Andrew Clapham - Derechos humanos

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Hoy en día no pasa mucho tiempo sin que un problema sea considerado como un asunto de derechos humanos. En efecto, el derecho internacional relativo a los derechos humanos ha adquirido creciente atención y debe moverse rápido para mantenerse al día con un mundo social que cambia velozmente.
Esta breve introducción actualiza la discusión sobre derechos humanos, considerando las controversias actuales que rodean al movimiento. Al abordar la tortura y la detención arbitraria en el contexto de la lucha contra el terrorismo, Andrew Clapham considera también nuevos desafíos a los derechos humanos en el contexto de la privacidad, igualdad y el derecho a la salud. Observando la justificación filosófica de los derechos humanos y su origen histórico basado en el derecho, Clapham explica cuáles son nuestros derechos humanos en la actualidad, lo que podrían llegar a ser, y hacia dónde se dirige el movimiento de los derechos humanos.

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Brigitte pagó la botella y regresó al coche junto al cual esperaban dos policías que pretendían ponerle una multa. Empezó a insultarles y, cuando le dijeron que el coche estaba mal aparcado e impedía a la gente pasar por la acera, señaló la fila de coches que estaban pegados unos a otros:

–¿Pueden decirme dónde tenía que aparcar? Si está permitido comprar coches habrá que garantizarle a la gente que va a tener dónde dejarlos, ¿no? ¡Hay que ser lógicos! –les gritó.

Kundera cuenta la historia para centrarse en el siguiente detalle:

En el momento en que gritaba a los policías, Brigitte se acordó de los desconocidos manifestantes de la tienda Fauchon y sintió hacia ellos una intensa simpatía: se sentía unida a ellos en una lucha común. Eso le dio valor; elevó la voz, los policías (igual de inseguros que las señoras con abrigos de piel ante la mirada de los parados) repitieron, tontamente y sin convicción, está prohibido, no está permitido, disciplina, orden, y al final la dejaron ir sin ponerle la multa.

Durante la discusión Brigitte movía la cabeza con movimientos rápidos y breves y levantaba los hombros y las cejas. Cuando al llegar a casa le contó lo sucedido a su padre, su cabeza describía el mismo movimiento. Kundera escribe:

Ya nos hemos encontrado con este gesto: expresa el indignado asombro ante el hecho de que alguien quiera negarnos nuestros derechos más elementales. Por eso llamaremos a este gesto un gesto de protesta contra la violación de los derechos humanos.

Para Kundera, es la contradicción entre las proclamaciones revolucionarias francesas de los derechos y la existencia de campos de concentración en Rusia lo que desencadenó el entusiasmo relativamente reciente de occidente por los derechos humanos.

“El concepto de derechos humanos tiene doscientos años de antigüedad pero alcanzó su mayor fama a partir de la segunda mitad de los años setenta. Alexander Soljenitsin había sido desterrado de su país y su inusual figura provista de barba y grilletes hipnotizaba a los intelectuales occidentales, enfermos del deseo de un destino de grandeza que no lograban. Fue gracias a él que se convencieron, cincuenta años después, de que en la Rusia comunista había campos de concentración y hasta las personas progresistas estuvieron de pronto dispuestas a admitir que meter en la cárcel a alguien por sus ideas no era justo. Y encontraron para su nueva postura también una justificación magnífica: ¡los comunistas rusos habían violado los derechos humanos a pesar de que los había declarado solemnemente la mismísima Revolución Francesa!

Así, gracias a Solzhenitsin, los derechos humanos volvieron a encontrar un sitio en el vocabulario de nuestra época; no conozco a un solo político que no hable diez veces al día de la «lucha de los derechos humanos» o de las «violaciones de los derechos humanos». Pero como la gente en occidente no tiene la amenaza de los campos de concentración y puede decir y escribir lo que quiera, la lucha por los derechos humanos, cuanto más gana en popularidad, más pierde en contenido concreto y se convierte en una especie de postura genérica de todos hacia todos, en una especie de energía que convierte todos los deseos humanos en derechos. El mundo se convirtió en un derecho del hombre y todo se convirtió en derecho: el ansia de amor en derecho al amor, el ansia de descanso en derecho al descanso, el ansia de amistad en derecho a la amistad, el ansia de circular a velocidad prohibida en derecho a circular a velocidad prohibida, el ansia de felicidad en derecho a la felicidad, el ansia de publicar un libro en derecho a publicar un libro, el ansia de gritar de noche en la plaza en derecho a gritar en la plaza. Los desempleados tienen derecho a ocupar una tienda cara, las señoras con abrigos de piel tienen derecho a comprar caviar, Brigitte tiene derecho a aparcar el coche en la acera y todos, los desempleados, las señoras de los abrigos de piel y Brigitte, forman parte de un mismo ejército de luchadores por los derechos humanos.

