Jorge F. Hernández - Álvaro Obregón

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El 17 de julio de 1928 tuvo lugar el asesinato del general Álvaro Obregón, suceso de profunda significancia para México por la estatura del personaje y el contexto histórico. Aquel suceso trágico, 91 años después, motiva la conjunción de destacados escritores y estudiosos en la edición de este libro, el cual pretende ofrecer a los lectores un mosaico integrado por diferentes facetas del sonorense: no solamente notas de su perfil biográfico, desempeño militar y actuar político, sino también de su relevante papel en los ámbitos social, económico y cultural, así como su impacto en la producción literaria, fotográfica, artística, cinematográfica y teatral. Rica diversidad de reflexiones que culminan en una compilación historiográfica del magnicidio.
La intención no es presentar una «biografía definitiva», sino más bien, poner de manifiesto la importancia de Álvaro Obregón en la historia contemporánea de nuestro país, al brindar puntos de referencia y análisis.
—Carlos Silva.

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El apoyo total de las organizaciones trabajadoras se volvió más real para Obregón cuando el Ejército Constitucionalista ocupó nuevamente la Ciudad de México, en el primer tercio de 1916. La Federación de Sindicatos del Distrito Federal organizó una huelga general, apoyada por electricistas, ferrocarrileros y algunos miembros de la Casa del Obrero Mundial. [46] Carranza adoptó una posición dura y pidió al general Pablo González que se encargara del asunto, exigiendo cárcel para los líderes y pena de muerte en algunos casos. [47] Por su parte, Obregón, inteligentemente, se mantuvo al margen del conflicto, conservando el apoyo irrestricto de las organizaciones obreras. Sin embargo, el primer jefe le ordenó aclarar y fijar su postura, pues, más allá del conflicto, Carranza observaba, cada vez con más recelo, cómo el sonorense aprovechaba la situación para fortalecerse políticamente, más aún, siendo él, en ese momento, como ya se dijo, el único interlocutor real entre el gobierno constitucionalista y los sectores obreros. Obregón ofreció su renuncia como Ministro de Guerra, pero Carranza la rechazó, proponiéndole a cambio la embajada de México en España, o mantenerse en el puesto hasta la conclusión de las elecciones presidenciales de 1917, cuando, entonces sí, debería renunciar al cargo. [48]

A finales de febrero y principios de marzo de 1916 comenzaron a crecer los rumores de que Obregón “intentaría” levantarse en armas contra el gobierno, sobre todo porque eran ya, notoriamente públicas, las desavenencias y el poco entendimiento con el presidente Carranza. Sin embargo, y como una ironía de la historia, lo que parecía un asunto muerto y enterrado contribuyó a dar la percepción de que, una vez más, ambos caudillos se reunirían para zanjar la nueva crisis nacional que se asomaba. El 9 de marzo, Francisco Villa organizó un ataque a la población de Columbus, Nuevo México, “con lo que surgió la posibilidad de una intervención de los Estados Unidos a México”. [49] Carranza ordenó a Obregón trasladarse a la frontera para arreglar el asunto. La intención de Carranza tenía varias aristas. Si las negociaciones de Obregón llegaban a buen puerto, Carranza y su gobierno se fortalecerían y terminarían de legitimarse ante los ojos del país. De no ser así, el único culpable del fracaso y las posibles consecuencias de los hechos se le achacarían a Obregón.

Mientras esto sucedía, el gobierno estadounidense envío un contingente militar de cinco mil hombres al mando del general John J. Pershing a perseguir a Villa. Obregón viajó a la frontera para iniciar las negociaciones, que comenzaron a retrasarse principalmente por las objeciones del propio Carranza, que exigía el inmediato y completo retiro de tropas de suelo nacional. Los estadounidenses se rehusaban a irse hasta concretar la captura de Villa. Y a pesar de que aún continuaba en el ambiente la posibilidad de un conflicto militar entre ambas naciones, las intenciones de los dos gobiernos por solucionar la crisis nunca sobrepasaron los límites del diálogo, sobre todo por parte del presidente Woodrow Wilson, quien nunca dejó de ponderar como un hecho de la mayor importancia el que Estados Unidos se encontraba a punto de incursionar en el conflicto bélico mundial. Tal y como sucedió.

Finalmente, y después de dos meses, el 9 de mayo de 1916 se concretó un arreglo que convino tanto a Estados Unidos como a México. Ambos países acordaron, de palabra, la suspensión de hostilidades. Estados Unidos se comprometió a retirar sus tropas, lo que no ocurrió sino hasta enero del año siguiente; mientras que México se comprometió a emplazar diez mil soldados para custodiar la frontera, amén de continuar con la persecución y aniquilamiento de Villa y su ejército. [50]

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Venustiano Carranza con algunos miembros de su gabinete, entre ellos el secretario de Guerra, Álvaro Obregón, y el embajador Isidro Fabela, ©37830,1917. Secretaría de Cultura-INAH, SINAFO.

