–Esos sarasas insidiosos, collones pacifistas, mandilandines humanitarios, maricas de la otra posadera, conservadores y otros Halifaxes, 25que se desesperan de nuestra crueldad, y se espantan haldeando de aquí para allá de nuestras atrocidades; esos comen ideas, digieren ideas, cagan ideas, sin darse cuenta de las cosas. ¡Las cosas! ¡Las hileras de niños muertos! ¡Qué me importa la caridad cristiana –Julián Templado le tiene hincha, en su conversación, a la caridad cristiana–, si he tenido que operar hoy a seis desgraciados rotos por la metralla de esta mañana! ¿Que no tiene que ver lo uno con lo otro? De acuerdo, pero un hombre es un paso demasiado estrecho para que quepa tanto a la vez en su magín. Y ese caer y roer de las cosas, centenario, por los campos españoles… ¡Qué tiene que ver que aquí nos hayamos cargado cien curas, si representan para el humilde la llaga más podrida, el sahorno más escociente, el prurigo más purulento de un dolor de diez generaciones!
Para Julián Templado, a veces, el problema se planteaba de esta manera: los muertos que nosotros matamos, ¿están o no están bien matados? Y, naturalmente, no lo resolvía. Ese mismo humanitarismo contra el que se arremolinaba irresoluto se le añasgaba al rehílo de la vela. A pesar suyo mezclaba la física, la astronomía o las matemáticas donde no tenían nada que hacer.
–Tanto montan, en el microscopio, el escupitajo del fascista que el mío.
Julián Templado no es capaz de plantearse claramente los problemas; se deja llevar «por la música de las esferas». Halla un cierto goce en confundir y enredar las cosas más dispares.
–Soy un vago –decía, con razón, jugando con la palabra. Cuando más despierto encontraba en su magín la misma imprecisión de definiciones y límites que le producía el alcohol. Era su cruz, y le pesaba. Faltábale memoria; por lo mismo ni sabía cantar, ni bailar; que todo es cuestión de recuerdos precisos–. Además –seguía diciéndole a Hope– a la gente le gusta mucho hablar de crímenes, y no atreviéndose a matar, ejecuta con la lengua. En nuestra guerra el número de resucitados superará al de los muertos, otro milagro. Hablo de los muertos por nosotros en vuestras gacetas más sesudas. Aquí, por lo general, diéronse los paseos por motivos personales y mala baba; el resentido, vuelto delator si no tenía braveza suficiente para llevar a cabo la realización postrera de sus reconcomios. Pagáronse y, sobre todo, dejáronse de pagar, deudas: muerto el perro, muerta la rabia; se desagraviaron los cornudos; se vengó el apaleado; satisfacción de estafados y ganancia de pescadores; murieron infelices por la sola desgracia de haber pisado callos demasiado susceptibles, se pagaron caros despidos inmotivados, huelgas de todas calañas, se picó al capataz y se salvó el amo. Se pagaron las genealogías. Liquidación de cuentas: borrón sin cuenta nueva, porque nada resuelve la muerte al mal tuntún de los agraviadores supuestos. Se liquidaron querellas de antena de radio: «Yo la tengo más larga que usted». 26Los matadores no tenían suficiente conocimiento del mundo para ejecutar responsables; y a lo primero no hubo coto posible, los guardianes del orden se habían pasado al moro. No sucedió así del lado de Franco, donde el impulso mortal era consciente, las listas previamente establecidas y los denunciadores del mejor mundo. Como decía aquel: «De este mundo al otro f, en un adiós, que si me ves no me has visto». Los señoritos saben escoger, y más con la cachaza que da el obrar en nombre de una autoridad recién establecida. Cuente usted, de nuestro lado, el florecimiento de un negocio para el que no se necesitaba más que facha y malos antecedentes. Los nuestros (es un decir), águilas, se dieron cuenta de que los ricos estaban dispuestos a pagar lo que fuera por el seguro de sus vidas, pero como el dinero les duele, convirtieron los plantos del rescate en sangre: la misma que corre por las columnas de los periódicos de su país de usted. Organizáronse cuadrillas; siempre hay rufianes al ojeo. Los rebeldes asesinando pobres no hacían granjería, era puro placer de matar y caridad cristiana. Han muerto muchos más maestros que aquí frailes, pero todo lo puede el hábito; la gente cuando habla de curas muertos no ve hombres derribados, sino sotanas colgadas, y abultan más.
