Max Aub - Campo de sangre

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Campo de sangre forma parte del extenso y fascinante ciclo narrativo que Aub dedicó a la Guerra Civil, El laberinto mágico. Por la cronología de los hechos narrados constituye la tercera novela de este (recordemos que el ciclo incluye textos de otros géneros), pero se trata de la segunda si atendemos a las fechas de publicación y sobre todo composición, ya que trabaja sobre ideas que comienza a gestar a finales del conflicto. La cercanía en el tiempo de los acontecimientos que refleja, así como la experiencia que el autor vivió en campos de concentración mientras redactaba la mayoría del relato, explican en gran medida su especificidad respecto al resto de novelas. Campo de sangre es la entrega más virulenta y desgarrada del Laberinto, y aunque su título se asocia como emblema a la traición de Judas –otro de los tópicos del ciclo–, adquiere su más plena significación por la violencia que transmite la obra, no tanto desde la perspectiva del contenido como de la forma.

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Pita y campanillea el carrusel, gira la noria, chilla el macaco del barracón de rabizas.

Cruza –una calle más arriba– una ambulancia con el mismo timbre que el de los recuerdos. Julio Jiménez guachapea en el fango. Tropieza.

«Cuidado al cruzar. ¿Consejo de Ciento? ¿O la ha pasado ya d?»

La noche se convierte en hopa.

«¡Cómo encocora el frío! ¡Y cada vez más fusco! Alargar el paso. Cuanto más de prisa, más pronto llegaré. ¿Qué dirá? ¡Dichosa alarma! Y el niño delgado, con los ojos cerrados – ¿abiertos o cerrados?– de fiebre. Y sin quinina, o como se llame el potingue ese. Para eso se vuelve uno a casar. Es que el hombre es así. Sin mujer no se puede vivir. Y eso que esta ha salido buena. Pero nadie me quita de la cabeza que el Miguel ha aojao al crío. Yo no podía adivinar que le gustaba la Matilde. Además, en esos momentos uno se ciega. ¡Y Miguel es tan hijo mío como el chirriquito 35ese! Miguel en Teruel; tampoco pasará frío, que digamos. 36¡Cochina vida, cochinos fascistas!

»¿Por qué vinimos a Barcelona? En mala hora. ¿Por qué me he acordao de la feria de Valencia? Cabo de año… Tira p’arriba. Cochino charco, cochina vida, cochina guerra, cochinos fascistas. ¡Agua de Dios, basta! Y dale. Si se muere, la culpa la tienen los fascistas; y si no, ¡a ver quién ha empezado la marimorena! ¡Y no se encuentra comida ni pa un remedio! ¿Qué remedio tiene el delgadín? Y las colas. Que el frío, que el no encontrar el médico ese del demonio, que la alarma, que el romperse las narices con tanta cochinada como parece que hay por el suelo, ¡cochina nieve! Lo peor, el frío. Peor que el acabose. ¡Me falta resuello! Está uno solo en medio del mundo, ni Cristo por la calle. ¡Es mucho machacar, Dios! Ya me corre el agua por la espalda, ¡cochino cogote! Y no saber. No saber ¿qué? ¿Por qué se ha de morir el niño? Es una vergüenza. Sería pa llorar si no lloviese tanto. ¡No dejar uno pa muestra! Y ahora resulta que el Miguel se ha casao. Seguro que con cualquier pendón. ¿Qué he hecho yo para que todo se me venga encima? Y arrea, Julio, arrea. Cuidado al cruzar. ¿Aragón? Sí.»

La reconoce por las barandas y la trinchera. Por el hondón pasa un tren, un tren todo mojado, transido de frío; un tren descristalado, sin humo.

«Corre, que llegarás tarde. ¿Te cansas? Yo también. Y eso que yo pudiera… ¡Mira que si la Teresa Guerrero me coloca de avisador! ¡Yo, de avisador en el teatro Barcelona! Con tantas pelucas y tarros, y coloretes y tanto olorisco y trajes de recambio.

»Y eso que yo no debiera sentir el frío.»

Porque Julio Jiménez es de tierra fría, de Cabuérniga, para más señas, de padre barquillero y mudo. Pero salió de allí muy rapaz. Pequeño se había quedado; hasta la huesa, ralo y duro, con la cabeza como de piedra, los ojos como alfileres y lucios; la frente de dos dedos toda arrugada, como si se hubiesen empeñado en que cupiese toda en tan poco espacio. Ya le daba a la rueda cuando se murió la madre y el padre se abarraganó con una trapera, que creyó tenerlo todo resuelto con un hombre mudo. El que salió peor librado fue el chico que, a las primeras de cambio, se las piró. Así cayó feriante. A los doce años, al azar de un encuentro. Fue creciendo sin darse cuenta, sin que lo notaran los demás. Un día empezó a granjear por su cuenta, se amontonó con una de Alcoy, nació Miguel, se murió la mujer a los dos años de no se sabe qué: un dolor que le dio… Las comadres murmullaron. Allá ellas. Ahora Miguel ya tiene veinte años, por lo menos. «Y la otra, la sabandijita, se está muriendo.» ¡Qué le importa al agua! ¡Qué le importa al agua el frío! ¡Qué le importa al agua que yo venda o deje de vender relojes! Cuidado al cruzar; Valencia.

