1 ...6 7 8 10 11 12 ...16 En fin, la frontera entre la substancia y la forma, según Hjelmslev, tanto como la frontera entre el objeto dinámico y el objeto inmediato, según Peirce, también se desplaza. No puede ser de otra manera, pues to que la frontera entre el plano de la expresión y el del contenido se desplaza constantemente, tal como lo hemos sostenido. Cada vez que la fron tera entre expresión y contenido se desplaza, aparecen nuevas correlaciones entre formas, que suspenden las formas precedentes. La mayor o menor estabilidad de la frontera entre forma y substancia de pende de la memoria del análisis, así como de su progresión; fran quean do el paso: esa frontera depende del punto de vista adoptado por el analista, y, en consecuencia, de la posición que se atribuye a sí mis mo.
2.3.3 Hacia una significación sensible
Hemos observado más arriba que las definiciones de apariencia lógi ca, propuestas para describir la función semiótica, a saber la arbitrariedad o la necesidad (función también a veces definida como presuposi ción recíproca ), no eran ni definitivas ni muy operatorias. Cierto es que fundaron en los años cuarenta y cincuenta la consistencia de un objeto de co no cimiento —lo que no es poco—, en un universo de pensamien to don de la lógica matemática era un modelo de referencia; aun cuando re sultan en parte verdaderas, no proporcionan un punto de partida sa tis factorio para una semiótica del discurso.
La dimensión sensible y perceptiva parece más rica en enseñanzas. Re capitulemos: los dos universos semióticos son deslindados por la toma de posición de un cuerpo propio. Las propiedades de ese cuerpo pro pio, que se pueden designar globalmente con el término propioceptividad , pertenecen a la vez al universo interoceptivo y al universo exteroceptivo. La reunión de los dos universos, con vistas a hacerlos significar en conjunto, se hace posible por el tercero, y en particular por el he cho de que pertenece a la vez a los otros dos.
El cuerpo propio hace de esos dos universos los dos planos de un len guaje. Que esa operación desemboque en una presuposición recíproca resulta de poco interés fren te a esta última proposición: el cuerpo sensible está en el corazón de la función se miótica, el cuerpo propio es el operador de la reunión de los dos planos de los lenguajes.
Esta simple fórmula: la semiosis es propioceptiva , tiene numerosas repercusiones. La más evidente, por el momento, tiende a esta nueva proposición: si la función semiótica es propioceptiva más que lógica, entonces la significación es más afectiva, emotiva, pasional, que conceptual o cognitiva . Otras consecuencias aparecerán más adelante, particularmente en los capítulos consagrados al discurso y a lo sensible.
2.3.4 Los estilos de categorización
Una de las capacidades fundadoras de la actividad de lenguaje es la ca pacidad de “categorizar” el mundo, de clasificar sus elementos. No se pue de, en efecto, concebir un lenguaje que sea incapaz de producir tipos, puesto que se necesitaría una expresión para cada ocurrencia; lo que manipulan los lenguajes, comprendiendo en ellos los lenguajes no ver bales, son tipos de objetos (por ejemplo, una mesa de oficina en general), y no ocurrencias (por ejemplo, la mesa particular que se encuentra en mi oficina). Sólo el discurso podrá, sucesiva o paralelamente, gracias al acto de referencia, evocar tal o cual ocurrencia del tipo para ponerla en escena.
En el ámbito de la imagen, por ejemplo, la necesidad de hacer referencia a tipos visuales ha sido largo tiempo confundida con la necesidad de denominar los objetos representados. La imagen de un árbol no es la imagen de un árbol porque yo puedo llamarla “árbol”. Asimismo, si yo reconozco una forma redondeada elíptica, no es porque yo puedo llamarla “elipse” sino porque allí he reconocido el tipo visual de la elipse. En ca so de no conocer el nombre de algo y de que estuviese por ejemplo obligado a utilizar una perífrasis (“redondo aplanado”), no tendría por qué no reconocer el tipo visual .
La formación de tipos es, en cierta forma, otro nombre de la categorización ; consiste en la formación de las clases, de las categorías que un lenguaje manipula. Interesa a todos los órdenes del lenguaje: la percepción, el código y su sistema. Pero la categorización es puesta en mar cha particularmente en el discurso, en especial porque ella preside la instalación de “sistemas de valores”. En ese sentido, la formación de ti pos y la categorización nos interesan directamente en la medida en que constituyen estrategias dentro de la actividad de discurso. Ahora bien, la semántica del prototipo nos enseña que no hay una sola manera de formar categorías de lenguaje.
Intuitivamente, y porque la aproximación estructural forma hoy parte de manera implícita de nuestros hábitos de pensamiento, se podría pensar que sólo la investigación de las propiedades o de los rasgos comunes, lla mados “rasgos pertinentes”, es posible: así lo certifica el célebre “pa ra sen tarse” ( con respaldo, con tres o cuatro patas, con barandas, etc .) de B. Pottier, modelo de todos los análisis sémicos, y que designa el rasgo co mún de la categoría de los asientos. La formación de la cate go ría re po sa, entonces, sobre la identificación de esos rasgos comu-nes, so bre su número y sobre su distribución entre los miembros de la ca tegoría.
Es posible considerar una versión más vaga de esa aproximación. Ima ginemos un conjunto de parientes: las semejanzas que permiten reconocerlos están desigualmente distribuidas; el hijo se parece al padre, que se parece a la tía, que se parece a la madre, que se parece a los hijos, etc.; cada semejanza difiere de la siguiente, no hay nada de común en tre el primero y el último elemento de la cadena; y, sin embargo, la pe r tenencia de cada individuo al conjunto apenas puede ponerse en du da. Esa red de rasgos desigualmente distribuidos, sin que ninguno pue da prevalecer para definir globalmente el tipo familiar, reposa sobre lo que se ha convenido en llamar una semejanza de familia (Wittgenstein).
Pero se puede también organizar una categoría en torno a una ocurrencia particularmente representativa, a un ejemplar más visible o más fá cilmente localizable que los otros y que posee él solo todas las propiedades que sólo están parcialmente representadas en cada uno de los otros miembros de la categoría. De ello da testimonio, por ejemplo, el uso frecuente que hacemos de la antonomasia : Éste es un Maquiavelo . La formación de la categoría reposa entonces sobre la elección del mejor ejemplar posible.
En el mismo sentido, la ocurrencia elegida para caracterizar el tipo pue de también ser la más neutra, la que no posee más que algunas de las propiedades comunes a las otras. Se observa esta tendencia en la denominación de los instrumentos de cocina: para designar los recipientes re servados a la cocción, para unos es la cacerola la que se impone, para otros, la marmita ; y los utensilios de cocina a motor son todos robots . La formación del tipo reposa, en ese caso, en la elección de un término de base .
No existe una substancia que se preste por naturaleza a tal o cual ca tegorización; es el acto de categorización, la “estrategia” que lo anima, la que determinará la forma de la categoría, sus fronteras, su organización interna y sus relaciones con las categorías vecinas. Esta cuestión in te resa, pues, directamente para estudiar la manera en que las culturas “re cortan” y organizan sus objetos para hacer de ellos objetos de lenguaje; pero interesa también para estudiar el discurso en acto , en la medida en que allí también se recortan y categorizan universos figurativos pa ra definir sistemas de valores. Por eso podemos hablar de estilos de ca tegorización .
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