Las frases cortas, que el aliento no daba para más.
La Bombilla.
–Cuando me hayan matado vuelvan Uds. a casa. Cogen el recibo y se lo dan a alguna de mis hijas. O a la criada. Que no se entere mi madre. O lo cobran Uds. y les mandan el dinero. Yo ya sé que Uds. no obran por interés.
Carretera de La Coruña. Por lo visto les impresionó la serenidad de mi padre.
–Che –dijo uno, traicionando su condición de levantino–, ¿volvemos por el papel h?
–Será trola.
–No perdemos nada. Ni él tampoco. Che, vuelve.
Y volvieron.
–Ya está ahí el señorito. Y se le saltaban las ubres a la doméstica. Buscaron el recibo. Echole un vistazo uno de ellos que no había abierto boca. El recibo de las diez mil pesetas tenía el encabezamiento de la tienda de loza y porcelana del amigo Vicente: «Vicente Calvo y López. Postas, 6. Azulejos y loza de todas procedencias. Especialidad en reflejos metálicos. Teléfono 14562». En un falso gótico del mejor relumbrón. Lo estoy viendo.
El callado dijo:
–¿Sabes quién te ha denunciado por fascista?
Mi padre le miraba.
–Este.
Y señalaba con una mano, en la que faltaban dos dedos, el encabezamiento del recibo.
Y fueron por Vicente.
3. Julio Jiménez, retrato a
«No hay feria como la de Albacete. Ni la de Játiva, ni las de Valencia, ni siquiera las de Alcoy. No hablemos de Cocentaina. ¿Te acuerdas de Cocentaina, de la agarrada con el Moreno? No las de Hellín, ni las de Mula, ni las de Caravaca. Ni las de Utiel; el año que fuimos a Utiel y a Requena. ¿Dónde he pasado tanto frío como aquí? ¡Y ese tranvía sin venir! ¡Dios! ¡Qué frío! Quizá en Chinchilla o cuando fui de pequeño hasta cerca de Ciudad Real: llegamos hasta Daimiel, no sé si a Almagro. ¡Ahora nieva! Nunca ha nevado tanto en Barcelona, lo dicen los mismos catalanes. Será porque la ciudad está fría: sin carbón, sin leña. Por lo visto son las casas las que calientan el aire. Nunca han estado tan frías las paredes. Esa humedad del tabique que se mete en la espalda por la noche. ¡Y ese tranvía que no viene!»
Pintea el agua rehilada de nieve.
«¡Tan bueno como amaneció! ¿Cómo estará el niño? ¡Cómo me va a mirar la Matilde cuando me vea entrar sin el médico! ¿Qué culpa tengo yo de que no haya venido? Doña Teresa dice que vendrá antes de las seis. Habrá tenido que hacer. ¿Y si el niño está peor? Yo he dejado el recado, y doña Teresa apuntó las señas. ¿Qué más podía hacer? ¿Por qué me iba a engañar? ¡Cómo me va a mirar la Matilde! ¡Y con el frío que hace! A lo mejor cuando llegue a casa ya está allí. Todos los médicos tienen coche. ¿Qué interés va a tomar un médico por un niño como el mío? Para acabar de arreglarlo, ese tranvía sin venir. No sé si tengo más frío en la espalda o en las piernas. ¡Cómo se despide el año! ¡Qué Nochevieja! Ahora estaríamos en la Feria de Valencia. ¿Dónde? Estos años la han cambiado de sitio más veces que gobiernos ha habido: un tiempo en la Gran Vía, antes en la plaza de Castelar, cuando aún había Bajada de San Francisco. 28¡Qué tapas las del Bar Oliveta! Y en los solares de la estación del Norte, y en la avenida de Victoria Eugenia, ahora detrás de la Plaza de Toros. Se acabó el tiempo de las ferias, Julio.
»Voy a subir a pie. Contaré hasta veinte, y si no viene subo a pie. Tan oscuro y lloviznevando. ¡Qué frío, Dios! ¿Qué crees que tiene el niño? ¡Si estuviese seguro de quién me lo ha aojao! ¡Como sea el Manuel! ¿Se puede morir? O desgraciarse para toda la vida. ¡Cuarenta y dos pesetas una docena de huevos! Y nada en la Cooperativa. La culpa de los fascistas. Sí. Y del Gobierno. Ya los metería yo a todos esos que comen en los restaurantes… ¡Esos son los de la quinta columna, 29hijos de la gran madre que los parió!
