Ramón Pérez de Ayala - Viajes

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En este volumen se recoge una amplia selección de las crónicas periodísticas escritas para diarios españoles y argentinos (
El Imparcial,
España Nueva,
ABC,
El Sol y
La Prensa) con motivo de los viajes de Ramón Pérez de Ayala a diversos países de Europa y América: Inglaterra, Italia, Estados Unidos, Argentina, Chile, Perú y Bolivia.Al mismo tiempo, esta selección de artículos sobre los viajes que realizó supone un recorrido por la vida del escritor: viajes que marcaron su formación intelectual, viajes que influyeron en su vida, viajes deseados y otros forzados por circunstancias ajenas al deseo; viajes que, en definitiva, fueron conformando una vida.

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Y otra vez al taller, a trabajar, a construir la vida y las cajas para los pianos, a sentir el tiempo que corre como caudaloso río conduciendo en sus lomos los varios navíos de los acontecimientos.

No tardó en casarse con miss Susana Brown, hija de un oficial del 22 de Highlanders. ¡Oh, miss Susana! ¡Oh, miss Susana! John consagró su alma a aquella criatura afectuosa y sencilla, a quien amaba sobre todas las cosas. Era pobre aún, en los tiempos de su desposorio. El viaje nupcial fue una simple excursión —en un barquito de vela— hasta Green wich, en donde contemplaron, llenos de santo terror, la diminuta levita perforada que Nelson vestía en Trafalgar.

Y la compañera elegida, con las entrañas llenas de virtudes y de amor, comenzó a darle hijos, y los hijos a casarse, ofreciéndole amables capullos de carne, y estos a crecer, hasta que hicieron nuevo nido y nueva nidada.

Y John seguía viviendo, enriqueciéndose, amando a la esposa, al manantial fecundo de la prole fecunda, la cual se derramaba mansamente sobre su vida, como el agua benéfica sobre los sembrados.

Hace muy poco tiempo, en 1907, Mr. John Brinsmead y su cónyuge celebraron las bodas de oro, rodeados de toda su descendencia, cuatro generaciones, 40 individuos. Era un solemne cuadro bíblico y patriarcal. El valetudinario estaba ya ciego; pero la luz jovial de su alma, que no podía brillar en los cansados ojos, derretíase en la sonrisa. El rey y la reina, asombrados de tan rara dicha, enviaron una felicitación autógrafa a la anciana pareja.

Algunos meses después, la vieja compañera sucumbió al peso de los años. John, no pudiendo sobrevivir a tanta desventura, falleció a las tres semanas. Ayer enterraron a un siglo de historia inglesa.

UN DÍA A REGATAS

APUNTARÉ AL CORRER de la pluma y en estilo reporteril, cuando el ajetreo me consienta vado, las impresiones de un día netamente castizo, típico. Es el último de los cuatro días de regatas de Henley-on-Thames. La voz del pueblo dice: The last and the best,el último y el mejor.

—¿Cuánto tiempo es necesario para llegar a la estación de Padington?

—Media hora —me responden.

Cuando un londinense dice media hora, un español debe entender hora y media. Los ingleses tienen triple longitud de piernas que los demás mortales.

Llego a la estación en el momento en que un tren bufa aprestándose a la partida. Tomo el billete aceleradamente, me precipito en un departamento, con gran consternación de los ocupantes, y cuando el convoy se pone en marcha advierto que el taquillero me ha distraído un chelín en la vuelta. Esto es el panem nostrum cotidianum, la acrisolada honradez británica está siempre atisbando la ocasión de resplandecer. Por otra parte, el sistema monetario inglés es un poco enrevesado, lo cual disculpa todas las equivocaciones. Observo a mis compañeros de viaje: gentecilla vulgar si se exceptúa a un individuo gordo, los labios de indio bozal, ojos de beodo, pelo rizado, que me examina con impertinencia. Por esquivar sus miradas saco del bolsillo un libro de sermones del reverendo Campbell, reformador religioso y místico de moda, y leo ciertas amenas disquisiciones acerca del dios inmanente. De vez en cuando contemplo el paisaje, olvidándome por un momento del dios inmanente. El tren vuela, Ealing, Windsor, Slough quedan atrás. Praderas, robles, castaños, un canal apacible, el firmamento poblado de espesas nubes grises, otros trenes que pasan de pronto, como un resoplido brutal. Al fin, Henley.

No se ve el río, porque los frondosos y tupidos árboles que lo orillan hacen un muro verde. Al pie de los árboles, sobre los prados lisos, innumerables tiendas de campaña. Las banderas, y las hay por todas partes, palpitan tendidas al viento que muge entre el ramaje de la arboleda.