Solucionada la encomienda, Obregón regresó a la capital para continuar en sus menesteres como Ministro de Guerra, decidido a no intervenir más en cuestiones de su ejercicio público, con la finalidad de reducir los conflictos con Carranza. Abocado a la burocracia y administración castrense, delegó a los generales Jacinto B. Treviño y Francisco Murguía la responsabilidad de la lucha efectiva para terminar con la persecución de “los elementos disidentes que aún quedaban”, principalmente de los villistas. “Obregón se sentía ciertamente hastiado de sus deberes como secretario de Guerra, y sus numerosas diferencias, tanto personales como ideológicas, con el Primer Jefe, que estaban siendo más obvias cada día. Sin embargo, decidió permanecer en el cargo mientras se celebraba el Congreso Constituyente, de diciembre de 1916 a enero de 1917, que se promulgara la Constitución y se instalase el nuevo gobierno”. [51]

A pesar de las diferencias con Carranza, Obregón aún se consideraba como el candidato natural para sustituir al primer jefe en la Presidencia de la República:

no muy lejos, casi al alcance de la mano, lo esperaba la silla presidencial. Ningún caudillo le hacía sombra, ni siquiera el primer jefe, a quien por lo pronto guardaría lealtad, pero a sabiendas de que podría separársele en cualquier momento sin afectar un ápice su prestigio. Era el hombre fuerte de México, el triunfador de la Revolución. En 1917 tenía sólo 37 años. Los mismos que Porfirio Díaz en 1867, al triunfo de la República. Y como Porfirio frente a Juárez, sintió que el triunfo era más suyo que de Carranza. [52]

Pero era imposible permanecer en el cargo y, al mismo tiempo, ajeno a las actividades políticas. Para finales de octubre de 1916, Obregón participó denodadamente en la creación y fundación del PLC, que postularía a Carranza como presidente constitucional. Alrededor del partido se reunieron los “más conspicuos elementos de la Revolución”. Ahí se encontraban Pablo González, Cándido Aguilar y el propio Obregón, así como sus más cercanos colaboradores. El éxito de esta reunión tuvo de inmediato dos interpretaciones. Por un lado, se había asegurado la “representatividad geopolítica” más importante e influyente del país alrededor de la figura de Carranza; y por otro quedaba automáticamente cancelada cualquier aspiración a contender o competir contra él por la Presidencia, por lo menos en las elecciones de 1917. “Sobre todo, los competidores posibles decidieron posponer sus aspiraciones para cuando sus personalidades maduraran suficientemente”. [53]

Con esto quedó en claro que González sólo tenía el tamaño político de un “subalterno de Carranza, y que sólo existía en él la posibilidad de acceder al poder heredándolo, no compitiendo”. [54] En el caso de Obregón la cuestión es más compleja. En principio se podría considerar que “tenía tanta capacidad militar como inexperiencia política”, [55] por lo que todos los rumores y amagos de derrocar a Carranza que se habían desatado eran más bien resultado de una “bravuconería” del militar victorioso pero sin contar con una oportunidad real de oponerse a las argucias políticas del primer jefe; o bien habría que considerar como impedimentos su estado de salud y su imperiosa necesidad de reposicionarse y fortalecerse políticamente para enfrentar a Carranza; o simplemente, que hiciera honor a su palabra de no postularse, como se rumora que había pactado con Carranza durante un encuentro en Querétaro en 1916, seguro de ser él a quien el primer jefe elegiría como su candidato a la Presidencia en 1920. [56]

Después de las confrontadas sesiones entre carrancistas, obregonistas y algunas otras facciones políticas durante el Constituyente de Querétaro en los primeros días de 1917, se llevaron a cabo las elecciones para presidente constitucional en las que por supuesto resultó triunfador Venustiano Carranza [57], y como estaba acordado, Obregón renunció a su cargo como secretario de Guerra el 1 de mayo, anunciando su “separación” de la vida pública. [58] Mientras Obregón reconfiguraba sus redes políticas, y se desarrollaba el Constituyente de Querétaro, amén de llevarse a cabo las elecciones presidenciales de 1917, existe una fecha que llama poderosamente la atención y que sugiere rasgos, cualidades y modos de la personalidad que el sonorense proyectaba en ese tiempo y para años futuros.

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