Antonio Buero Vallejo - Cartas boca arriba

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Este volumen, cuyo título homenajea la obra de Buero
Las cartas boca abajo, recoge la correspondencia que los escritores Antonio Buero Vallejo y Vicente Soto mantuvieron durante casi cincuenta años. En ella los dos intelectuales dejan testimonio de su compromiso con su tiempo y con su obra, sus filias y fobias, sus logros, perplejidades, enojos y abatimientos. Una crónica íntima a dos voces que registra los cambios históricos y sociales, culturales y literarios, las modas y los modos en sus ciclos de auge y declive. Con el trasfondo de la España de la posguerra, la Transición y la democracia, estas cartas suponen una doble y excepcional autobiografía epistolar.

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A mediados de 1948 corrió la noticia de que el Ayuntamiento de Madrid iba a restablecer el Premio Lope de Vega de teatro que había quedado suspendido tras la guerra. La Comisión de Cultura redactó la propuesta el 6 de julio y se puso en marcha la convocatoria meses después. Buero acumulaba ya varias obras y bastó la insistencia de su amigo de infancia Ramón de Garciasol para que se decidiera a presentar dos de ellas: En la ardiente oscuridad e Historia de una escalera. Pero Buero escribía a mano y necesitaba mecanografiar los textos. Vicente no lo dudó y se ofreció a hacerlo él mismo: lo citó en la oficina de La Española, adonde acudió Buero con los textos manuscritos; se sentaron y, mientras Buero, a su derecha, gesticulaba precisando algún aspecto o hacía anotaciones en los papeles apoyado en sus rodillas, Soto empezó a teclear, cosa que siguió haciendo en días sucesivos, ya sin el amigo presente. Los vio Blanca desde su mesa —por ella conocemos la escena—, y Vicente, que ya la cortejaba, le explicó después quién era ese amigo y la índole del trabajo que estaba mecanografiando.

En febrero de 1949 se constituyó el jurado del premio, cuyos miembros representaban distintas instituciones y grupos de interés: el presidente del jurado fue Tomás Gistau (por parte del Ayuntamiento) y los vocales, Juan Ignacio Luca de Tena (de la RAE), Guillermo de Reyna Medina (Ministerio de Educación Nacional), Pedro Mourlane Michelena (Asociación de la Prensa) y Cayetano Luca de Tena (director artístico del Teatro Español). Concurrieron 206 obras y el jurado emitió su fallo, por unanimidad, el 12 de junio, que, como es sabido, recayó en Historia de una escalera. Inmensa alegría para el autor desconocido, inmensa alegría para el anónimo mecanógrafo.

La obra se estrenó el 14 de octubre en el Teatro Español, dirigida por uno de los jurados, Cayetano Luca de Tena. Asistieron los amigos de la tertulia, que debieron de disfrutar con el éxito resonante de la obra: un lisboeta había alcanzado el triunfo. Pero debían de estar divirtiéndose desde antes, quizá desde que el 15 de junio el periodista Raúl Santidrián, del diario Ya, había trabucado su nombre en una entrevista que tituló «Al habla con Antonio Bueno [sic], ganador del Premio Lope de Vega». El periodista Miguel Pérez Ferrero, en su crónica radiofónica «Oiga usted lo que pasó», el 18 de junio en Radio Madrid, celebró casi como un logro colectivo el premio, subrayando la pertenencia de Buero a la tertulia del Lisboa, con la que volvía la vida literaria a su antiguo emplazamiento de la Puerta del Sol.

Pero aquello fue un triunfo individual y apabullante. Buero se erigió de pronto en la esperanza del teatro serio, es decir crítico, en la posguerra, en la encarnación de la dignidad frente a la ominosa ausencia de libertad de expresión bajo la dictadura, pero sobre todo había obrado el milagro de que resucitara el teatro en España. Tanto él como Soto, como muchos de los lisboetas, eran gentes de izquierdas que trataban de sobrevivir en una atmósfera irrespirable. Una noche de 1949, no sé si antes o después de ganar el Lope de Vega —me lo cuenta el único testigo vivo, Juan Eduardo Zúñiga—, apareció hacia las diez por el Café Lisboa una señora que rompió a hablar de literatura muy animosamente, pero el resquemor de los habituales era mucho como para entrar a aquel trapo y todos medían sus palabras recelando de que pudiera ser una informadora de la policía. Hasta que, cansada de la estrategia indirecta, empezó a decirles que ellos no sabían bien qué había ocurrido durante la guerra, que estaban mal informados, por lo que Arturo del Hoyo, que había luchado en una brigada comunista en Aranjuez, decidió tomarle el pelo y poner fin a la pantomima.

