Max Aub - Campo de sangre

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Campo de sangre forma parte del extenso y fascinante ciclo narrativo que Aub dedicó a la Guerra Civil, El laberinto mágico. Por la cronología de los hechos narrados constituye la tercera novela de este (recordemos que el ciclo incluye textos de otros géneros), pero se trata de la segunda si atendemos a las fechas de publicación y sobre todo composición, ya que trabaja sobre ideas que comienza a gestar a finales del conflicto. La cercanía en el tiempo de los acontecimientos que refleja, así como la experiencia que el autor vivió en campos de concentración mientras redactaba la mayoría del relato, explican en gran medida su especificidad respecto al resto de novelas. Campo de sangre es la entrega más virulenta y desgarrada del Laberinto, y aunque su título se asocia como emblema a la traición de Judas –otro de los tópicos del ciclo–, adquiere su más plena significación por la violencia que transmite la obra, no tanto desde la perspectiva del contenido como de la forma.

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–No seas impertinente.

–Yo no puedo hablaros del valor, porque no le tengo. Un valiente de verdad no te dirá en qué consiste. Quien te hable de eso será un vivalavirgen o un empavorecido.

–Mejor es el hombre por los pies que por las manos.

Traen los huevos.

–¿A cuánto los cobras? –le preguntan al dueño.

–Para vosotros a diez pesetas. Porque habéis traído el aceite. Sí. Los compro a cuarenta y cincuenta pesetas la docena.

–¡Voto a tal! –exclama Herrera, dándose un morrón en el tabique; saltéase todo por la mesa: le habían llegado las rótulas al tablero–. ¡Los pude comprar ayer en Tarancón a diez pesetas la docena! No quise porque me pareció un robo. La tasa: cinco cincuenta.

–Encuéntralos, guapo.

–Claro que encontraré.

–Para la tropa.

–Y yo, ¿qué soy?

–No tienes idea –empezó Rivadavia.

–Límpiate que vas de huevo.

No era chiste. 62Limpiose el fiscal con el mantel, dejando un rastro brillante, cometa de yema. La falta de jabón mata servilletas.

–La ciudad se ha convertido en un gallinero –sigue el juez–. Se recomienda un vistazo a las azoteas. Hasta en las rejas de la Pedrera.

–¿Qué es la Pedrera?

–El alias de un edificio de Gaudí: paseo de Gracia, esquina a Provenza.

–¡Ah, sí!; el PSUC. 63

–Allí tienes, a ras de la calle, entre rejas, gallinas picando.

–Cada ciudadano ha venido a trocante.

–En cada caletre un menú. Tras el menú, otro menú. solo se piensa en la manduca.

–¿Para qué crees tú que mi mujer va a la peluquería? –pregunta Cuartero–. ¿A que le ricen los rizos? ¿A que le marquen la ondulación? ¡Ca, hombre! A cambiar una pastilla de jabón por medio kilo de arroz, que a su vez dará por las patatas que necesita. O una lata de sardinas que le ha traído un capitán, primo de la tía de la sobrina de la otra tía, que a la noche aprenderás trasmutado en otra pastilla de jabón.

–En las sastrerías venden patatas; en los ultramarinos solo mostaza, y se acaba. A más de las cosas raras: pasta dentífrica que te venden como de anchoas c. Barcelona se ha convertido en una inmensa, minúscula lonja.

–Sí, la casa de Trócame Roque.

–Majadero. Aquí no importan los frentes, sino las lentejas. Las mujeres se te ponen tiernas cuando les dices «chocolate». Los alimentos ablandan los corazones.

–¿Sabéis dónde compro los huevos para mi casa? –dice Sancho–. En una casa de citas de la calle de la Diputación. Tengo que cargarme las realquiladas con tal de que suelten los divinos adminículos.

–Lo curioso es cómo lo sexual pasa a segundo plano –asegura Rivadavia–. Por eso las mujeres aborrecen la guerra. La muerte y el hambre las relega a segundo término. Su poder decrece. No creáis que el horror que le tienen a la matanza es humanitarismo. Más crueles son que los machos. Al principio del movimiento les bastaba, para ir en coche, arremangarse un tanto las faldas. ¿Os acordáis de Claudette Colbert en New York-Miami ? Bueno: no necesitan las mozas de película ni cintas para aprender ese camino. Ahora nadie les hace maldito el caso. Órdenes son órdenes, me dicen que dicen los chóferes, las purgaciones ayudando. Pero hijo, si hacen la misma seña con un cigarrillo en la mano paran todos. Todavía no se ha hecho con salchichones, pero sí con patatas. Todos parecemos perritos amaestrados. Antes les miraban la cara, ahora las manos.

