Pasan revista a todas las cristaleras, con mucho cuidado. El precio es lo de menos.
–Mira: un broche igual al que Mariano le ha regalado a la Felisa.
Cada pueblo tiene sus preferencias: en Albacete se vende lo negro y en Játiva lo colorado. Se suceden las modas más de prisa en Lorca que en Nueva York. Una exacerbada necesidad de novedades en medio de una vida invariable.
–Esto se lleva siempre.
–¿Eso? Del tiempo de mi abuela.
Los viejos dicen que aquello ha cambiado mucho, que antes las esclavas, los zarcillos… Cualquiera sabe. Pero a Julio Jiménez le parece que el pueblo siempre ha querido cosas nuevas y desprecia el ayer.
En cambio, los dulces son inamovibles. Véndese siempre más turrón de Jijona que del de Alicante, y más de este que del de yema, y más de yema que del de fruta; y más turrón que mazapán, a pesar de venir este modelado en figurillas con lazos verdes y rojos y adorno con granos brillantes.
Los juguetes median entre los dos negocios: los niños son rutinarios: a pelota perdida, pelota pedida. Un perifollo no tiene importancia y sirve para presumir –una muñeca, un tambor es otra cosa. El juego es algo serio y los juegos no varían más que las comidas. Generalmente, la clientela de la feria come hervido todas las noches. Además, las niñas son conservadoras: no hay quien las haga tirar la muñeca vieja, pero quieren otra. Los látigos, las canicas, los trenes de hojalata, los acordeones –con las arrugas verdes, malvas o rosa– los aros, los violines, las cajas de colores, varían poco, pero varían los niños. Mucho más que las mujeres. Un niño dura dos años, una mujer moza el doble: hasta que se casa. Además, los niños no tienen memoria, razón de la eternidad de sus gustos; que la liviandad de las muchachas nace de lo contrario; una mujer se acuerda siempre de los aretes de su boda… Los hombres compran boquillas y relojes. Las hembras les mercan gemelos y alfileres de corbata. Cada año trae críos nuevos y nuevos modelos de arracadas. Los peines y los neceseres son siempre igual a sí mismos.
–Hola, Julio: quiero un escarpidor «de la Tortuga», como el que me vendiste en Vélez Rubio hace tres años.
–Ahí tienes uno «del Elefante».
–No. Quiero uno «de la Tortuga».
En las ciudades hay, además, rifas y atracciones. Los barracones son de propiedad: la mujer sin tronco, que la barbada ya no le interesa a nadie; la sirena y el mayor monstruo del universo: carnero con tres colas y dos cabezas o cabritilla con seis patas, o mejor serpiente cascabel o aun aligator zampahombres. En un tapiz colgado al frente del cadahalso la bestia inmunda se medio traga un hombre de color. Y tras unos cortinones de terciopelo carmesí trencillados de oro: la muerte de Granero. 32
«Las ferias. ¡Eh, Julio, las ferias!»
Los porritos se están muriendo. Ahora la moda son las perdidas, tres en hilera a medio vestir, con «trajes de noche», dándole a los hombros lo que es de otra parte, al compás de un son, por rayado, gangoso. ¡Infelices! Y muchos se dejan engatusar b. Salen riendo, con los pies calientes y la cabeza fría. Las tómbolas varían según la tolerancia gobernadora, lo bonito son los colores: el 0, negro; el 1, rojo, verde o azul, y el 2, y el 3. Se encienden y apagan las bombillas de colores al repiqueteo de la ballena por los clavos de latón dorado que bojean la rueda de la fortuna.
–¡El 12! ¡Y va con regalo!
Los circos son aparte, aletazo del gran teatro del mundo. 33Los circos y las músicas celestiales de los grandes carruseles – Poeta y Aldeano , Moros y Cristianos cy la segunda rapsodia húngara de Liszt– forman en un universo que Julio Jiménez conoce mal: las ferias de las capitales, de Vigo a Cartagena, de Santander a Valencia. Él se ha hecho hombre en Mula, en Cieza, en Totana, en Jumilla, en Alhama, en Puerto Lumbreras, en Mazarrón.
«Y eso que no hay cosa como esos organillos de París, con tubos de azófar, como un órgano de verdad, y sus muñecos dando graciosos giros, tocando un tambor o alzando la batuta, vestidos de sota.
»¡Mira que si Teresa Guerrero me coloca de avisador! Porque yo creo que se muere de hambre. Sí, de hambre. Un hombre puede comer menos que un niño, para eso es hombre. La sabandijilla jimplando, jadeando. Y ese pulso tan rápido que parece que le va a aserrar el corazón. Anda, anda. Arrempuja el aire, latiguea el agua, batiendo nieve. Hay que ir hacia arriba. Y si me casca un antiaéreo, que me casque. Tira. Cuanto antes, mejor. No se ve nada. Y el frío que se aprovecha y se cuela por todas partes, como si pagara. ¡Cuidado al cruzar! Diputación.
»¿Qué vendrán a bombardear si no ven nada? Tira. Dale. Cerdos. Aquí no conocerían a León Salvador. En esta época nunca ha hecho un tiempo tan cochino. Había que verle en Albacete subido en sus tablas. No era un feriante, un artista. Yo no llegaré nunca a eso. Dicen que soy muy bruto. A mucha honra.» León Salvador había hecho tablado del mostrador: se subía encima, en el lugar del género ponía los pies. Un espectáculo. Vender divirtiendo. Charlatán, embaidor. Los viejos le miran como a un hereje. Su gente se le rinde con solo verle reír agitando su campanilla. No es clientela, sino público. Su éxito: convertir el teatro en ganancia.
