Este barco viene de los trópicos, trae escasos pasajeros. La mayoría viste de blanco. A primera vista, los más conspicuos son un matrimonio italiano, con dos niños: Angiolino, de unos cuatro años, y Edith, de pecho. El marido, rozagante y calvo, más viejo que su esposa, y trazas de mercader, se sienta en la mesa a la izquierda del comandante del buque. La mujer, morena, espigada, gentil, se pasa el día tumbada entre cojines en una silla de lona. Sus atavíos son holgados y sutiles, de manera que no es raro que las formas, algo cansadas por la maternidad, se manifiesten claramente. Angiolino es un políglota: habla francés, inglés, español e italiano. Va medio desnudo, con mandilillos hasta medio muslo; su expresión, muy avispada, y su conducta muy desenvuelta y graciosa. La niña está al cuidado de un monstruo femenino: una joroba rotunda, un rostro exiguo y cuatro extremidades alongadas, a modo de pulpo. La italiana mira de continuo, entornando los ojos, el manso seno del dulce mare nostrum, ansiando, sin duda, como Ulises, el retorno a la suave patria.
Hay también una familia de simios, matrimonio y una hija, esqueléticos los tres y el continente de gran humildad zoológica. Parece que van diciendo a la gente: «Ustedes perdonen si aún no hemos pasado de antropopitecos».
Luego viene otra familia, constituida en la misma forma. La dama, muy voluminosa; su rostro propende a la conformación negriforme. El caballero, insignificante. La hija está en la mejor edad de su belleza, una belleza relativa, de dientes saledizos. Esta señorita exhibe una trenza de pelo, de color de miel, recia como un calabrote, que le arrastra dos palmos por detrás de los talones, en términos que, para andar, la lleva recogida como si fuera un manto. Un negrito desteñido anda, a lo que parece, enloquecido en pos de la gran pieza capilar: ¡Dios se la otorgue!
Pero la jocosidad, el arte del vivir ruidoso, la celeste alegría sin mácula está a cargo —¿de quién había de ser?— de dos viajantes de comercio italianos. Uno es bermejo, judío, enjuto e indignantemente móvil. El otro, moreno, agraciado y jactancioso de su belleza. Ellos cantan, hacen juegos de manos, dicen donosidades a las señoras, y a los hombres nos refieren chascarrillos obscenos, de esos que andaban ya en boga en la edad paleolítica. Ellos están enterados de todo: arte, ciencia, política, y me informan de tales particularidades acerca de las más intrincadas cuestiones, que me dejan con la boca abierta, a lo papanatas. Pero a un cónsul de la República de Cuba, que viaja con nosotros, parece que le molestan un poco. El viajante bermejo y el cónsul sustentan discusiones a cada tres por cuatro. Estando anclados en Marsella se suscita una discusión sobre si América es superior a Europa o viceversa.
El cubano cree que Europa está muerta, y prueba de ello es que los europeos van a buscar plata a América. El viajante bermejo sonríe con desdén, y dice: «La vida, la verdadera vida intensa, la auténtica vida intensa, ha de buscarla usted en Europa». Como pudiera decir: «El verdadero, el auténtico bombasí higiénico es el que yo represento». Luego pasan a discutir el socialismo, el cual inspira gran repugnancia al judío. La discusión se eleva de tono. Yo escucho, en silencio. En esto, el hombre bermejo se vuelve hacia mí:
—¿Y usted qué dice?
—¿Yo? Socialismo cuanto antes.
—Un argumento, un argumento verdadero auténtico —solicita, con ademán vehemente.
—Pues, mire usted; con el socialismo no habrá viajantes de comercio. Me parece que más auténtico…
Como estábamos tocando tierra, me creí en derecho de claudicar, por un momento, con el ideal de la mutua tolerancia.
Конец ознакомительного фрагмента.
Текст предоставлен ООО «ЛитРес».
Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию на ЛитРес.
Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом.