–No me gusta el parecido –dice Cuartero.
–La historia no se repite –continúa Herrera–. 51Igualad el Turia al Tajo. Todo en más pequeño. Para mayor identidad, al cauce le llaman la Vega. El Alcázar viene a ser el Gobierno Civil con sus adláteres: Banco de España, Delegación de Hacienda, Hotel Aragón. Al noreste hay otro grupo de edificios formado por el Seminario, la Iglesia de Santa Teresa, como si dijésemos en Toledo: por el paseo de la Cruz Verde. En esos dos grupos de edificios se han refugiado los rebeldes. Hay sótanos para mucha gente. El 23 y el 24 pasamos de casa a calle, de calle a casa, de techumbre a bajos; desde lo alto de San Juan, en poder de los facciosos –la cúpula nuestra, los altares suyos– freíamos el Banco de España. Esos días empezó la evacuación de los civiles. El 25 tomamos el cuartel de la calle de San Francisco y San Juan. El 26, el Casino y el Teatro.
–¿Quedan muchos?
–Bastantes. Que no se haga ilusiones la gente. Se podrá con ellos, pero no tan pronto. Los sótanos y las paredes son de aúpa. Anteayer, ¿el 29?, eso es, empezó la verdadera contraofensiva de Franco. Por el flanco izquierdo, por Campillo y San Blas, hacia Villastar. Yo salí por la noche, a Madrid, pero en Tarancón me encontré con la orden de venir acá.
–¿Vas a estar muchos días?
–Dos. Tienen más de cien trimotores. Una cosa seria. Tomaron la Pedraza.
Hizo una pausa.
–Yo creo que no pasan.
–¿Sabes algo de hoy?
–En el Ministerio no tenían aún el parte. 52En Información, las noticias no eran ni buenas, ni malas. Se lucha en Cerrogordo; a unas horas ha sido de ellos, a otras nuestro. Dentro de la ciudad hemos volado el Banco de España y un depósito de agua que tenían allí. Los del Seminario se van pasando a Santa Clara.
–¿Tú, qué crees? –pregunta Rivadavia, sabiendo que Herrera no le puede contestar más que vaguedades: nadie sabía nada. Pero el destino de Teruel pendía sobre todos.
–Si no entran antes de las doce, no entrarán nunca –dice Sancho.
El mito del Año Nuevo. Sonríen todos, sin querer.
El patrón arrastra los pies trayendo unas botellas.
–¿Qué, empezáis?
–Ya podía estar aquí Templado.
–A lo mejor ha ido al Ministerio, por el parte.
–Esperaremos todavía un poco.
–¡Qué esperar, ni qué ocho cuartos! –sesga Sancho–. ¡Que se vaya al carajo!
–¿Por qué eres tan malhablado? –le reconviene Cuartero–. ¿Te costaría algo?
A Paulino Cuartero le duelen, físicamente, las extralimitaciones verbales.
–Déjate de historias.
–Si no estuviese Cuartero hubieras dicho: déjate de puñetas –comenta Rivadavia.
–Nada, hombre, nada: los ajos forman el buen decir. En lo grosero está la sal del lenguaje. Indican vitalidad, plantación honda, raíces. Yo no sé ni francés, pero por lo que dicen en ninguna lengua hay reniegos tan bárbaros como los nuestros.
–Reniegos, sí los hay. Dicen que los húngaros, que los griegos… Lo nuestro, no es tanto el blasfemar, como el tener los divinos atributos en la boca, aun en la conversación más insulsa – contesta Rivadavia.
–¿Es ser malhablado hablar como se habla?
–¿Si se cuelga tu vecino, te ahorcarás tú? Se blasfema por pereza –dice Cuartero.
–Es un atajo –habla Sancho.
–Calla, babión, bocón, boconero –dice Rivadavia–. Hace unas noches vino a verme Arístides. Mi soberbio, mi magnifico Arístides: « Je sais l’espagnol » me suelta. ¡Ah!, digo yo. « En trois jours .»
–El español en tres días o las veladas de la Granja –dice Cuartero, que a todo saca título.
–La lengua universal. «Los hombres –prosiguió Arístides– tienen que expresar tres clases de sentimientos: los pasados, los presentes, los futuros: la sorpresa, la duda, la esperanza, la admiración, el saludo, la despedida. En español –sigue– estos nueve estados se traducen en tres palabras, según el orden: ¡coño!, ¡hombre!, ¡mañana! Tres palabras y una sola verdadera: ¡me cago en Dios!, que las recoge e integra.» Venía Walter con él, tuvieron una discusión, en alemán, acerca de: «¡tu madre!», que el germano quería incluir a toda costa en el Walhalla. Le pudo Arístides, que le demostró que «tu madre» no tendría nunca significación de futuro.
–A eso nos ha conducido Churriguera –dice Cuartero–. El problema está en saber cómo un novelista puede hacer hablar a sus personajes sin emplear estas expresiones clave.
–Donde los franceses dicen mierda, nosotros cojones. Diferencia esencial –hace notar Rivadavia–. Cada época tiene sus palabrotas, cada país sus blasfemias. No sé de nadie que las haya estudiado y es lástima.
–Un idioma sin blasfemias no es lenguaje. Una palabrota bien plantada, en su sitio, en su tierra, a su tiempo, es insustituible. El reniego asienta y clava el idioma en tierra, contra los cielos. Si los españoles no pudiésemos emplear interjecciones soeces nos íbamos a ver negros. Si no, ¿para qué hacemos la guerra? Para que no se prohíba la blasfemia.
Sancho se dirige a Herrera:
–En Teruel está Guillén, ¿no?
Asiente el militar.
–Vosotros le conocéis, ¿no?
–Yo no –dice Cuartero.
–Para el caso lo mismo da. Debió de ser en agosto. Del treinta y seis, se entiende. Llegamos a San Rafael. Guillén era entonces jefe, o comisario, o no sé qué, del batallón. Vosotros ya le conocéis, tan renacuajo y tan serio. Nos metimos en el avispero a la salida del Puerto. El pueblo abajo con los fachas, que batían el collado. No podíamos seguir para adelante, ni retroceder. Ni importaba; la orden: mantenerse allí. Pero aunque no la hubiese habido; de entrar o salir, ni hablar. Lo que preocupaba a todos era el avituallamiento. En aquellos tiempos aún no habíamos aprendido a adelgazar o a chuparnos el dedo, si hace falta. Todavía quedaba cerveza en Mahou. Pasan doce horas sin aparecer ni Dios, no que no lo intentaran, pero en cuanto asomaban por las crestas los freían. Y venga mandar enlaces. Mi Guillén, tan serio:
–No preocuparse, compañeros, ya llegará la comida. Debemos mantenernos aquí. Si desertáramos del puesto de combate, el enemigo se apoderaría de la cumbre y no sabemos lo que podría pasar.
Y les explicaba la importancia de la posición. Total: pasa el día, y nada. Menos mal que había agua. Chiss, una ramita que te cae, un pino que se te descascarilla. Piedras arriba, piedras abajo. Los muchachos abrigados entre las encinas. Encinas y pinos: ¡que te doy, que no te doy! ¡Con lo que ahondan el estómago las balas!
–Que lo digas –suspiró Herrera.
–Y ni esperanza de manduca. Ni pizca. Agua de sierra y sombra de piedras. Pasan las horas. La gente rezongaba. Quien más, quien menos, tenía su casa en Chamartín, recordaba la taberna de la esquina. Y venga agua. Los de enfrente barriendo el puerto. Nosotros disparábamos un tiro cada cuarto de hora: tres cargadores por hombre. El resto del tiempo al avío y olisquear si venía alguien. El miedo y el sol. Después, como es natural, la noche. Tres dicen que están enfermos, que se vuelven a Madrid, que volverán mañana. Mi Guillén les toma aparte, les convence de que van a llegar las vituallas, con la oscuridad van a pasar los panes y los peces, algo así como los pájaros volando: que no sean bobos, que se tumben a dormir, que la noche se pasa sin hambre, que no hay mejor alimento ni rellenatripas que el sueño. En fin: el resopón. Los tíos se convencen, se quedan. Efectivamente, pasada la medianoche, llegan tres burros cargados… de sardinas. Sí, de latas de sardinas. Bueno. Mi Guillén se regocija, los hombres se agolpan, les habla:
–¿Veis?, formidable, todo marcha muy bien, no nos envían rancho vulgar: sardinas. Una lata de sardinas por barba. Compañeros, todo sale a pedir de boca. Formidable. ¡Nada menos que sardinas! Compañeros: así paga la República a sus servidores.
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