Templado explicaba, cosa infrecuente en él, porque consideraba que ese era su deber frente a un periodista extranjero, aunque fuese tan amigo nuestro como Hope. Este era grandón, taheño, con pintas, canas, la cara reluciente y colorada, y estaba ingurgitando a grandes lampos su cuarto vermut. 27
–Lo bueno de la guerra –seguía Templado–, que le vuelve a uno a dar baño de polvo, de barro, de tierra, que el hombre olvida fácilmente con tanto inodoro. Un poco de estiércol no le hace nunca daño a nadie. Uno es más de tierra de lo que parece. Sí, los abonos huelen mal, pero le hacen a uno crecer y hasta crecerse. Y referente a los paseos, le voy a contar lo de mi padre: creo que fue hacia el 20 de agosto del 36; a las diez de la noche se presentan, en el entrepiso donde vive, donde yo he nacido, en la calle Campomanes, se presentan tres hombres jóvenes, muy a lo decente, pero con las pistolas a la vista g. Se quedó sin huelgo la criada, una mujerona baja y regordeta, de Granada y que sirve en casa desde hace la mar de años.
–¿Vive aquí un tal Juan Templado?
Mi padre se llama Juan.
–Aquí… –contesta sin contestar la pobre Nieves. Pasan dos adelante, se queda uno en el recibidor. Les sale mi padre al encuentro. Mi padre tiene más de sesenta años.
–Ustedes dirán.
–Venimos a hacer un registro.
–Pasen ustedes.
Husmean la sala y entran sin cumplidos al despacho, que está al lado. Allí sentada en un sillón ventanero, medio inútil, mi abuela.
–Nada, madre, no se preocupe.
La pobre vieja se ahoga de miedo.
–¿Dinero?
Saca mi padre el peculio del mes. Lo desprecian.
–No. Papeles.
Saca mi padre los de la tienda de mi hermano y los de la deuda de su amigo Vicente. No los quisieron ver. Buscan, rebuscan por los cajones. Mi abuela, mis hermanas, la criada apiñadas.
–¿Dónde tiene Ud. los recibos de Falange?
–¿Yo? ¿De Falange?
–No se haga el bobo.
–Yo no he pertenecido nunca a ningún partido político –dice mi padre.
–Aquí no estamos pa discutir, ni pa perder tiempo.
Se dan una vuelta por los dormitorios, trastocan la cómoda, las sábanas apiladas en el armario, le dan un papirotazo a una Virgen del Perpetuo Socorro velada por una tela de colchón.
–Véngase con nosotros.
–¿Yo? ¿A qué?
–No sea curioso. Ya lo verá.
–¿Y si me niego?
–A la fuerza.
Y el que habla amartilla su pistola.
Se desata el coro de las mujeres. Mi hermana Remedios quiere saber dónde le llevan.
–No se preocupe. No es nada. Una denuncia. En seguida volverá.
Y mi padre:
–No se preocupe, madre. Es una equivocación. Yo siempre he sido de izquierdas. No será nada. En seguida estoy aquí.
Bajan todos y se meten los cuatro en un coche. En la noche algún tiro suelto. Bajan hacia la plaza de Isabel II y el auto enfila el paseo de San Vicente. Iba mi padre en el asiento del fondo, entre dos mozos. En seguida se dio cuenta de que iba a morir, y sin sobresaltarse demasiado dijo a sus compañeros:
–Yo sé que me van ustedes a matar. Pero hacen ustedes mal. Ustedes se equivocan.
Llegaban al paseo de la Florida.
–Yo no soy hombre de derechas. Tengo la conciencia tranquila. Lo siento por mis hijos. Recuerdan el recibo que les enseñé y que Uds. no quisieron ni mirar? Es un recibo de diez mil pesetas. Me las debe un amigo mío. No lo sabe mi familia. Van a perder ese dinero. ¿Uds. me quieren hacer un favor?
Читать дальше