Mercè Rius - D'ors, filósofo

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Mercè Rius, pone de manifiesto en este estudio que la obra de Eugenio d'Ors conectaba con los debates filosóficos del siglo XX mediante hilos mucho más finos que los percibidos inicialmente. Hoy se ratifica en su creciente estimación, sobre todo frente a aquellos cuya empedernida ignorancia llega al colmo de negarle todavía la credencial de filósofo. A través de esta investigación, la autora trata de mostrar que D'Ors, ni se equivocaba ni obraba de mala fe al considerarse ante todo filósofo. Para ello, realiza un balance de la filosofía orsiana resituándola en un horizonte más vasto tras descubrirle nuevos aspectos, cuyas afinidades con otros autores contemporáneos de tradición europea sugieren el alto nivel y la oportunidad histórica del pensamiento orsiano.

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Acerca del europeísmo cultural de Eugenio d’Ors, dicho estará de sobra lo incomparables que son el arrimarse a ideologías autoritarias, por más «ironía» con que se tomen, y el conceder a las experiencias místicas su forma (o incluso su no-forma) de verdad, aun sin participar en la misma. No cabe duda de que hay que ir con cuidado al enaltecer la empatía orsiana –producto, a veces bastardo, de su lucidez para captar al vuelo– con la intelectualidad europea del momento. Pero, justo por ello, resulta de mayor importancia que el intérprete no confunda la pureza intelectual con la moral... de existir ambas –siquiera en el imaginario del filósofo. Y nunca, en el otro extremo, debieran limarse aristas con el falso pretexto de rehabilitar a nadie.

En definitiva, al cabo de veinte años me percaté de que la obra de Eugenio d’Ors conectaba con los debates filosóficos del siglo XX mediante hilos mucho más finos que los percibidos inicialmente. Hoy me ratifico, pues, en su creciente estimación, sobre todo frente a aquellos cuya empedernida ignorancia llega al colmo de negarle todavía la credencial de filósofo; prefieren pegarla en otras solapas que ellos puedan agarrar. Una edición conjunta de los textos orsianos de estricta temática filosófica –a estas alturas, aún dispersos– quizá ayudase a paliar semejante cazurrería. Después de todo, según el propio autor advertía, no se puede entender lo que no está al alcance de los ojos. En lo que a mí respecta, he procurado mostrar que ni se equivocaba ni obraba de mala fe al considerarse ante todo filósofo. Me alegro, no obstante, de que en tal empresa, como en cualquiera, nadie tenga jamás la última palabra:

Todo está dicho a medias –afirma el verdadero espíritu clásico. La historia de la humanidad es una magna asamblea. Todo está dicho a medias, y hace falta continuar . 7

1. M. Rius, La filosofia d’Eugeni d’Ors (1991).

2. Por fortuna, entre las generaciones más jóvenes se han cosechado meritorios trabajos (véanse en el apartado de referencias bibliográficas). Pero es de temer como algo sintomático que hayan aparecido en Ediciones de la Universidad de Navarra.

3. J.L. L. Aranguren, La filosofía de Eugenio d’Ors , p. 49.

4. Desde luego, el uso del condicional pone tal afirmación a resguardo de interpretaciones como la mía; pero tampoco cabe falsear demasiado lo que se queda en hipótesis.

5. Esta pregunta trae a la mente el caso Nietzsche. Pero nuestro autor, al decir de Josep Pla, se limitaba a practicar un dionisismo de barrio burgués.

6. «Aprendizaje y heroísmo», en Diálogos , p. 78.

7. «Tot està a mig dir –afirma el veritable esperit clàssic. La història de la humanitat és una magna assemblea. Tot està a mig dir, i cal continuar» ( Glosari , 27-VII-1920).

I

RITMOS

1.

XENIUS: EL ALMA DE LA CIUDAD

El 1 de enero de 1906 nacía en Barcelona el Glosari , inscrito en el registro como propiedad literaria de un tal Eugeni d’Ors. Desde la misma ciudad pasado un siglo quien esto escribe ya no se acuerda, quizá nunca lo supo, de cómo era el declarante. Y se congratula de su olvido. Con harta frecuencia ha oído repetir a unos cuantos voluntariosos y a algún esnob de ocasión que, «a pesar de los pesares», la valía intelectual de Eugenio d’Ors merece un respeto. Sin duda, este «a pesar de» comprende su militancia fascista y el repudio de la lengua paterna. Pero también su manía de considerarse filósofo en un zona del planeta donde el buen juicio especulativo apunta tan alto que ninguno de los empeñados en trabajárselo ha logrado hasta la fecha el anhelado reconocimiento. Salvo Raimundus Lullus, ¡cómo no!, que está por encima de cualquier juicio porque tras él se rompió el molde de la catalanidad universal.

