ROMANCILLO DE LOS ENTERRADORES
Domingo de misa
mayor en el pueblo.
Los enterradores
del Ayuntamiento,
en un banco largo
vestidos de negro.
Diez boinas iguales
y ningún sombrero.
Hoy no irán al toro
ni a ojear al ciervo,
ni a las amarillas
eras de Cebreros.
Por toda la iglesia
deja su silencio
el adelantado
frío de los muertos.
Ayer se llevaron
a Juan el barbero
y hoy ven su camisa
blanca en el incienso.
PATIO DEL CASTILLO
Por los arcos vencidos
de este castillo
¿qué escarabajo pasa
que tanto tarda?
En este escudo roto
que entra en mis ojos
¿quién dejó el musgo verde
de los cuarteles?
La torre sin almenas
que nadie vela
¿por qué cuida la lumbre
de un sol sin nubes?
Las dos, las tres, las cuatro;
se abre mi mano,
y entre las piedras toco
sangre de agosto.
No hay puente ni cadenas
ni santo y seña,
y un grillo canta y abre
toda la tarde.
DESPEDIDA
Vuelvo a mi casa, más alta
que la tuya, Luisa Esteban,
pero sin una ventana
que dé al atrio de la iglesia.
—¡Adiós, adiós!—
Y no oyes,
Luisa Esteban.
No levantarás el cántaro,
por mí, de su cantarera,
con el agua del aljibe,
sonora, delgada y fresca.
En tu cama de altos hierros
no dormiré más la siesta.
Ni en tus sábanas de hilo,
Luisa Esteban.
Porque a mí me llevan —mira,
tú que no oyes, mi pena—
amores de otras ciudades
hasta otra calle cualquiera
que no es esta con un toro
descansando ante tu puerta.
TÚ Y YO SOBRE LA TIERRA (1944)
Acaso donde el reno, la cobra o la palmera,
donde no hemos sabido —hielo o fuego en el viento—,
haya heraldos que lleven nuestra pasión o puente,
mensajeros de luna, siempre lenta y la misma.
Y una envidia tremenda y antes desconocida
lanzará dardos, flechas y venenos viajeros
que portarán heridas para una muerte exótica
hasta nuestro latido único, inabatible.
No importa, nada importa; pero ya sé qué sueño
cuajado de tumultos irrumpe en tus pestañas,
ya sé por qué en tu pelo duerme a veces un frío.
Ahora ya sé que el látigo que me amenaza, el viento
que me seca, o la nieve que recorre mi espalda,
son señales del reno, la cobra o la palmera.
Te he llamado esta noche —cuatro de la mañana—
cuando mi insomnio hacía su balance sin cifras,
cuando estaban los álamos —¡tan lejos de mi almohada!—
diciéndole a la luna su verso delgadísimo.
Te he llamado esta noche y he abreviado distancias
con mis ojos abiertos, casi desorbitados,
buscadores de oro, donde la sombra, entera,
derramaba su vino capaz e interminable.
Te he llamado esta noche con la voz que me nace
con alas y con remos desde mi cuerpo inmóvil
para buscar tu sueño deseado y distante.
Si un día te llegara, aunque ahora lo desee,
yo no sería nunca para ti más que un ruido
de otoño derramado dentro de tus cabellos.
No le digas a nadie que me hastía la rosa;
cuando llega a los labios su verdad, me subleva
que el pétalo no tenga tu seda primitiva
o que esté en una torre distinta a tu cintura.
No le digas a nadie que júbilos y páginas
y dolores del tiempo para mi piel, resbalan
sin dejar una lágrima o un mundo diminuto
donde se encierre toda tu ausencia indeclinable.
Pero vendrás un día cuando todos los libros
te esperen a la puerta de su primer capítulo
para que tú les digas: «Abrid; ya soy llegada».
Y entonces aves, mundos, silencios y adjetivos
llenarán a la rosa de esencias y evidencias
por ti y en ti, a tu lado, maravillosamente.
He venido a la tierra hoy —nueve de septiembre—
buscándote en la puerta de este otoño vacío.
Nadie sabe que tengo menos años que nunca
y que sólo conozco tu contorno inmediato.
He venido a la tierra, arrancado de un sueño
donde hacía contigo los lagos y las frutas,
donde la tela tersa de todas las mañanas
buscaba enamorados dardos de nuestros dedos.
Y tú no estás o vives fuera de mi costumbre.
Lejanías te roban, te someten; te cercan
litorales ajenos a mi fácil llegada.
He perdido mi viaje, mi pulso y mi camino,
y encuentro ahora en todo lo que te amó y amaste
el ala y la mirada de tu paso de estrella.
Esta ocasión del labio, sonora y prolongada,
donde se justifican la anémona y el cisne
trayendo monarquías de tu mano o tu boca,
un día serán sólo cal y canto en la tierra.
Un día, brazos y alas, serán musgo y silencio
fríos y sometidos hasta el fin de los tiempos,
y en el último gesto del pecho habrá memoria
de vendavales y águilas caudales destructoras.
Rodarán pulsos, voces, por un río oscurísimo
donde todas las velas del barco o del vestido
serán cuevas tremendas de sombras milenarias.
Pero entre ceguedades, gravedades y muros
pasará un suave viento movido por el ángel
que un día vio mi frente reclinada en tu hombro.
RETABLO DEL ÁNGEL, EL HOMBRE
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