Xenius ve mucho más y mejor que todo el mundo. La suya es mirada intelectual. De ahí le viene la soledad; por tradición, que se remonta al sabio platónico, el único en salir de la caverna. De ahí asimismo la virtud divina –la sophía de los griegos– que en el Glosador se insinúa como don de la ubicuidad, pues su carta de presentación, el rasgo que lo define, es la omnipresencia. No se entromete, sin embargo, en las conciencias ajenas aunque especule a placer sobre la intimidad de los desconocidos: «¿Por qué aquel señor calvo, con su aire de modesto empleado que no ha podido aspirar al matrimonio, no habría de vencer, en una sola ocasión, esa timidez que le ha inutilizado el vivir?». 8 Se trata de los pinitos en un arte superficial que, ciñéndose a las apariencias, felizmente exonerado de los adentros, intenta adivinar en la figura corpórea de cada individuo esa otra –genio y figura– en que consiste su personalidad.
Desde un principio ensaya el Glosador la que prevé labor de filósofo, a la espera de que Xenius venga en mayo a confirmarlo. Observa, pues, una actitud contemplativa: la mirada interpone distancia, que sanea la vista. No obstante, las glosas no se limitan ni a la descripción ideal ( theoría o visión pura) ni a la narración coyuntural de eventos, sino que –«gacetillas de eternidades»– 9 aúnan ambos aspectos. Reflexión y verificación se muestran igualmente necesarias porque el dar testimonio es lo importante: yo estaba allí . En consecuencia, el sujeto debe formar parte de lo que pone por escrito. La omnipresencia que distingue al Glosador se tematiza a sí misma y, en vez de permanecer en el umbral del discurso, ingresa en él como uno de sus componentes. Ahora bien, puesto que la mirada exacta requiere distancia, el Glosador se halla en una situación paradójica: ausente y presente al mismo tiempo. Luego la verdad se desplaza al mundo de la fantasía. La ineludible reflexión conlleva que el propio sujeto se transforme en irreal: en Xenius.
Pero ya anteriormente, en «Cartas a los Reyes» del 6 de enero, nos había desvelado sus armas: «He logrado hogaño que pasase ante mis ojos gran parte de la correspondencia dirigida por mis simpáticos amigos los niños de Barcelona (que, entre paréntesis, son unos pedigüeños) a sus majestades los tres Reyes de Oriente...». 10 Acto seguido reproduce algunas cartas con nombres y apellidos. ¿Dónde está la verdad, dónde la mentira, de este sondeo de opinión avant la lettre ? Si el psicoanálisis detecta en los sueños fragmentos de vigilia, el Glosador acude a la fantasía para procurarse «el mundo rehecho». 11 Imaginar la realidad tendría que ser la mejor manera de verificarla... solo que en el futuro, con la esperanza del chiquillo que envía su carta a los Reyes. El propio Xenius conmemora la Epifanía enviándonos la suya en forma de glosa.
El proceder orsiano se inspiraba en el pragmatismo anglosajón, una de cuyas figuras destacadas era por aquel entonces William James. Con todo, salta a la vista que la recreación efectuada por el Glosador derrochaba esteticismo. Fijémonos, por ejemplo, en otra glosa de 1906 que parece un inocuo juego literario bajo los auspicios de Oscar Wilde, pero nos brinda la clave del «santo arbitrarismo» defendido por Xenius a todas horas:
El árbol que da la castaña se llama el fogón. Se compone de cuatro raíces finas que sostienen del modo más gracioso un tronco muy grueso. Ese tronco tiene en su parte alta una pila, pila, pila de agujeros. Las castañas nacen de esos agujeros, que constituyen lo que se denomina el tostador. 12
Abonaba tal creencia el decepcionante sabor de «las tristes y frías bolitas de madera que, en mitad de los campos, algunas temerarias personas de él conocidas designaban con el nombre de castañas». 13 Dicha experiencia nos lleva a la conclusión de que las auténticas castañas, sabrosas y calentitas, son las de ciudad cocidas en otoño; por el principio platónico de la superioridad del original sobre las copias.
