentía un odio redondo por el medicucho, lo hubiese aplastado, se deseaba machacándole las liendres, volviéndole tortilla los sesos, hundiéndole el tórax a taconazos, dando puntapiés a la piltrafa sanguinolenta. Sonreía apretando los dientes, incapaz de pronunciar una palabra.

Dándose cuenta de lo poco decente de su actitud, Julián Templado seguía enhebrando indirectas (Es demasiado fácil, juegas con ventaja, ¿no te da vergüenza?), pero le daba gusto revolcar a López Mardones. Además, nunca se había podido privar de un gusto si lo encontraba a mano, por insignificante que fuese. Debilidad y pereza.

–Esos –seguía– que todo lo fían al poder de los demás buscando el amparo de las faldas…

Templado, que hablaba ahora mirando con gran cuidado las uñas de sus manos gordezuelas, levantó lentamente los ojos hacia el mandilón, que seguía apoyado en la jamba. El tal sonrió más y más descubriendo el oro de su dentadura.

–Ya nos veremos otro día –dijo. Y se fue. Teresa se volvió hacia Julián.

–Haces mal. ¿De qué te sirve?

–¿Servirme? De nada. Me da gusto.

–¿Vienes a tomar una copa? –dice Teresa, ya dispuesta a salir.

–¿Dónde?

–Al Hostalet.

–Bueno. Si está Zurriola allí me dejará el coche para ir a ver a ese enfermo tuyo. También podías haber escogido otra noche. Cenamos en La Palmera.

–¿Uvas?

–No; que Cuartero las tiene que comer en casa.

–¿Quiénes vais?

–Rivadavia, Cuartero, Sancho. Los de siempre. No sé si alguien más.

Llueve.

–Cristina, coge el paraguas de mamá, que está ahí, en la esquina del ropero.

Salieron al temporal. Cedió este a poco. Teresa tan pronto como la envolvió el aire, estalló:

–¡Que no!, hijo. Es una vergüenza. No trabajo más. Ni por más CNT, ni por más historias. ¿Me van a pagar ellos la pensión? ¿Me van a pagar las medias?

–Pero ya ganas más.

–¡Ocho duros de mi alma! ¡Me lo dicen hace año y medio, y vamos! Para qué vamos a hablar. Son todos unos hijos de su señora madre… ¡Pero llegará la suya! 44

–Calla, Tere. Cállate –dijo Cristina, adivinando el rumbo de la filípica.

–¡Qué callar, ni qué narices! ¡Por una vez que puede una decir lo que piensa! Con este no hay cuidado. El día menos pensado aquí se va a armar la gorda, y lo que yo voy a reír. ¡Si por lo menos le dieran a una un papel! En el asco de la comedia que nos han leído esta tarde tengo cuatro frases. Sí, hijo, cuatro bocadillos. Ni uno más, ni uno menos. Lo va a hacer Rita. Y ese loro de la Villamarín presumiendo de primera actriz. ¡Cuando te digo…! Así no se va a ninguna parte.

Bajó la voz.

–Ya les dará Franco. Si por lo menos hicieran teatro de verdad. Pero hijo: su mayor quiebra: que Muñoz Seca 45sea de los otros. No sabes cuánto lo sienten. Ya han propuesto hacer sus comedias sin poner su nombre en el cartel. El público es idiota. ¡Pero lo que es ellos!

–Si no les enseñan, ¿cómo quieres que escojan? –dijo Templado.

–Eso son zarandajas tuyas –contestó Teresa.

–Cállate, Tere –redarguyó Cristina.

El odio le sentaba bien a la actriz: adelantaba la barbilla y los labios se le desencajaban un tanto: apetecibles valvas.

–¿Pero es que tú crees que esto puede seguir así?

Templado no abrió la boca. ¿Para qué? Para decirle: ¿Tú, qué entiendes de eso? Ella le contestaría comparando su vida anterior a esta. La guerra no es cosa de mujeres, ni de niños. Y la frase suprema de los tontos: –¡Déjate de política!

Llegaron al Hostalet. El local había conservado, en la revolución, su airecillo distinguido y su clientela corbatinera de señoritos, con los papeles en regla, a la que se habían añadido algunos funcionarios sin familia, algunos vascos de buena estatura («La Delegación está a un paso»), militares de buen ver, todo revuelto con discretos agentes de policía y contraespías muy visibles: quién por el color y rizado del pelo, quién por los afeites, quién por el solo enseñar de las piernas cruzadas. El restaurant es pequeño, a lo mallorquín aldeano, adornado con volantes de cretonas floreadas, imitación de espolines *; sofás y sillas de enea, los banzos y los respaldos, rojos y azules, con cándidos motivos pastoriles calcomaniados. Un bar, en la entrada, más para el contrabando de tabaco que para otra cosa. Había alcoholes al capricho de la Gastronómica. 46

Quedáronse los recién llegados de pie, en el bar tras distribuir varios vagos «¡Hola!» a algunos conocidos enmesados con sus putillas correspondientes.

–¿Dónde vas a pasar la noche vieja? –le pregunta Templado a Teresa.

–No sé. En casa. Con esa y su madre.

(Antes, en la vida olvidada, aquello era sitio de murmurar; ahora las voces se encabritaban y rompían más alto.)

A su lado unos jóvenes más o menos amilicianados pagaban sus consumiciones.

–¿Vienen o no esas combinaciones, Rafael? –preguntó Templado.

Sirvioles en el momento en que los parroquianos vecinos se iban a la calle. Al pasar tras las muchachas un barbián de barba barbillera, bastante bien plantado, debió ludir intencionalmente a Teresa. Volviose esta hecha un basilisco y, sin darle tiempo a Templado de enterarse, atizó una tremenda bofetada al desvergonzado; este, caído del cielo, estupefacto y dolorido, intentó levantarle la mano a la joven. Armose la marimorena. Acabaron todos en la comisaria, donde después de revistos los papeles no pasó más. Lucíanle los ojos a Teresa con los más fieros ardores, punteados de lágrimas donde reflejarse.

–¡Qué se ha creído! ¡Qué se ha creído!

Sofocada. El mocero corregido no volvía de su asombro.

–¡Vaya tía!

–¡Tía lo será usted, asqueroso!

–Lo grande –decía el denominado– es que no la he tocado a ella, sino a la otra.

A Templado le molestaba el trato con la policía. Pero le conocía el comisario y al saber que el médico necesitaba hacer una visita urgente –razón que alegó Julián para salir de los primeros– le prestó su coche. Ya en la calle se despidió de las jóvenes. Como siempre, Templado tentarujó la mano de Teresa, leve consuelo, y fuéronse cada cual a su destino.

(Tonto, Julián, tonto. No puedes nada «contra» ella. No puedes con ella. Ya lo dice: «–Mira, Julián; amigos, siempre». Y la conversación se murió. ¿Te acuerdas, al principio, después de haber hecho todo para conseguir que almorzara contigo, sin Cristinica? ¿O es que la quieres por imposible? Y, entendámonos sobre la palabra querer. Me gusta por mundo aparte.)

Le iba calando la humedad del coche, parado bajo la cellisca toda la tarde. La gutapercha olía a demonios y se pegaba al gabán.

Pilongo y sarrillero, la lambrija se moría. Zarria oscura y pálida de lo que pudo ser si la guerra con su escasez no se la hubiera escomido. En aquel camastrón de hierro colado, con cabeza y pies pintados de negro, salpicados de desconchaduras, pomos de cobre sucio, la flacuchez del niño aumentaba el espacio: el jergón parecía inmenso.

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