Jorge F. Hernández - Álvaro Obregón

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El 17 de julio de 1928 tuvo lugar el asesinato del general Álvaro Obregón, suceso de profunda significancia para México por la estatura del personaje y el contexto histórico. Aquel suceso trágico, 91 años después, motiva la conjunción de destacados escritores y estudiosos en la edición de este libro, el cual pretende ofrecer a los lectores un mosaico integrado por diferentes facetas del sonorense: no solamente notas de su perfil biográfico, desempeño militar y actuar político, sino también de su relevante papel en los ámbitos social, económico y cultural, así como su impacto en la producción literaria, fotográfica, artística, cinematográfica y teatral. Rica diversidad de reflexiones que culminan en una compilación historiográfica del magnicidio.
La intención no es presentar una «biografía definitiva», sino más bien, poner de manifiesto la importancia de Álvaro Obregón en la historia contemporánea de nuestro país, al brindar puntos de referencia y análisis.
—Carlos Silva.

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Al margen de lo acordado por Obregón y los villistas, la Convención dio comienzo el 1 de octubre en la Ciudad de México, pero sin la participación de los villistas. Días antes, un grupo de generales constitucionalistas, entre los que destacaban Lucio Blanco, Ignacio Pesqueira, Rafael Buelna, Eduardo Hay y el propio Obregón, crearon la Comisión Permanente de Pacificación, que tenía como objetivo lograr un acuerdo entre carrancistas y villistas. Se presentaban como constitucionalistas ‘independientes’, ‘no personalistas’; se les conoció como ‘pacificadores’. En tanto mayoría, se impusieron a los carrancistas y lograron que la Convención se trasladara a Aguascalientes. Conforme aumentaron las diferencias entre Carranza y Villa, se llegó a proponer que, como solución, ambos renunciaran. De ser así, el poder recaería en el tercer grupo, en el de los Pacificadores, entre los que día a día aumentaba la influencia de Obregón. El horizonte parecía muy halagüeño: pasar de Jefe del Cuerpo de Ejército del Noroeste a Jefe Nacional de la Revolución. Para comenzar, en la Convención se designó al ‘pacificador’ Eulalio Gutiérrez como presidente del país, [19] luego de desconocer a Carranza. El problema fue que Gutiérrez no procedió de igual manera; al contrario, designó a Villa Jefe del Cuerpo de Ejército de la Convención. Ante la evidencia del crecimiento de Villa, quien poco antes había intentado fusilarlo, Obregón prefirió reconstruir su alianza con Carranza, quien pronto designó al sonorense como comandante de las fuerzas constitucionalistas. Así, el próximo combate entre Obregón y Villa, jefes de los respectivos ejércitos constitucionalista y convencionista, quedó claramente anunciado.

Ya con su nueva responsabilidad, a principios de enero de 1915 Obregón quitó a los zapatistas la ciudad de Puebla y sus alrededores, y a finales de mes ocupó la Ciudad de México. Sólo estuvo en ésta cuarenta días, poco gratos, por cierto. Con los constantes cambios de autoridad habidos desde mediados de 1914, [20] la ciudad padecía una terrible crisis delincuencial; además, el caos monetario y la falta de producción y de abasto agropecuario dieron lugar a una terrible carestía. Fueron meses de hambre y de tifo. Las relaciones de Obregón con los comerciantes, el cuerpo diplomático y la Iglesia católica fueron peor que tirantes. En cambio, su alianza con el movimiento obrero, que se tradujo en la creación de los Batallones Rojos, [21] fue importante para su triunfo contra el villismo.

A mediados de marzo, el sonorense abandonó la Ciudad de México con rumbo al Bajío, vía San Juan del Río y Querétaro. Iba a enfrentar a Villa; iba a conseguir otro lauro para su joven historial. Contra lo que muchos ingenuos predecían, Obregón derrotó al duranguense en todos los aspectos. Se trató de una derrota casi total que dejó destrozada a la invicta División del Norte. En táctica y estrategia lo venció en los combates de Celaya, durante la primera mitad de abril. Luego, el sonorense se dedicó a perseguir a los villistas, buscando su aniquilación. En esa campaña persecutoria, el 3 de junio —casi dos meses después de su triunfo inicial—, en la hacienda de Santa Ana, cercana a León, una granada villista le arrancó el brazo derecho. Desde entonces Obregón fue mal llamado ‘el manco de Celaya’. Sin embargo, en realidad cambió su brazo por el aura de ser un mutilado de guerra, con lo que logró dos identidades: de general invicto y de héroe popular. [22]

Ya recuperado, a finales de 1915 Obregón siguió inflingiendo duras derrotas a Villa. Una vez minimizado el mayor problema militar que enfrentaba el gobierno de Carranza, Obregón pudo dedicarse a la política. Fue así como, en marzo de 1916, fue designado secretario de Guerra. Sin embargo, todavía entonces el campo de batalla le era más propició que la oficina ministerial. Sucedió que en febrero Villa había atacado la población norteamericana de Columbus, demostrando que no estaba vencido del todo. Para colmo, dicho ataque dio lugar a la ‘Expedición Punitiva’, que puede resumirse como la ocupación por diez mil soldados estadounidenses del territorio chihuahuense durante un año. [23] Por lo mismo, se dedicó a negociar con las fuerzas norteamericanas su retiro. Sin embargo, las negociaciones diplomáticas resultaron serle más complejas que las militares. Insatisfecho con su complaciente postura, Carranza le quitó dicha responsabilidad, dejándolo al frente de la Secretaría pero dedicado a asuntos menores. Para colmo, a finales de 1916 tuvo lugar en Querétaro el Congreso Constituyente, en el que quiso impedir la participación de un grupo de políticos civiles —los ‘renovadores’— encabezados por Félix Palavicini, con el que tenía pésimas relaciones desde principios de 1915. Durante muchos años se exageró la influencia de Obregón en el Congreso Constituyente. [24] Hoy sabemos que esto ha sido un mito político e historiográfico. [25]

Comprensiblemente, su relación con don Venustiano se había deteriorado, al grado de que Obregón ya no sería miembro del gabinete al inicio del periodo constitucional de Carranza, en mayo de 1917. Si bien se alejó de la política gubernamental para dedicarse a una muy exitosa producción garbancera, Obregón también se dedicó a ampliar sus ‘redes’ políticas nacionales y a coquetear con el gobierno de Washington. Sobre todo, se dedicó a disfrutar el declive político de Carranza; más aún, buscó beneficiarse personalmente del creciente desprestigio de don Venustiano. Es indudable: sus desafíos a éste en la Convención, durante la Expedición Punitiva y luego en Querétaro, habían sido prematuros. El sonorense era todavía un inexperto en política y Carranza estaba en el pináculo de sus éxitos. Sin embargo, la situación cambió dramáticamente para 1919 y 1920: el debilitamiento presidencial y el ascenso de Obregón eran dos efectos paralelos; más aún, concluyeron en el momento de la sucesión presidencial. Carranza no tenía un sucesor viable ni la fuerza suficiente para imponer a uno que no lo fuera. Obregón se había convertido en el hombre más poderoso y popular del país. Su dolorido triunfo sobre Villa hizo olvidar al mal diplomático.

A mediados de 1919, un año antes de las elecciones, Obregón lanzó su candidatura, autopostulándose como un aspirante independiente, de ideología liberal y reformista pero no radical. Había crecido, mientras Carranza envejeció y Pablo González se desprestigió. [26] Por su parte, la estrategia electoral gubernamental fue peor que desastrosa. Para comenzar, el partido político que se había creado a finales de 1916, el Liberal Constitucionalista, dio su apoyo a Obregón; lo mismo hizo la principal organización obrera del país, la CROM —Confederación Regional Obrera Mexicana—, fundada en 1918 por Luis N. Morones, quien durante el proceso electoral se alió a Plutarco Elías Calles, el hombre más cercano a Obregón. [27] Además, Carranza decidió que su sucesor fuera un civil, alegando que la lucha armada había concluido. Al margen de que aún se padecieran auténticos estados de guerra en varias regiones del país, [28] lo que daba gran poder a los militares, la decisión de Carranza era a todas luces prematura, pues la principal institución política era entonces el Ejército Nacional, la única con redes, presencia y organización a todo lo largo y ancho del país. Para colmo, Carranza eligió un candidato poco afortunado: Ignacio L. Bonillas, quien carecía de capital político propio. [29] Por último, Estados Unidos había decidido obstaculizar al máximo cualquier posibilidad de continuidad de la política nacionalista de Carranza, y Bonillas era su embajador en Washington y, por ende, su ‘mancuerna’ en la política yancófoba.

Todos estos factores explican que la campaña de Bonillas sólo encontrara dificultades y contratiempos, a diferencia de la de Obregón, que crecía en apoyos cada día, comenzando con la llamada ‘clase política’. [30] Desesperado, el gobierno trató de impedir legalmente la posibilidad de que Obregón llegara a la presidencia, vinculándolo a un cabecilla rebelde de la zona veracruzana, Roberto F. Cejudo. Es probable que, en efecto, estuviera inmiscuido con éste. Como quiera que haya sido, el intento de Carranza fue un doble detonante: para que Obregón saliera huyendo de la capital y para que sus correligionarios, Adolfo de la Huerta y Plutarco Elías Calles, organizaran la rebelión de Agua Prieta, [31] la que cundió rápidamente por varias regiones del país, sobre todo a través de la defección de la mayor parte del Ejército Nacional. [32]

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