El éxito de Historia de una escalera abrió los escenarios a Buero: en diciembre de 1949 estrenaba en el Teatro Español la tragedia en un acto Las palabras en la arena, y un año después veía en cartel, en el Teatro María Guerrero, En la ardiente oscuridad, con la excelente dirección de Luis Escobar y Huberto Pérez de la Ossa. Hasta 1954, fecha en que se inicia este epistolario, Buero estrenó cuatro obras más: La tejedora de sueños en enero de 1952, La señal que espera en mayo, Casi un cuento de hadas en enero de 1953, y Madrugada en diciembre del mismo año. Atrás quedaban dos piezas escritas entre 1948 y 1949 que tardarían tiempo en poder subir a las tablas: Aventura en lo gris, sobre la que volvería el escritor en 1963 para reescribirla, y El terror inmóvil. Esta retahíla de títulos y estrenos da una idea de la aceleración que experimentó la carrera teatral de Buero en solo un lustro. A su predicamento no fue inmune el cine, y a los pocos meses del estreno de Historia de una escalera Buero adaptaba la obra para el cine junto a José Romillo, Francisco Pérez Sánchez y el propio director, Ignacio F. Iquino. Aquella colaboración cinematográfica trajo otras, como el guion de Si yo volviera a nacer, escrito con los dos primeros.

La amistad entre Buero Vallejo y Soto formaba parte, en su inicio, de una red amical de la que participaban también Agustín del Campo y Arturo del Hoyo, emparentados con el primero, pero también Francisco García Pavón y José Corrales Egea o personajes que el correr de los años ha desdibujado, como José Bernal o Poyatos. Un 17 de mayo, seguramente de 1947, Luis Ruiz Contreras, «decano de las letras españolas» —según lo califica pomposamente una nota informativa—, presentó en el Ateneo de Madrid, en una lectura de cuentos, a «los jóvenes novelistas Arturo del Hoyo, Vicente Soto, José Corrales Egea y Francisco García Pavón». El gesto de Ruiz Contreras lo devolvieron los jóvenes con una conferencia de Ezequiel González Más sobre la obra de aquel viejo noventayochista, al que uno de ellos, Del Hoyo, publicaría en 1950 uno de sus últimos libros, Día tras día: correspondencia particular (1908-1922).

El 2 de julio de 1951 Vicente se casó con Blanca en la iglesia de Nuestra Señora del Pilar de Madrid y Buero fue su testigo de boda. Se instalaron en el barrio madrileño de la Prosperidad, en Ciudad Jardín, donde permanecerían los tres años restantes hasta que Vicente resolviera que la supervivencia pasaba por la emigración. Ya le había tentado la idea tiempo atrás, cuando Fernando Gaos le había propuesto emigrar a México, donde estaban su hermano José y tantos miles de refugiados republicanos, pero, a diferencia de su amigo, que sí se marchó, él prefirió esperar. Al despuntar 1954 esa espera ya carecía de sentido, con su hija Isabel (Belín) recién nacida y, para desesperación suya, habiendo sido degradado en su empleo para favorecer, en un acto de nepotismo, a un familiar del encargado de planta. La rebaja en el salario acentuó las estrecheces y el hambre empezó a ser algo más que un temor. Sus conocimientos de la lengua inglesa pudieron decidirlo a elegir Londres como destino, pero no sin antes pasar por París. En agosto, en compañía de su amigo el fotógrafo Guzmán, viajó en tren hasta París, donde le esperaba José Corrales Egea, que lo exhortó a quedarse en la capital francesa. Soto y Guzmán, no obstante, decidieron probar suerte en Londres, así es que cruzaron el canal de la Mancha. Vicente entró en el país como un turista, sin permiso de trabajo ni residencia, asegurándole al agente del control fronterizo que iba a estudiar inglés. De sus primeras peripecias ya da cuenta a Buero Vallejo en la primera carta, tres meses y pico después, ya como administrativo (secretary) del restaurante donde había entrado como friegaplatos.

Se abría entonces una distancia geográfica insalvable porque Buero no podría salir de España hasta que recuperara el pasaporte en 1963, pero también una distancia profesional en la medida en que Soto iniciaba una interminable y anónima travesía del desierto hasta la obtención del Premio Nadal de 1966, mientras que Buero Vallejo consolidaba ya su posición prominente en el sistema cultural que iban configurando los intelectuales resistentes o disidentes dentro de la dictadura. Para cuando Soto tuvo que marcharse, Buero ya se carteaba con escritores exiliados, como Guillermo de Torre, al que en enero de 1954 le refiere la aparición de otro joven dramaturgo, Alfonso Sastre, y seis años antes de que estalle la polémica sobre el posibilismo plantea nítidamente los términos del problema:

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