«¡Y la pobre desgraciada que me dice que todo esto nos sucede porque he votado por las izquierdas! Infeliz, ¡qué sabe ella! ¡Qué saben las mujeres! Las mujeres a barrer el piso, a lavar, a callar. A limpiarle el culo a los niños, que para eso los hacen. ¡A callar las faldas! ¿Que se te muere el niño? ¡A callar! ¡A callar, he dicho! ¿Es nuestra la culpa? Entonces, a callar, ¡qué narices! ¿Es mía la culpa si el médico no estaba? ¿Es mía la culpa si no hay leche? ¿Eh? ¿No dices nada? ¿Es mía la culpa si hay alarma? ¿Es mía la culpa si llueve? ¿Es mía la culpa si hace frío? ¿Eh? No te atreves, ¿eh? ¡Pues, a freír espárragos! ¡Y a callar! Si no te callas, te arreo. ¿O es que crees que no me gustaría más estar vendiendo relojes en la feria de Valencia, aunque de cuando en cuando oiga uno que dicen:

–Mira ese. Se cree que es León Salvador.

»¿O es que crees que por eso voy a votar a los carcas? ¿Que qué tiene el niño? ¿Es que soy médico? ¿Entonces? ¿Es que crees que si lo supiera no estaría ya curado?

»¿Por qué se casaría uno? ¡Si en vez del niñorro se muriese ella! ¡Calla, condenado! Esta calle ya es Mallorca. Cuidado. No se ve na. Mira que si se llegara a morir ella…»

La idea se le queda fija a pesar de sus esfuerzos para borrarla. Anda diez metros con ese laberinto a cuestas. Véncelo el frío y el vientecillo cicatero que traspasa la humedad del pecho a la espalda.

«Dios, ¡cómo tengo los pies! Dios, ¡ayúdame! Haz que se salve el niño. Si le salvas… Si le salvas, ¿qué?»

Julio Jiménez aprieta los puños en los bolsillos.

«Si le salvas, ¿qué?»

Julio Jiménez no le puede ofrecer nada a Dios.

«Si no tengo nada, ¿qué quieres que te dé? Pero ¿qué culpa tiene el niño? La culpa es de la noche, del agua, de la alarma, de los fascistas, de la guerra, de la mierda. Hace tiempo que no se oyen los cañones. Habrá sido una falsa alarma. A lo mejor.»

Baja un auto fiándose de la soledad.

«Al fin y al cabo la culpa es tuya, Dios de los españoles. ¿Es que los ricos no tienen bastante contigo? ¿Qué te he hecho yo? Se murió la Fuensanta, que bien sabes que no la maté. ¡Que comadreen lo que quieran, y a mí qué! Yo hice lo que pude. Una desgracia. No hay más Dios que el de las desgracias. Del frío me siento los huesos. Me duele el esqueleto. ¡Otro charco traicionero! ¡Trampa! ¡Trampa! ¡Sálvalo, que es pequeño! Y si se muere, haz que su madre no lo sienta demasiado. Que yo ya me las arreglaré, para algo es uno hombre. La culpa de todo la tiene el Miguel, le echó una mala mirada. Yo lo vi. ¿Que le gustaba la Matilde? ¡Haberlo dicho antes! Provenza. Cruzaré hacia el Hospital. Tengo que ir a Granollers. El Borrao dice que allí hay patatas. A ver si Oriol me quiere llevar en la camioneta. ¿Y Clemente? Lo malo es que un reloj es mucho reloj por diez kilos de patatas. Mucho reloj y poco arroz. ¡Me cago en diez, otro charco! Y ale, otra ambulancia. ¡Cochinos fascistas! Cuidado al cruzar Rosellón.

»¿Por qué se me revuelve el estómago pensando en el niño? Lo que tengo es cochina hambre. Y sobre los hombros frío, y en la cabeza rabia. Y en los pies, agua. Con tal que el médico ya esté en casa. Ha prometido decirle que suba en seguida. Debe de tener coche; a pesar de la alarma creo que a los médicos los dejan. Lo que tengo es hambre. ¡Aquella paella de Albocácer! Y el gazpacho de Utiel el día que maté las dos liebres. Carretera de Sarriá. Ya falta menos. ¡Agua y venga agua! Si el cielo está tan mal repartido, ¿de qué nos quejamos? ¿Qué darían por esta lluvia en Lorca o en Puerto Lumbreras? ¡Y la nieve de balde! ¡La feria de Puerto Lumbreras! Total subíamos diez o doce a hacerla.»

«¡Ay, el campo de Murcia, donde el agua divide la tierra a ojos vistas! La misma tierra, el mismo aire, el mismo sol: con agua, todo verde; sin agua, todo polvo. Secano, y aquí, ¡tanto barro!

»Huellas del Sangonera y del Segura. Verdes canales hasta el extremo estiradísimo de las aguas. Totana, verde; Puerto Lumbreras, blanco. Abarán, vivo; Mazarrón, muerto. Secano para perder la vista, blanco de sed. Espinardo, tan verde. ¡Cómo huele a naranjo y jazmín!

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