Ramón Pérez de Ayala - Viajes

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En este volumen se recoge una amplia selección de las crónicas periodísticas escritas para diarios españoles y argentinos (
El Imparcial,
España Nueva,
ABC,
El Sol y
La Prensa) con motivo de los viajes de Ramón Pérez de Ayala a diversos países de Europa y América: Inglaterra, Italia, Estados Unidos, Argentina, Chile, Perú y Bolivia.Al mismo tiempo, esta selección de artículos sobre los viajes que realizó supone un recorrido por la vida del escritor: viajes que marcaron su formación intelectual, viajes que influyeron en su vida, viajes deseados y otros forzados por circunstancias ajenas al deseo; viajes que, en definitiva, fueron conformando una vida.

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Y luego de haber expansionado mi alma con este rapto oratorio, me dedico a consideraciones de un orden crematístico. ¿Cuánto dinero —me pregunto— gastarán estas señoras para mantener su lujo, que un socialista calificaría de escandaloso e insultante? Una revista ilustrada, el Pall Mall, me saca de la duda. «Las cuentas de una mujer elegante» se titula el artículo, que firma la escritora Susana Carpentier. Digo escritora, y no estoy muy seguro de que lo sea; supongámosla modista, una modista letrada.

Comencemos por la presentación en sociedad de una muchacha, una girl. Para este caso, el precio de los vestidos oscila entre 100 y 1.000 libras esterlinas, entre 500 y 5.000 duros, suponiendo que el cambio estuviera a la par. No es mucho que digamos; pero es preciso tener en cuenta que toda la ropa interior «es de absoluta necesidad» que sea nueva. ¿Y cómo averiguarán los asistentes a la presentación si es nueva la ropa o no lo es? ¡Ah! Eso no me lo preguntéis a mí.

La presentación es, como se comprende, un acontecimiento extraordinario. Una señorita, si es modesta y se las apaña bien, puede cubrir sus gastos anuales de modista con una suma de 400 libras. Las partidas que componen esta suma están especificadas concienzudamente en el estudio textil de doña Susana.

Una señora, una lady, es lógico que gaste más que una muchachuela. Veamos. Modisto y modista, 628 libras. Abrigos y capas, 229 libras. Composturas y sombreros, 149 libras. Guantes, sombrillas y paraguas, 164 libras. Cinturones, 11 libras. Saquitos de mano y portamonedas, 15 libras. Abanicos, 11 libras. Ropa blanca, 249 libras. Calzado, 115 libras. Requilorios para ir en automóvil, 42 libras.

Esto es lo más esencial. No copio las cifras de joyerías, bibelots, frivolidades y nonadas por no hacer enojosa la enumeración.

Conversando yo con cierta señora, hube de interrogarla:

—¿Es posible que no sientan ustedes remordimiento de conciencia al gastar tan grandes cantidades en el adorno de la persona? Con el mismo dinero podrían vivir varias familias.

—Porque lo gastamos pueden vivir varias familias a costa de él.

LA VIDA BREVE

HOY ES UN DÍA DE DUELO en Londres. El huracán, con su interminable clamor elegíaco, parece asociarse a la tristeza de la gran urbe. Las hopalandas de hollín que paramentan los edificios adquieren fúnebre carácter. Londres, y con ella todo el Reino Unido, está de luto. La causa, un naufragio; el naufragio de una ilusión magnífica.

Es el caso que Inglaterra, la cual, en muchas cosas y durante muchos años, fue el pródromo de los demás pueblos, andaba a la cola en lo que se refiere a la navegación aérea. Este hecho es muy significativo dentro de la psicología del carácter inglés. Para entenderlo cumplidamente es necesario hacerse cuenta de que el país de las locomotoras, de las fundiciones de hierro, de las fábricas gigantes, es el mismo de los Shakespeare, de los Pope, de los Wordsworth, de los Meredith. La división del trabajo es una ley necesaria en la prosperidad industrial; más lo es aún la división de temperamento en el progreso de la nación. Inglaterra es, conjuntamente, el pueblo más epicúreo y el más idealista, el más rico y el más poético. Si esta total escisión de temperamento no se hubiera efectuado, los acontecimientos históricos serían muy otros de los que son. Porque, no pienso que nadie lo dude, un fabricante de paños que comienza por sentir de vez en cuando el toque interno de la inspiración, termina por hacer paños deleznables y versos del mismo jaez que los paños. Y contrariamente, un artista que siente iniciarse en sus bolsillos la inquietante comezón de la avaricia concluye por confeccionar arte para el mercado. El progreso natural y científico de una nación requiere que los hombres a quienes les está encomendado ignoren los secretos del arte, que si van a un concierto se duerman, y si visitan un museo pasen de largo ante Botticelli y se detengan a contemplar los cromos de Guido Reni; requiere un hozar perseverante, una absoluta castración de ensueños, un supersticioso temor a levantarse, siquiera sea un palmo de tierra firme. Los hombres de ciencia y los mecánicos y los industriales ingleses se han ajustado a este régimen; su medro y esplendor son de todos conocidos. La navegación aérea, calificada por los antiguos mitos de audacia sacrílega, parece reclamar ante todo una especie de ingeniero lírico, un genio en quien se resuelva de una manera feliz la antítesis de lo absoluto en el sentimiento y lo concreto en la inteligencia. Es decir, que el problema no se ajustaba a las condiciones del carácter inglés. Pero Inglaterra, que tiene incrustado en el meollo el sentido de la nacionalidad y por ende un colectivo amor propio terrible, no podía quedarse a la zaga de otras naciones en esta cuestión capital.