El hombre –dictó un sofista griego– es la medida de todas las cosas. Pues bien, la glosa citada, igual que el Glosari entero, nos invita a mirar la realidad con ojos de hombre que se hace el mundo a su medida. Y quizá solo pueda hacérselo convocando al niño que un día aprendió a leer atentamente el periódico: solo con ojos ingenuos e inquietos, pero instruidos. Cuando la televisión no existe, la ventana abierta al mundo es la prensa escrita. A través de ella se nos acercan países exóticos (la glosa del 5 de julio se titula Univifgssaerntdluinalerfironajungnarsigujak , una palabra groelandesa, según dice) o no tan exóticos (una serie de Transatlánticas dan noticia de Estados Unidos). También se acorta la distancia que separa a cada cual de sí mismo y del prójimo: la soledad remite. De esta suerte, el aprecio del oficio de periodista, a quien Xenius conceptúa de filósofo de los nuevos tiempos, deriva en un raro propósito: el de convertir la excursión física en incursión metafísica. Lo expresa la primera glosa del año siguiente: «Miro hacia atrás, miro hacia dentro. Me pregunto: –¿Qué has hecho? ¿Qué eres tú, Glosador? [...] –Has hecho “metafísica de andar por casa”. Eres un “metafísico de andar por casa”...». 14
Aunque resulte paradójico, en aras de la objetividad no se persigue ahí la transparencia. El Glosari comienza por introducir un espacio opaco con la aparición de alguien que se autodenomina amigo y que, pretendiendo metérsenos en casa, nos declara su amor repetidas veces; de puro no estarse quieto se nos vuelve sospechoso. Al menos hasta que se quita la máscara: detrás andaba Xenius con su propia identidad imaginaria. Gracias a ella se mueve por doquier a horas intempestivas, y su atención re-anima a las criaturas anónimas para que puedan sacudirse el lastre de la materia. Él mismo «es incorpóreo, etéreo, psiquis , anima ..., una mariposa hecha de soplo». 15 Xenius es el alma de la ciudad.
¿Sigue aún entre nosotros? Quién sabe. Sea como fuere, inhumada ya la momia, va ganando por momentos ascendiente la ironía del Glosador:
Ya sabéis que se ha averiguado que el brazo derecho que Laoconte ostenta no es suyo. El suyo era otro, en otra postura. Así lo han demostrado varios arqueólogos y gimnastas./ Con tan fausto motivo no falta quien se permite burlarse de Lessing, del gran Lessing, el cual, sobre la postura en que Laoconte aparece hoy, edificó arbitrariamente toda una teoría [...] Por lo que a mí respecta seguiré estudiando a Lessing, no solamente si me dicen que el brazo del Laoconte no es suyo, sino también si me demuestran que es de la Venus de Milo. 16
En efecto, la inapelabilidad de los hechos históricos o biográficos no quita que los asaltos contra la libertad siempre empiecen o acaben siéndolo contra la inteligencia.
1. «Confesso ab vergonya que, fins no fa gaire temps, he conservat jo un exagerat respecte per a les mòmies. Sempre les havia tingudes per objectes preciosos, extraordinaris i quasi sagrats. El bon Mark Twain ha estat el primer en trontollar-me’n la convicció, quan, narrant un viatge per Itàlia, explica com va contestar al cicerone, que li alabava l’antigor d’una mòmia egípcia del Vaticà: “¿Us burleu de mi?... En un museu tan gran com aquest, bé podrien tenir-ne de més frescos, de cadavres!”...». «Històries de mòmies» ( Glosari , 9-VII-1906).
2. «Ja és hora, lector amadíssim, de revelar-te mon secret. Aquest Glosari havia sortit fins avui ab el nom d’una persona de carn i ossos que es diu Eugeni d’Ors, per a servir-te. Però ni l’Eugeni d’Ors ni cap persona altra de carn i ossos és el veritable autor d’aquest Glosari .» «Entre parèntesis: de com el Glosador se diu Xènius» (9-V-1906).
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