A la entrada de la estación hay una muchedumbre de cocheros, gentlemen desarrapados, con vehículos arcaicos y extravagantes, y se obstinan en que uno se sumerja en el interior de los mugrientos armatostes. No, por Dios. Algunos vendedores ambulantes me ofrecen sombrillas japonesas, para volar sin duda a merced del aire. Las mujercitas (esto es un modo de señalar a la española), las mujercitas pululan por todas partes, ataviadas con trajes estivales blancos, rosados, azulinos. Una sobresale de todas las otras por la extraña distinción de su toaleta. El sombrero es de paja muy fina con flores, cintas y un gran velo morado; el vestido morado; las medias, que asoman por bajo de la falda corta, moradas como las de los canónigos, pero la pierna que encubren más agradable, naturalmente, que las de todos los canónigos juntos.

Yo, igual que Vicente, voy a donde va la gente, y desciendo una calle muy pina que, a lo que calculo, conduce al río.

Un hombre me toma por su cuenta: «Un bote, señor. Quince chelines». Digo que no con la cabeza. «Diez chelines». Como esta vez no he dicho nada, el hombre me coge por un brazo y, que quieras que no, me lleva dentro de una empalizada. A una parte está el río. En la ribera, sobre la hierba húmeda que lo tapiza todo, tendidos panza o quilla arriba, se alinean infinitos esquifes, barquichuelas, botes. El hombre arrastra uno de ellos hasta el río. Es una embarcación sutilísima, estrecha y larga como una lanzadera, la proa y la popa algo levantadas como a manera de góndola, de caoba bruñida, el interior alfombrado y a la parte de atrás un cómodo asiento de rojo velludo acolchonado. El hombre me da un remo exiguo que parece una cuchara digna de Gargantúa (con permiso de Carulla).

—Pero, bien, ¿qué hago yo solo aquí?

—Puede usted invitar a una young lady (señorita joven). Yo se la buscaré.

A todo esto mi ligero esquife se ha apartado de la orilla. Por esta parte el río tiende un brazo tierra adentro y el agua está muy quieta y de un color verde profundo. Heme aquí ya, bogando con un remo solo, para lo cual se requiere una habilidad extraordinaria que yo no poseo. Cuando doy una paletada hacia un lado, el pérfido esquife tuerce la nariz hacia el otro, y viceversa, de manera que me veo en necesidad de hacer algunas evoluciones realmente curiosas aunque sobrado complejas. Por lo pronto no se me ocurre más que una pregunta algo inquietante.

—¿Será muy profundo el río?

Veo que el conductor de algunas embarcaciones las hace avanzar apoyando una larga pértiga en el fondo, y esto me tranquiliza.

Todos habéis visto fotografías de Henley en un día de regatas. Pues bien, yo os digo que las tales fotografías no dan idea ni barrunto de lo que esto es. Las márgenes del río tienen una amenidad paradisiaca. Gran gentío se apiña por todas partes, y en la multitud predominan los tonos claros. Todo es muy hermoso; pero el río…

Yo abandono el remo, me entrego a la corriente y sobre el libro de sermones del reverendo Campbell escribo estas notas.

El espectáculo que ofrece el río es de una belleza única. Las embarcaciones, sumamente leves, todas de maderas ricas, enceradas y brillantes, la estructura como de canoas o piraguas, lo hienden raudas y en gran número. Siendo la profundidad de estas barcas muy poca, las damas no pueden sentarse, sino que van recostadas a lo largo de colchonetas polícromas sobre cojines vistosos. Los hombres llevan calzones de piqué blanco, sombreros de paja o gorra; se despojan de la chaqueta y arremangan la camisa por los brazos. Los pobrecitos tiritan, porque el día está frío, pero esto es lo fashionable. Algunos, más previsores, lucen recias elásticas de lana blanca. En esta luz equívoca, bajo el firmamento grisáceo, con el río oscuro, casi negro, y los árboles sombríos, y luego las banderolas, los trajes claros, el hormigueo de las gentes, se siente una impresión de honda alegría silenciosa y de voluptuosidad que es imposible de describir.

En tanto plumeo estas impresiones, la fuerza del agua y del viento, que arrecia por minutos, me ha arrastrado a los muelles del Leander Club House, de donde se disponen a salir en este instante dos lanchas de las que han de luchar en las regatas. Mi impertinente esquife les impide el paso. Los hombres que las tripulan, musculosos y medio desnudos, me lanzan gritos inarticulados que yo no puedo descifrar cabalmente, aun cuando los adivino muy bien. Abandono las cuartillas y empuñando la cuchara la agito bravamente en el seno del río, como argonauta curtido en tormentas sin cuento. He salido airosamente del trance.

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