Y, en efecto, después de muchos meses de tanteo, ensayos y encarnizada labor sorda, se dio remate a un globo dirigible, el Nulli Secundus.

El sábado último, un día encalmado y sereno, el misterioso ser surcó los aires. Un escalofrío de emoción y de reprimido júbilo sacudió los nervios de Londres. Omnibus, tranvías, carruajes y camiones detuvieron su tráfago. Las gentes, en las azoteas de las casas, en el tope de los ómnibus, en todas partes, seguían con la mirada temblando de anhelo el majestuoso rumbo del globo, cuyo perfil priápico y antiestético destacaba sobre el gris argentado de las nubes. Nulli Secundus maniobró encima de la catedral de San Pablo, luego sobre Trafalgar Square, más tarde descendió en el Palacio de Cristal.

El domingo llovió. El lunes llovió también. El humedecido cordaje del aerostato, aumentando de peso, le impidió volver a su guarida. Esta madrugada se levantó un violento sudeste. El globo, que estaba inflado y en campo abierto, hubo de sufrir los embates del huracán. A la postre pereció. Nulli Secundus es un guiñapo que se ha perdido en lo pretérito. Mas su vida fue gloriosa: navegó por el cielo, intervino en el conciliábulo de las nubes y vio a Londres, la ciudad más grande de la Tierra, como una ruindad o lepra negruzca sobre los campos verdes.

Londres está de luto.

El espíritu humano también debe estarlo. Siglos y siglos, desde Ícaro hasta nuestros días, ha perseguido esta pueril quimera de dominar el aire, cosa que consigue un gorrión al poco tiempo de nacer. Llena está la Tierra de encantos y prestigios que aún no hemos logrado descifrar: la civilización es como un gran rinoceronte ciego que caminase entre un macizo de rosas, con las feas narices hacia la altura, según es costumbre en estos inmundos animales. La Tierra solicita las secretas intuiciones de nuestra alma a cada paso, pero los hombres, hoy por hoy, están sedientos de firmamento. ¿Por pura espiritualidad? No. Por rabia destructora e inconcebible crueleza. Bien que se persiguiese la solución del problema, sólo a fin de ascender a un jardín de fuego, de púrpura y de oro, cuyo piso fuera la alada compacidad de las nubes, en donde leer a Goethe, a Shelley, a san Juan de la Cruz y a santa Teresa. Pero si estos horribles monstruos han de servir para arrojar traidoramente proyectiles asfixiantes, entonces bien muerto está el Nulli Secundus. Y ¡ojalá a todos sus congéneres les acontezca otro tanto!

II. ITALIA

PRIMER VIAJE 1911-1912

A BORDO DEL BRASILE

A poco de haber vivido a bordo se experimenta, con clarividente intensidad, el alumbramiento de las dos categorías fundamentales del espíritu humano: el sentido de libertad y la obligación del respeto mutuo. La primera es la fuerza motriz de la democracia; la segunda, su ideal, claramente concebido, pero arduo de conseguir. Puede asegurarse que la civilización tiene su punto de partida en aquel divino sentimiento de autonomía individual, de conciencia de la propia dignidad, sin la cual no aceptaríamos el hecho caprichoso de haber nacido, y obtendrá su plena sazón y madurez cuando la voluntad de cada uno respete de buen grado la voluntad ajena. ¿Dónde mejor que en el mar se hará oír la innata conciencia de nuestra libertad? Las anclas cuelgan en el aire, con pasiva docilidad, esperando asir la tierra y hacer un alto transitorio cuando nos venga en gana. Todo en torno, el infinito azul, sobre el cual los ojos se reposan, y por su virtud el corazón se hincha de intrepidez y esperanza. Los cuatro puntos cardinales del horizonte se ofrecen a la elección como grandes rutas fáciles. De otra parte, la convivencia estrecha entre los navegantes, lo circunscrito del lugar de acción, impone una vigorosa respetuosidad entre todos. Cada persona aparece en todo su relieve de ser racional y reclama nuestra simpatía. Las actividades humanas se avaloran objetivamente. Este hombre que por las noches tañe el acordeón y provoca emociones inefables no es un cualquiera, dotado de una habilidad vulgar: es Orfeo, creador de la música. Y aquel turco, de amarillo turbante y flameante barba rala, que sigue con pupila absorta el vuelo cabalístico de una gaviota, no es un emigrante fracasado y cochambroso: es, casi casi, un arúspice. Porque todas las cosas que hacen cauce a la vida efímera tienen misterioso sentido trágico, son signos que fatalmente nos hieren con el eco de su influjo.

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