Antonio Buero Vallejo - Cartas boca arriba

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Este volumen, cuyo título homenajea la obra de Buero
Las cartas boca abajo, recoge la correspondencia que los escritores Antonio Buero Vallejo y Vicente Soto mantuvieron durante casi cincuenta años. En ella los dos intelectuales dejan testimonio de su compromiso con su tiempo y con su obra, sus filias y fobias, sus logros, perplejidades, enojos y abatimientos. Una crónica íntima a dos voces que registra los cambios históricos y sociales, culturales y literarios, las modas y los modos en sus ciclos de auge y declive. Con el trasfondo de la España de la posguerra, la Transición y la democracia, estas cartas suponen una doble y excepcional autobiografía epistolar.

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——, «La narrativa breve de Vicente Soto: el valor humano del topotón y el perfil experimental de la escritura», Lucanor, 7, junio de 1992, págs. 81-96.

Juristo, Juan Ángel, «Et in Arcadia ego», ABC, 10 de enero de 2002.

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Risley, William R., «Vicente Soto. Tres pesetas de historia», World Literature Today, 59, 1, 1985, pág. 59.

——, «The Great Iberian Bull Rafes On: The Civil War and Postwar Reprisals as Nacional Suicide in José Luis Olaizola and Vicente Soto», en F. S. Brown, M. A. Compitello, V. M. Howard y R. A. Martin (eds.), Critical Essays on the Literature of the Spanish Civil War,Michigan, Michigan State University Press, 1989, págs. 69-80.

Santos, Dámaso, «Vicente Soto, entre Londres y Valencia», prólogo a Casicuentos de Londres, Madrid, Magisterio, 1973, págs. 11-22.

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Suñén, Luis, «Una lección admirablemente inútil», Ínsula, 580, abril de 1995, págs. 15-17.

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Torres, Maruja, «Vicente Soto, historia de tres pesetas», El País, 18 de junio de 1983.

I. DISTANCIAS INSALVABLES (1954-1963)

Londres en 1954 era otro mundo. Entre Madrid y Londres no mediaban mil trescientos kilómetros sino un tiempo inmensurable que hacía que su sociedad y civilización parecieran al viajero pertenecer al futuro. Vicente Soto llegó a la ciudad a primeros de septiembre, sin permiso de residencia ni empleo, habiéndose dejado en España a Blanca y a su hija Isabel, la jambeta, que solo en febrero de 1955 podrían reunirse con él. A los nueve días de pisar Londres pidió trabajo como friegaplatos en un restaurante, el Majorca, cuyo propietario español llevaba muchos años en la ciudad; la suerte quiso que ese mismo día se despidiera al administrador (el secretary) del negocio y el dueño le ofreciera a Vicente cambiar el estropajo por las facturas y el trato difícil con los proveedores. En Londres —como diría Soto ya en el siglo XXI— «el hambre era menos inmortal, se dejaba matar más».

En la primera carta a Buero, a los tres meses de su autoexilio y solo días después de obtener el permiso de residencia, Vicente hace un resumen de su coyuntura y de sus asombros. El mayor de ellos es que «hay libertad» y la gente, respetuosísima con las normas de convivencia, no tiene que llevar una máscara político-religiosa ni necesita que la policía vaya armada para imponer el orden social. Se puede leer y ver lo que uno desee. Todo es nuevo y mejor, al parecer, aunque asome por el restaurante Camilo José Cela acompañado de Arturo Barea, «sujeto extraño, escritor, inculto y borracho» al que Soto no conoce, un Cela que trae, con su obsesión por lo escatológico y sexual, un aire de grosería española que le disgusta. Soto aún no conoce la trilogía de Barea La forja de un rebelde (primero en inglés y desde 1951 en español), pero sí la razón de esa compañía, y es que unos meses antes Barea había escrito el prólogo a la traducción inglesa de La colmena (The Hive), donde afirma hiperbólicamente que Cela «is the only eminent writer to emerge within Spain after the Civil War».

A pesar de las dificultades de sus primeros pasos como emigrante, Vicente Soto no ha renunciado a escribir; ni siquiera teatro, porque en 1953, aún en Madrid, había presentado dos piezas al Premio Calderón de la Barca para autores noveles. Lo ganó Jaime de Armiñán por Eva sin manzana, pero no por ello puede decirse que Soto fuera derrotado: sus obras quedaron fuera de concurso porque se olvidó de firmarlas.