»A ver si es este. No, un 54. Ahora estaríamos en Valencia. A hacer puñetas, no espero más.»
Julio Jiménez hunde sus manos encallecidas en los bolsillos de su pantalón de pana, deja la plaza de la Universidad y sube Aribau arriba.
«He esperado hasta las siete y media. Dijo que vendría a las seis. Ya está bien. Con tal que no esté cerrada la farmacia.»
Cae el cielo negro sobre la ciudad negra. Se adivinan los fantasmas de las espirales ventolineras de la nievezuela, resbala la jalea del lodo por el suelo enfangado. Al chispazo largo de los faros de los automóviles brillan el rayadillo del agua y los charcos picados. Llueve desde siempre y para siempre, para siempre es el frío: durísima espada. Aúllan de pronto las sirenas, desencuévanse como los vientos; envuelven la ciudad ululando a muerte.
¿Con este tiempo también? Bombardearán nubes. No tengo miedo y se me encoge siempre el estómago. Es lo que le faltaba a la Matilde. ¿Quieren que nos muramos en el barro? ¡Puercos!»
El zumbido de los motores y el rebombar de los truenos de los cañones tirando, ciegos, a la aventura de los oídos. La ciudad, herida y oscura, siente más la congoja del frío. Cerca de la verja de la Universidad Julio Jiménez duda un momento, el agua por la boina, por la cara, por la chaqueta corta de pana rayada. Hace tiempo que el ocre tostado del terno ha perdido su vello en coderas y rodilleras: cálanse en seguida las urdimbres. Córrele la lluvia por las arrugas de la cara, como si fuese por cárcavas, gotea el bigote rucio, andan luego los rosarios de agua al azar de su barba cerrada, sin afeitar desde la recaída del chaval. El agua bate cejas y pómulos sin hallar mejillas, y por las torrenteras de los desaparecidos mofletes éntrase por el cuello: que la camisa no es obstáculo, cabe el puño por él, tanto adelgazó el hombre de tanta lenteja, tan poco pan. Julio Jiménez pasa de los cincuenta, con mucho hueso y poca carne, ancho, bajo, la quijada fuerte, la boina pequeña, la cara y las manos tostadas de aire y sol, que el cuerpo lo tiene blanco como cuajada. Hunde el pie derecho en un charco, llénasele de frío y humedad, a pesar de las botas, que son de Almansa. Por la calle que enfila baja un gris arremolinado como ventisca de puerto. La nieve se deshace en agua a cualquier contacto.
«Ya ves, una buena acción nunca se pierde: la ayudé a salvar el equipaje y ahora me manda el médico y quiere encontrarme trabajo. Trabajo, trabajo… ¡Quién vendiera ahora relojes subido en las tablas del barracón! ¡Señoras y señores! Yo no soy León Salvador…»
León Salvador, ¡el rey de los feriantes! Con su mancha vinada partiéndole la cara. Y su labia famosa. Él solo vende más relojes que todos los demás juntos. 30
Las ferias son casi todas en agosto y septiembre, aunque empiecen con la Magdalena en Castellón y acaben con el Pilar, en Zaragoza, que las de Navidad en Valencia no son nada, un aguinaldo.
El número y la calidad de los tiovivos, de las norias y columpios, indican la importancia de la feria, que la de la comarca depende de los animales; lo que importa es el ganado, y en las capitales los toros. Sin reses, las ferias no pasan de ser verbena. Las barracas son propiedad del Ayuntamiento, y los puestos, de año en año, los mismos para los mismos, a pesar de la pamplinada de la subasta. Son tres las clases de comercios: de juguetes –de Onda, de Denia–, de bisutería –ahí de murcianos y valencianos– y los turrones de Jijona. A las ferias pequeñas suele acudir un tiovivo, tres tiros al blanco y un Museo Taurino de figuras de cera con la casaquilla del «Espartero», o el estoque de Reverte. 31Para las mozas las vitrinas de los quincalleros son las páginas de la moda; que el recovero trae siempre lo mismo. Las feriantes están al día y exponen lo último de Barcelona y Madrid. Antes conocen «lo que se lleva» en los lugares que no en la ciudad. No hay quien las engaite.
–No. Eso ya lo llevaba Ud. el año pasado.
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