El ensayo de Kundera presenta algunos argumentos sobre el mundo cambiante de los derechos humanos. Primero, para algunas personas hoy en día, los derechos humanos son obvios, evidentes y simplemente lógicos. A menudo, no se cuestiona la fuente de estos derechos o incluso los fundamentos teóricos de una demanda de derechos. Los cimientos del régimen de los derechos nos parecen tan sólidos que el hecho de invocar derechos en sí mismo parece hacer que uno tenga razón.

Segundo, los derechos humanos son demandas que se producen automáticamente cuando uno se siente tratado injustamente. Una sensación de injusticia puede generar la sensación de que a uno le han negado sus derechos. Las apelaciones a los derechos derivados de la lógica y los derechos irrefutables son hoy, de alguna manera, más convincentes que conceptos como el “contrato social”, la “ley de la naturaleza”, o la “razón correcta”. Brigitte convence a la policía mediante la apelación a un derecho lógico a un derecho de aparcar en la acera. Un llamado a la generosidad, el perdón, la humanidad o la caridad habría implicado un gesto diferente.

Tercero, un sentimiento de agravio compartido proporciona un poderoso socorro para aquellos que exigen sus “derechos”. Cuando los que nos sentimos agraviados nos unimos en protesta, encontramos fuerza a través de la solidaridad.

La propia ley puede ser objeto de la protesta. De alguna manera, la indignación ante la ley puede deslegitimar tales leyes incluso a los ojos de los encargados de hacer cumplir la ley. La obediencia a la ley es un hábito a menudo relacionado con su razonabilidad. Invocar nuestros derechos humanos se ha convertido en una forma de desafiar las leyes que consideramos injustas (incluso cuando la ley se ha adoptado de acuerdo con los procedimientos correctos). De hecho, el derecho de los derechos humanos se ha desarrollado para que, en casi todos los estados, la normativa nacional pueda ser impugnada por su falta de conformidad con los derechos humanos. A medida que se revocan y anulan las leyes, existe una percepción válida de que la legitimidad, o incluso la legalidad, de toda ley debe ser juzgada ante la ley de los derechos humanos. La jerarquía entre el derecho de los derechos humanos (o constitucionales) y el derecho nacional normal se refleja hoy en día a nivel internacional en la jerarquía entre el derecho internacional general y ciertas prohibiciones del derecho internacional “superior” (conocidas como normas “perentorias” o “ jus cogens ”).

Los derechos humanos operan desde un plano superior y se utilizan para criticar las leyes normales.

Cuarto, apelar a los derechos y garantizar el respeto de los derechos es una forma de, no solo lograr un objetivo fijo, sino cambiar el sistema en el que vivimos. Los derechos humanos son importantes como instrumentos para el cambio en el mundo. Los derechos humanos han evolucionado de ser una idea de los derechos individuales de los ciudadanos a ser una proclamación revolucionaria nacional (como la Declaración Francesa de 1789 o los acuerdos políticos contenidos en la Carta Magna de 1215). Hoy en día, los derechos humanos no solo son fundamentales para cambiar la legislación nacional, sus principios se consideran relevantes para los proyectos internacionales de asistencia para el desarrollo, al facilitar la justicia transicional durante los cambios de regímenes, lidiar con la reconstrucción posterior a los conflictos, así como luchar contra la pobreza y los efectos del cambio climático.

Quinto, para algunos existe una asociación histórica entre los derechos humanos y las preocupaciones occidentales, por lo que ha sido tentador desestimar a quienes plantean el tema de los derechos humanos como separados de las privaciones reales de las que hablan. El ejemplo de una joven acaudalada quejándose por la falta de estacionamientos es, por supuesto, deliberadamente absurda e irónica. Pero la historia de Kundera ilustra cómo la indignación por los derechos humanos puede parecer rápidamente ridícula, incluso hipócrita, a medida que ciertos gobiernos occidentales sancionan y apoyan de manera selectiva las violaciones de los derechos humanos. Sin embargo, sería un error exagerar la asociación de los derechos humanos con la hipocresía occidental. De hecho, el movimiento moderno de los derechos humanos y el complejo marco normativo internacional han surgido de una serie de movimientos transnacionales y generalizados. Los derechos humanos fueron y son cada vez más invocados y reivindicados en los contextos de antiimperialismo, antiapartheid, antirracismo, antisemitismo, anti homofobia, anti islamofobia y luchas feministas e indígenas en todas partes. Es posible que los gobiernos occidentales hayan dominado recientemente el discurso en los más altos niveles internacionales, pero los cánticos en las calles no se basaron necesariamente en ellos, ni cantaron al ritmo de Occidente.

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