Ramón Pérez de Ayala - Viajes

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En este volumen se recoge una amplia selección de las crónicas periodísticas escritas para diarios españoles y argentinos (
El Imparcial,
España Nueva,
ABC,
El Sol y
La Prensa) con motivo de los viajes de Ramón Pérez de Ayala a diversos países de Europa y América: Inglaterra, Italia, Estados Unidos, Argentina, Chile, Perú y Bolivia.Al mismo tiempo, esta selección de artículos sobre los viajes que realizó supone un recorrido por la vida del escritor: viajes que marcaron su formación intelectual, viajes que influyeron en su vida, viajes deseados y otros forzados por circunstancias ajenas al deseo; viajes que, en definitiva, fueron conformando una vida.

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Ya estoy confundido con las otras piraguas y canoas, formando una especie de plataforma de barcas. Las regatas comienzan. Todo el mundo conoce una regata, y el que no la conoce se la puede imaginar. ¿A qué describirlas? Baste decir que la gran copa la ganaron los belgas, como el año pasado, lo cual tiene muy abatidos a los ingleses.

En la mitad de la segunda regata comenzó a caer una lluvia torrencial y lo que poco antes era gayo y alegre se trocó, en virtud de los impermeables, en pardo y triste. Levantose al propio tiempo un temporal terrible. Yo, al menos, por tal lo tengo. Y esto era en la sazón en que yo me disponía a volver. Hablaron mucho los románticos, que en paz descansen, de la desamparada barquichuela a merced de los huracanes y de las ondas rabiosas, sin saber lo que se decían. ¿Para qué descorazonarte, lector, con la narración de mis adversidades? Lo que yo cavilé y bregué no es para dicho. Al arribar a puerto, hecho una sopa, con la miserable cuchara en la diestra, me sentía un Colón o cosa así. No hay nada como Inglaterra para fortalecerle a uno; nada tan saludable como el dios inmanente y las regatas de Henley para el espíritu y para el cuerpo.

LA QUERELLA DE LAS ESTATUAS

AL DECIR QUERELLA DE LAS ESTATUAS no quiero dar a entender que haya estatuas que se querellen, sino todo lo contrario, que hay personas que se querellan contra las estatuas, y entre los querellantes el más notorio, por su alta jerarquía eclesiástica, es el obispo de Londres. No vaya alguno a suponer que se trata de un movimiento religioso, parecido al que suscitó la antigua secta de los iconoclastas en tiempos de León Isaurio, aunque también hay aquí concilio —el concilio o concejo municipal—, como entonces hubo el pseudoconcilio de Constantinopla. No, nada de religión. En todo caso de moral, de moral pública.

En Londres hay 68 teatros; de ellos 18 son music halls, y de los music halls los más importantes son Alhambra, Hipódromo, Empire, Pavilion y Palace. Pues bien, en tres de estos cinco teatros se exhibe un espectáculo que tiene numerosos y fervientes adictos y que se conoce por el nombre de «estatuaria viviente». Descartaremos el Hipódromo y el Empire, porque sus exhibiciones escultóricas no son tan incitativas, atrayentes y suculentas como las del Pavilion. El obispo de Londres también los ha descartado de su anatema, y yo no quiero ser menos que el señor obispo. En el Pavilion residen los verdaderos Fidias Palomos, los estupendos artífices que han esculpido su propia carne (unas cuantas arrobas), como si fuera mármol, la señora o señorita (que de su estado no estoy muy cierto, aunque sospecho que no es lo uno ni lo otro) Olga Seldom con sus tres acompañantes varoniles. Describiré el espectáculo, lector, a fin de que puedas darte cuenta cabal de lo que la «estatuaria viviente» significa.