Uno de los contactos de Vicente en Londres fue Vicente Terrádez, entonces profesor de español y bibliotecario del Instituto Español y militante del PSOE, con el que anduvo en tratos para la traducción de alguna obra de Buero destinada a los estudiantes de español. También conoció pronto al periodista Frederick A. Voigt, que había alertado en los años treinta del ascenso del nazismo en Alemania y se había convertido en un cronista muy reputado. Entonces trabajaba en una continuación de Unto Caesar (1938), el libro en el que analizaba el fascismo y el comunismo como secularizaciones revolucionarias de los mundos promisorios de la religión. Para Voigt, Soto traduce un fragmento de El acierto de la danza española, libro de Vicente Marrero, un ortodoxo tradicionalista que un par de años después fundaría la revista profranquista Punta Europa.

Entre la gerencia del restaurante y algunas clases de español, Soto araña horas para su vocación literaria. Es un tiempo menguante que llegará a ser angustiosamente escaso en pocos años, a medida que vaya acumulando compromisos profesionales como traductor y como colaborador en el Spanish Speaking Service de la BBC, la programación exterior de la radio británica. Desde el principio confía en consagrarse a través de un premio literario, quizá buscando repetir la fortuna de Buero, y por eso le pide las bases de premios como el Lope de Vega o el Calderón, de teatro, o el Café Gijón de novela corta. También desde el principio recibe de Buero las confidencias sobre la recepción de sus estrenos: Irene, o el tesoro recibió críticas tibias o directamente adversas que amargaron al dramaturgo, pero la dura crítica privada que le envía Soto en agosto de 1955 debió de convencerle de que la obra había sido fallida. Para entonces, Buero trabajaba en Hoy es fiesta, «hermoso, triste título», le dice Soto. Con esa obra, Buero regresaba al espacio cotidiano de una escalera de vecinos, ahora en la azotea, para representar formas diversas de esperanza. Pero la pieza, destinada a la temporada 55-56, fue rechazada por el María Guerrero alegando que convenía abrir juego a otros autores.

También desde el principio Buero le confía a Soto su dificultad para encontrar temas «viables que no sean imbéciles», una búsqueda que se repetirá muy a menudo, casi después de toda nueva obra, cuando el desánimo se apodera de él. Pero será asimismo habitual que Buero le refiera a Soto las buenas noticias, las ediciones y traducciones en el extranjero, los montajes de cámara, los encargos y las colaboraciones cinematográficas. Así, ya en 1956 le cuenta que ha vendido Madrugada para el cine y que ha firmado un contrato con la BBC para En la ardiente oscuridad, o, unos meses después, que el actor Alberto Closas, harto de interpretar comedias insulsas, le había encargado un drama que él escribe y titula Una extraña armonía, aunque no llegó a estrenarse y permaneció inédito hasta 1994. Y entre las mejores noticias que salpican la correspondencia están los estrenos triunfales, como el de Hoy es fiesta, al fin, el 20 de septiembre de 1956, por la que obtendrá el Premio Nacional, o el de Las cartas boca abajo en el Reina Victoria el 5 de noviembre de 1957.

Por las cartas discurre la corriente de la vida cotidiana y la vida histórica, envolviendo las vicisitudes profesionales. A Soto le hace una ilusión inmensa que Buero lo visite en Londres y lo invita una y otra vez, sin saber —porque Buero no se lo ha dicho— que tiene prohibido abandonar el país. Por eso, por carecer de pasaporte, Buero no pudo acudir a París cuando a finales de 1957 se estrenó L’Ardente Obscurité en el Nouveau Théâtre de Poche. Resignado a no ver al amigo, Soto le anuncia una escapada a Madrid en el verano de 1957 y se lamenta de que la amistad se enmohezca por falta de comunicación. Le participa el nacimiento de su hijo Vicente y Buero le confiesa la melancolía que, en 1956, le causa el cumplir cuarenta años solo, si bien a los pocos meses le habla de una muchacha que debía de ser ya su futura esposa, la actriz Victoria Rodríguez, a la que ha conocido en los ensayos de Hoy es fiesta. Soto da los primeros signos de añoranza de España, que Buero le frenará cautelarmente pero cuyo crecimiento no podrá impedir en años próximos; Soto se ilusiona con la posibilidad de ser contratado como traductor en la BBC sin que ello empañe su desaforada vocación (lo que «más me interesa: escribir»), en la que le alienta Agustín del Campo, que ya ha entrado a trabajar en la editorial Gredos, desde la que le envía en 1959 un ejemplar de la Antología de cuentistas españoles contemporáneos donde el antiguo contertulio del Lisboa Francisco García Pavón ha tenido la gentileza de incluir un cuento suyo, «Los albaricoques».

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