–Esta época pasará a la Historia como la edad de la colilla.

–Sí –dice Herrera–, las condiciones de la vida determinan las del espíritu y sus obras.

Templado sonríe para sus adentros del claro barniz marxista.

–El cambio, el toma y daca, el trocar, el mudar, el variar, alterar, el cambiazo y la permuta. Las ensaladas, los tomates, los pimientos, la media butifarra, los chorizos y las longanizas se nos han subido a todos a la cabeza. Todos nosotros conocemos un abogado, que no tengo por qué nombrar, que presta sus servicios, no siempre muy limpios, por huevos, quesos, almendras, vino…

–¿Cuánto le debo por la consulta? –dice, fingiendo la voz, Cuartero.

–Tres kilos de azúcar y diez botes de leche condensada. Si consigo que su hijo se quede en la fábrica y no vaya al frente, una caja de La Vache qui rit y un jamón –continúa Templado.

–Mire usted que solo podré conseguir medio.

–¡Su hijo irá al frente!

–¡Oh, señor abogado! Añadiré una lata de arenques de Noruega que mi hija ha conseguido del mismísimo cónsul. ¡Noruegos de Noruega! Una lata grande, ovalada, preciosa.

–Toda la ciudad es almoneda –sigue Rivadavia–. Todos nosotros, quieras que no, ya lo ves, tenemos las cuerdas vocales en el estómago.

–O creemos que la naturaleza es nuestra señora madre o no –taja Templado–. Sin llegar a Montesquieu (–Pedante –le suelta a media voz Cuartero), el crecimiento y la reproducción nacen del exceso del comer. De lo que comes de más. ¿Cómo no has de depender de lo que produces? ¿Cómo no has de aparecer ligado a lo que tragas? Somos materialistas o no lo somos. El cuerpo, nuestro padre.

–Y muy señor mío.

–Y con la mayor reverencia.

–Como sigáis así, me voy.

–Si ahora te hundo este cuchillo en el cuerpo se te fastidia el alma. Con dolor no hay quien trabaje. Sin dolor del alma tampoco haces nada de provecho. Si te corto ahora el meñique…

–Calla, ablandabrevas.

–Las peponas, chitón. Si trabajas apuntalando con la voluntad tus pensamientos y te viene a lancinar cualquier pega: adiós todo. La creación nace de una feliz disposición de la carne. Alabemos nuestro cuerpo dándole contento: dulce vino para el estómago que lo prefiera así, seco para el que lo guste. Golosinas a María. No hay más fuente que él –acaba Templado.

–Aceite y vino, y amigo antiguo.

–Al que prefiera salsa y grasa, salsas y grasas.

–Y torreznada al torreznero.

–Quien se regodee con magras, goce con ellas –sostiene del médico–. Dejémonos de forzar el placer. ¡Al diablo el qué dirán!, olvidemos el puesmelotengoquecomeraunquenomeguste. Recemos al bazo y al epiplón, al duodeno y al intestino grueso; recémosle al riñón, a la tráquea, al tiroides. ¡Que no haya mal año para buen ano! ¡Cantémosle al unto lo que es del unto! ¡Al páncreas! ¡Y alabémosles con vino! ¡Y sacrifiquémosles los carneros más sabrosos, las terneras más mollares! ¡Hecatombe al intestino delgado! ¡Hecatombe al intestino grueso!

–No te conozco –dice Cuartero a Templado.

–Hechos de lo que comemos, dramaturgo.

El mantel blanco, el calor de cinco amigos en un recinto tan escaso, el vino, la comida les contentaban, se sentían más anchos, más amigos los unos de los otros de lo que lo eran. El mantel blanco, el vaho, la sal, la pimienta, la ceniza, los platos, donde no quedaba el menor rastro de los huevos fritos, embebido el aceite con la miga apretada de los chuscos, ya olvidado el dorado cuscurroso de las claras, lo blandengue de las yemas: de la fárfara blancuzca a todos los amarillos, a todos los oros sucesivos del blanco al cobrizo; traían la carne, adobada con tomate. Sancho no se paraba:

–A puerco fresco y berenjenas, ¿quién tendrá las manos quedas?

–¡Vaya entrecuesto, niños!

–Echa vino –dice Herrera–. Cuando se come no se acuerda uno de la guerra. Mejor que el dormir: sin sueños. Como, luego existo.

Teruel, otra vez por los aires.

–Por eso España es un país inmortal –contesta Cuartero–. No se come, luego no se vive, luego no se muere.

–Allá me lleve Dios a morar donde un huevo vale un real.

–Calla, hereje. Basta con agua y ajo.

–Y el santo pan.

–Aceite, garbanzos o judías. Berzas.

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