Cuando llega el momento oportuno, la orquesta ejecuta un motivo misterioso de clásicas inflexiones apacibles. Se abren las dos hojas del inmenso cortinaje de terciopelo rojo que oculta el escenario y aparece este con un teloncillo corto en donde está pintada la acrópolis ateniense, blanca y brillante, con sus templos, escalinatas y esculturas, sobre el radioso cielo ático. Una señora, que va vestida a la griega, y que está en el centro del tablado, desarrolla un cartelón en donde se lee el nombre de alguna obra escultórica consagrada por la fama. Ciérranse las hojas de velludo, vuélvense a levantar y sobre un fondo negro que tapiza la escena vese resaltar el contorno de una mujer y tres hombres en pelota, el cuerpo embadurnado de alba yalde o de otra sustancia blanca que ignoro, los cuales se mantienen inmóviles por espacio de unos segundos. Y esto se repite hasta una veintena de veces. El público aplaude y hace gestos de admiración. Alguna que otra persona jura y perjura que todo aquello es un dechado de arte, y que ni Praxíteles, ni Benvenuto, ni Donatello pudieron soñar nunca cosa semejante. Pero la generalidad de los espectadores machos que hay en el teatro se limitan a estrechar con más fuerza a la otra mitad de espectadores hembras, las cuales están siempre graciosa y convenientemente entreveradas por todas las localidades. Yo, imparcial confrontador de los hechos, necesito apuntar que las estatuas vivientes más del agrado del pueblo son: una de Chamberlain (en el Hipódromo, completamente vestido, como se supone) y otra de la señora o señorita Olga, en calidad de Venus contorsionada. Esta dama, rusa a juzgar por el nombre, y exnodriza por lo que de ciertas señales se deduce, no posee aquella concisión y parca armonía de proporciones que soñaron los artífices helénicos y del Renacimiento. Muy al contrario; su exuberancia viola los límites de lo correcto. Entendiéndolo así, una comisión de pastores, capitaneados por el obispo de Londres, expusieron sus quejas ante el concejo municipal. Como resultas de la queja hubo de nombrarse una comisión inspectora, la cual después de concienzudo examen dictaminó que nada había en el espectáculo que atacase la pública moralidad.

Los periódicos jalearon un tanto el asunto.

El Daily Mail abrió una información acerca de la «estatuaria viviente». La pregunta estaba formulada en estos términos: ¿Considera usted la «estatuaria viviente» artística y elevadora del gusto público o degradante?

A lo cual varios señores han respondido cada cual a su manera. El obispo de Manchester dice, con elocuente sequedad: «¡Degradante!».

El de Newcastle es más modesto: «No tengo aún —contesta— suficiente conocimiento de la cuestión para basar mi opinión». Sólo le falta añadir: «No he visto los grupos arriba de media docena de veces».

El obispo de Llandaff: «No he visto semejantes exhibiciones, pero por lo que he oído es degradante».

Rodin: «La naturaleza es admirable, pero la bella arquitectura humana no puede ser entendida aún por el público. Acaso con el tiempo sí».

Mr. Beerbohm Tree, el celebrado actor: «Aun cuando yo no he visto la “estatuaria viviente” considero que se trata de una cuestión de gusto individual. Cada persona ve siempre en las exhibiciones teatrales aquello que quiere y que le conviene».

Yo: ni elevador, ni degradante. Aquí, en Londres, las virtudes venustas de la estatuaria no son visibles. En Madrid es probable que la exhibición fuera acompañada de un mugido de toro joven o de hombre viejo. Pero lo que yo afirmo es que lo mismo aquí que en España, que en la Patagonia, la estatuaria viviente es una estupidez.

LA CORONA DE TODO LO CREADO

CUANDO EN HYDE PARK o en Covent Garden contemplo esas adorables criaturas, «nietas de Eva, a las hembras, o, para emplear otra palabra más dulce a nuestra comprensión, a las mujeres» (Shakespeare), ataviadas con fastuosidad y opulencia que deslumbran, no puedo por menos de dirigirles, mentalmente, una lírica y fervorosa alocución:

«Mujer —digo sobre poco más o menos—, en lo más elevado y prócer de todo lo creado, en la cumbre más eminente del universo te ha puesto Dios porque corones su obra y porque, resplandeciendo en la gloria de tu hermosura, anules y disipes ciertas manchas, sombras y fealdades que al pobre se le han escapado en las jornadas del génesis. Todo lo que existe para ti existe, y a tu belleza se acoge ansiando un término de comparación. Las estrellas palpitan de reconocimiento cuando un poeta asegura que tus ojos son estrellas. Cuando un enamorado te dice que eres más bella, con tu gracia frágil, que el mar con su grandeza terrible, el mar, temblando de emoción, se trueca por un momento de abismo de amargura en seno de suavísimo y gustoso bálsamo. Los tres reinos de la naturaleza, el reino mineral, el reino vegetal y el reino animal, lo que es inerte y lo que tiene vida, lo que es sombrío y lo que es luminoso, lo que no siente y lo que sufre, todo endereza hacia ti una aspiración perseverante y muda. Cuájanse, en las entrañas de la Tierra, piedras preciosas para ti, rubíes que armonicen con tus labios, turquesas y zafiros que armonicen con tus ojos, topacios que armonicen con tus cabellos, diamantes que armonicen con tu corazón. Un clamor infinito se eleva de los bosques, de las selvas, de las llanuras y desiertos; y todos los animales suspiran por la muerte a fin de ofrecerte sus pieles y plumas. Cuando las flores no alcanzan el triunfo de tu seno, desfallecen de pesar, y cuando lo alcanzan, mueren de amor. ¡Mujer, mujer: tú eres la luz en las tinieblas, la rosa entre la nieve, la corona sideral del cosmos, la causa final de la creación!».

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