Max Aub - Campo de sangre

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Campo de sangre forma parte del extenso y fascinante ciclo narrativo que Aub dedicó a la Guerra Civil, El laberinto mágico. Por la cronología de los hechos narrados constituye la tercera novela de este (recordemos que el ciclo incluye textos de otros géneros), pero se trata de la segunda si atendemos a las fechas de publicación y sobre todo composición, ya que trabaja sobre ideas que comienza a gestar a finales del conflicto. La cercanía en el tiempo de los acontecimientos que refleja, así como la experiencia que el autor vivió en campos de concentración mientras redactaba la mayoría del relato, explican en gran medida su especificidad respecto al resto de novelas. Campo de sangre es la entrega más virulenta y desgarrada del Laberinto, y aunque su título se asocia como emblema a la traición de Judas –otro de los tópicos del ciclo–, adquiere su más plena significación por la violencia que transmite la obra, no tanto desde la perspectiva del contenido como de la forma.

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»El colchón de borra tendido por el suelo de la caseta sin importarles el tamo. Cuando hacía calor, calor; cuando hacía frío, el brasero: lo cuidaba con aquella badila de cobre historiado, que no recordaba de dónde había salido. Las sábanas se las lavaban las amistades: ninguna tan simpática como aquella Matilde, de Alhama. De noche, cerrado el barracón con una lona claveteada; el viento regolfado en ella, tamizado su ímpetu, se dejaba caer fino y blando sobre las espaldas del feriante dormido. Si el aire pasaba de la raya, se le combatía con un vinillo de agujas, agrio y raspante, según los lugares, cuando no caía pardillo o, en la Mancha, tintorro y de buenas orejas. Con las mujeres todo se ordenaba, pero el tiempo que anduvo solo con el chico ya mayorote se los comían las chinches. Por algo se había vuelto a casar, que no todo fue por el gusto. Para el invierno tenían un piso en Murcia.

»¡Y que no se comía! Puñeteras lentejas de hoy –de ayer y de mañana–. Y que no falten. ¿Por qué no haberse quedado allí? Para qué vamos a hablar: igual que querer volver el agua a la fuente. A lo hecho, pecho, Julio. Y por probar nada se perdía. Y sobre todo, que el chico podía seguir con el negocio. Y que no era divertido tenerlo siempre delante. Y no íbamos a dormir todos en la caseta. Y la Matilde ya echaba barriga. No era mala solución esa de venirse a Barcelona. Puerto Lumbreras… Y la sabandijita muriéndose. Puerto Lumbreras. Sudor y polvo. El poniente. Las cuatro acacias de la plaza. Puerto Lumbreras, después el desierto y luego, a lo que dicen, la Andalucía. El viento africano. Uno lo cree porque se lo dicen.

»Vélez-Rubio, Huercal-Overa, Mazarrón: extremos a que llega su mundo. Los pueblos de más adelante los conoce por los mojones, las placas, los letreros pintados en las paredes de las casas, enlechadas, de los peones camineros. Nunca pasó de Puerto Lumbreras, avanzadilla de Lorca, muerta de sed. No hay lugar donde se corte más a rajatablas la huerta y el desierto. En el término de cien metros varía la vegetación de todo en todo: en una ladera naranjos, en la otra, espartos; en un haza melocotones; en su punta seca, alcaparras; y más allá, ya retorcida de tanta sed, una higuera. Y las chumberas. Los hartos de hambre, de tanta sed, de tanto horizonte desnudo, buscan en las entrañas de la tierra. De Cartagena a Almería el suelo destripado de minas. Minas pobres, escasas, duras, pero más blandas que la superficie: puro polvo y abrojos. Durante las elecciones todos hablan de canales y repoblación forestal: “Han plantado quinientos pinos en la Sierra Espada”. Esperan milagros de los discursos y de las primeras piedras. Dura Penibética.

»Puerto Lumbreras caliente de sol y de moscas. Por las paredes de los cuartos encalados hay cromos y calendarios, las ventanas están defendidas por finas telas metálicas y el paso de la sala por una cortina de bambú. Dos casinos y tres iglesias para los vecinos y las vecinas que, contando los perros, que no son muchos, y los niños, que son más, suman dos mil.

»Las fiestas dividen el año. Por la plazoleta, al atardecer, y a primera noche, pasean las señoritas y los señoritos (cuatro señoritas, tres señoritos; tres señoritas encuadradas por dos señoritos; tres señoritas, dos señoritos). A última hora llegan los dependientes “que cierran tarde” y sus amos.

»Muere por allí la pólvora levantina y nace, ardiendo y hondo, el cante andaluz.

»Todos conocen a los feriantes por sus nombres o apodos. Todos los feriantes conocen a los vecinos por sus apellidos o alias.