«No os voy a decir lo que os voy a dar por cinco. No os voy a decir lo que os voy a dar por diez. Ni por cien. No lo vendo: pero le añado un billete de cinco duros. ¿Quién quiere el todo, todo esto que tengo en la mano: el billete de veinticinco pesetas, el reloj, que no quiero vender, esta cadena que pongo ahora, ¿quién lo quiere por veinte pesetas? ¿Nadie? Ya lo decía yo: no lo doy a ningún precio. El público es tonto. ¿Ud.? ¿Ud. lo quiere ahora? Ahora es tarde. Vuelva mañana.»
Y la gente se ríe. Cuando más los insulta o engaña, más se ríen. A menos que uno de sus comparsas intervenga y se lleve la breva, entonces surge otro: «Yo, también». Y la gente se vuelve a reír. «¿Por qué? –se pregunta aheleado Julio Jiménez–. Si lo hago yo la gente se queda fría. Tiene ángel.»
«No lo doy: ni por cinco, ni por diez, añado un billete de cien pesetas. ¿Quién me da noventa de todo?»
La gente se arremolinaba aguzando el oído.
–¡Chist! ¡Callarse!
Cerca o lejos, alrededor, los tiovivos, los columpios, la montaña rusa, el tobogán, los circos armaban jolgorio, en amalgama con los gritos de las criadas. Algazara contrapunteada por el ruido de los disparos y el aplastarse de los balines de plomo en las charpas de hierro pintarrajeadas, poniendo en movimiento una fragua o haciendo pasar un tren, o haciendo tocar a rebato unas campanas; desfila una procesión, gira un molino o estalla el petardo del ¡bomba va! Al lado, los que presumen de mejor puntería se afanan en lanzar de su vertical y altibajero lecho de agua una pelotita de celuloide que rueda sus dos colores; los buñuelos y las pipas de yeso han perdido adeptos. Al lado, un negro pasea tras una alambrada, sobrepásale su chistera, que unos muchachos del cuarto año de bachiller se empeñan en tirar con la sana intención de darle al moreno en las narices: puede más la mala puntería que la mala baba, y el cimarrón sigue andaviniendo por su jaula, tan contento. Las pelotas rebotan en la madera del fondo, rehinchiendo los timbres, los gritos, los pitidos, los campanillazos, la albórbola de todo y la garla de León Salvador, que con grandes alharacas y su voz rota, bronca pero clara, procura vencer la trápala: «¡Ud. tiene ojos de comprador de reloj! ¡Ojos de comprador de Roskof! ¿Qué es un reloj, señores? Nadie sabe lo que es un reloj. ¡Un reloj, señores, con catorce rubíes! ¡Y áncora! ¡Un reloj suizo, señores! ¿Qué es un reloj? Nadie sabe lo que es; León Salvador es el único que sabe lo que es un reloj. Nadie sabe lo que es, pero todos quieren tener uno, sin saber lo que tiene dentro. El que no tiene reloj, pierde el tiempo. Sin reloj ni se vive, ni se puede vivir. Tanta falta hacen como las mujeres, y salen más baratos. Me diréis que andan solas, que no hay que darles cuerda. Pero no hay quien las pare, ni León Salvador que las componga. 34Un reloj suizo, ¡con catorce rubíes como catorce soles! ¡Catorce rubíes como no los hay mejores! ¿Qué vale un rubí, señores? Alguno de Uds., ¿puede decirme lo que vale un rubí, un rubí verdadero, un verdadero rubí? ¿Valdrá un rubí menos de un duro? Tú, muchacho, ¿crees que un rubí puede valer menos de un duro? No. El chico no sabe lo que vale un rubí. Pero un rubí es un rubí. Y un rubí no puede valer menos de un duro. Alguno de ustedes, ¿puede venderme un rubí por menos de un duro? Nadie. Nadie. Aquí tengo un reloj del mejor sistema Roskof, un magnifico reloj de catorce rubíes; catorce rubíes que valen por lo menos catorce duros. Más las tapas de oro chapeado de 18 quilates, la esfera, los números, la maquinaria, los resortes, el áncora –porque es un reloj áncora, señores–, más los muelles, la cuerda, las ruedas, las agujas, el cristal. Un reloj completo, garantizado por León Salvador, ¡el León de los vendedores y el Salvador de los compradores! Un reloj de catorce rubíes, ¿por cuánto lo vendo? ¿Por cien pesetas? ¿Por ciento veinticinco? No, señores, no. No seré tan tonto. Tiene catorce rubíes que valen, ellos solos, catorce duros. ¿Por cuánto lo vendo? ¿Por los catorce duros, que valen los catorce rubíes? No, señores. Ni por catorce, ni por trece, ni por doce. Ni por once, ni por diez, ni por nueve: seis duros, señores. ¡Y no vendo más que esta caja de doce! Uno para este señor, otro para aquel, este para el señor calvo de más allá. Lo siento, no hay más. Lo siento, vuelva Ud. mañana, quizá le pueda complacer. No. No hay más. ¡Ahora vendo un lote de cadenas! ¡Ahora vendo un lote de cadenas de reloj!»
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