No faltan tampoco quienes, ni entusiastas ni detractores, valoran la obra orsiana a título de patrimonio histórico. Así restituyen al autor la herencia de su sonoro desprecio hacia cuanto se mostrase incapaz de trascender los angostos límites del tiempo: abnegados discípulos a su pesar, niegan al propio maestro el estatus de «clásico». A la postre, los dos grupos de rehabilitadores, ora idealistas ora pragmáticos, confluyen en una idéntica actitud de fondo. Unos y otros quieren preservar algo que, santa reliquia o momia, ya está muerto. Recaiga sobre todos ellos la profética ironía del Glosador:

Confieso con vergüenza que hasta hace poco he conservado yo un exagerado respeto por las momias. Siempre las tuve por objetos preciosos, extraordinarios y casi sagrados. El bueno de Mark Twain ha sido el primero en tambalearme la convicción cuando, al narrar un viaje por Italia, explica cómo respondió al cicerone, que le alababa la antigüedad de una momia egipcia del Vaticano: «¿Os burláis de mí?... En un museo tan grande como este ¡bien podríais tener cadáveres más frescos!»... 1

Pero, bien mirado, el actual 2006 no es el año del centenario de Eugenio d’Ors, sino el de su Glosario catalán. ¿Por qué, pues, no aprovechamos la ocasión para dejar que D’Ors descanse en paz mientras nosotros nos concentramos en sus textos? ¡Qué nos importa el individuo! Solo era el cuerpo en que encarnó un magnífico escritor. Aunque algo tarde, nos cercioramos por fin de lo que ya anunciaba una glosa de las de aquel mes de mayo hoy secular:

Ya es hora, amadísimo lector, de revelarte mi secreto. Este Glosari había salido hasta hoy con el nombre de una persona de carne y hueso llamada Eugeni d’Ors, para servirte. Pero ni Eugeni d’Ors ni otra persona alguna de carne y hueso es el verdadero autor de este Glosari . 2

Apenas cumplidos los cuatro meses, Xenius (nombre del auténtico glosador) había adquirido suficiente confianza en sí mismo para emanciparse de quien lo apadrinó al nacer. Si D’Ors lo había presentado en sociedad, ahora él, invirtiendo los papeles, lo despedía sine die : «Que se sepa, que conste. El Glosador se llama Xenius. Ors, oficioso usurpador de cosas ajenas, deja su papel; Ors se va». 3 Amén.

Sacudido por la noticia, al amado lector se le pudo reavivar entonces la lucecita de una intuición originaria quizá pronto despistada entre tanta exuberancia con que el Glosari le regalaba día a día. Quizá hasta aquel momento la constante apertura de nuevos frentes no le había dado tregua para aislar la incógnita servida en el mismísimo título de la glosa inaugural: «Las fiestas de los solitarios». 4 ¿Qué interés cabía suscitar exhibiendo la credencial de la soledad desde un medio de comunicación, precisamente?: «Bien que me acuerdo del aire de todos aquellos que vi comer, al mediodía de Navidad, en un pequeño restaurante económico». ¿Acaso el Glosador iba de forastero? No lo parece: «Y ni yo, yo mismo, que los amaba a todos, nada supe decirles...». 5 En fin, para averiguar si también él se contaba entre los solitarios, habría que esperar a las últimas glosas del año, alusivas como esa primera a la Navidad, fiesta de la compañía:

Dormirán a mi alrededor la ciudad y las casas cerradas de la ciudad. Indecisamente, tras los cristales de un elevado balcón, brillará la amarilla claridad de alguno en vela. Y yo, muerto de frío, triste de soledad, diré para aquella única vela la hora que pasa y el tiempo que hace. 6

Está bien. Puede que exista una soledad compartida, pero no llega al regocijo en común. Dos soledades juntas no suman una compañía. Y así el título «Las fiestas de los solitarios» promete la explicación de cómo pasan estos unas fiestas que siempre lo son únicamente de los demás. Por otro lado, los personajes objeto de la mirada extraña distan un rato largo del sujeto que los describe. Aun resistiéndose a admitir que vea sin ser visto, el Glosador no se priva de ostentar una cierta exclusividad: «Solo yo, solo yo, he visto la tez pálida de mi desconocido amigo. Solo yo he sabido detener el paso para verter, durante unos momentos, todo mi amor sobre su vida... Él también me ha visto [...] Pero mi pobre amigo ha bajado enseguida sus ojos sobre los folios...». 7

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