–¿Y la chica, don Antonio?

–En los baños de Fortuna, con su madre.

–¡Vaya! ¡Vaya!»

La hija del fondista, Crisanto Fuentes, conocido por «El Brújula», le hizo tilín al viudo, sin saber por qué.

«Yo, ¡qué había de saber que el Miguel la rondaba! Ella no dijo ni pío. Ni entonces, ni después. Y tan secarrón el chico: los buenos días y gracias. Uno no puede estar en todo. Con que me lo hubiese dicho; pero le sale al abuelo. Además, tenía razón: esas no son cosas que se cuentan a los padres. ¡Aquella noche en que cogí a la Matilde y la entabléré! ¡Qué calina! La metí en el barracón. Al fin y al cabo, si no hubiese querido no hubiera entrao. Claro que se defendió, estaría bueno que no, y sin abrir boca; pero yo estaba salido. (Le arpó la cara, acezosa; pero la tuvo). 37Lo que le dije al chico: “Lo que quieren las mujeres es casarse. Que lo demás… Ya se sabe, desde pequeñas al olisqueo de los hombres. Parecen perras, con la nariz donde menos les importa. Y que en seguida se lo notan a uno…”. Y el Miguel tan serio, con la arruga esa del abuelo, entre las cejas. “Ahora es mía, conque tú, ¡a callar! La diferencia de edad, esa me la meriendo yo. Eso es cuenta mía, conque, ¡a callar! Y si no estás de acuerdo: por ahí se va a la calle”. Entonces es cuando le echó el mal de ojo. ¡Derecho a la tripa!

«Ahora se acaba la alarma. Es capaz de creerse que me he esperado al etranvía. Cochino frío. Me voy a tener que cambiar de arriba abajo. Con tal que se hayan secado los calcetines. Puñetero jabón: ni una brizna.»

Llegó sin huelgo al portal de su casa.

4. Teresa Guerrero

Julián Templado había olvidado el mensaje que le había enviado Teresa Guerrero la noche anterior citándole en el teatro: al entrar en el hotel, medio dormido, preguntó, como de costumbre, al conserje de noche:

–¿Hay algo?

Diole este el recado de la actriz; tras ojearlo se lo metió en el bolsillo del gabán y subió, ya en el limbo, los cinco pisos que le trasportaban, en volandas del sueño, a su cama. No hizo ningún esfuerzo por grabar la cita en su flaca memoria. Además, quién sabe si en los laberintos de sus primeras y segundas intenciones y claroscuro de sus deseos, se medio formó la intención de probar si castigándola conseguía algo, irritando su vanidad y haciéndose presente por su falta: idea que no hubiese resistido un momento de lucidez.

La verdad: que se le pasó la hora; muy a gusto en el café hablando deshilvanadamente con Hope.

Willy Hope creía que la verdadera razón de la guerra había que buscarla en la reforma agraria; que todo hubiese podido resolverse «parlamentariamente»; 38que, en general, la culpa era de los españoles, que prefieren las soluciones rápidas, y lo rápido siempre es violento.

–No sabéis esperar –decía. Desesperados, pensó Julián.

–Y eso que la mayoría de vosotros no sabéis qué hacer con el tiempo. Cortáis los nudos. Os gusta cortar por lo sano –Hope hablaba con cierta dificultad, repitiendo verbos.

–Y claro, produce sangre –contestó Templado–. Sí, es posible que la paciencia no sea virtud española. Para convencer, sajar.

–Cirujanos de vocación. No tenéis medio.

–Ni remedio.

–Sois intolerantes por falta de paciencia, no por el hondo sentir. San Vicente Ferrer es santo por haber convertido cuatro mil judíos de golpe. O todo o nada, lo cual alaba el orgullo, que esa sí que es virtud de tu país. Despreciáis la muerte por chulería. Aquí, los grandes hechos históricos presentes en la memoria del pueblo no son ni Flandes, ni Orán, ni la conquista de América, sino Sagunto, Numancia o Zaragoza. No os importa tanto la victoria, como el quedar como Dios. Y del orgullo a la crueldad solo hay un paso.

–Raíz del orgullo: no querer oír –comentó Templado.

–A pesar de eso algún día os tendréis que poner de acuerdo.

–¿Con quién? ¿Con Franco? No cedemos ante las componendas. El perdón después de la victoria, ese es otro cantar.

–Pues si vosotros sois los vencidos me parece que podréis esperar sentados. O colgados.

–¡Bah! ¡Quién sabe! La diferencia entre Burgos y esto, como me decía un compañero suyo que ha estado en las dos zonas: «Que allí hay muchos italianos y aquí no».

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