Chloe Gong - Placeres violentos

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«Me criaron para odiar, Roma. Nunca podría ser tu amante, sólo tu asesina. »Una antigua guerra de sangre entre dos bandas baña las calles de rojo, dejando a la ciudad indefensa ante las garras del caos. En el centro de esta disputa se halla Juliette Cai, la orgullosa heredera de la Pandilla Escarlata, una red de gánsteres que opera por encima de la ley. Sus únicos rivales son los criminales rusos que integran la Banda de las Flores Blancas; detrás de cada movimiento está su heredero: Roma Montagov, el primer amor de Juliette… y su primera traición.Pero cuando la población parece ser poseída por una locura que la hace desgarrar su propia garganta hasta morir, comienza a correr el rumor acerca de un contagio provocado por un monstruo oculto en las sombras. A medida que las muertes se acrecientan, Juliette y Roma deberán dejar sus rencores de lado y trabajar unidos antes de que la ciudad que ansían dominar desaparezca por completo.« Romeo y Julieta se transforma magistralmente de una historia de amor maldito adolescente a una mezcla emocionante de intriga política, horror, misterio trepidante y, sí, romance, en una ciudad que se convierte en un personaje por derecho propio.»
BCCB« Esta novela se sitúa entre las mejores reinterpretaciones de historias clásicas de la literatura juvenil.»
School Library Journal«"El Bardo" aprobaría con toda seguridad esta novela.»
The New York Times Review« Una lectura obligada con una conclusión que dejará a los lectores con ganas de más.»
Kirkus Reviews

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Luego comenzaron los avistamientos.

Las amas de casa que colgaban a secar la ropa cerca de los puertos afirmaban haber visto tentáculos deslizándose cuando al anochecer se aventuraban afuera para recoger sus pertenencias. Un par de trabajadores de la Pandilla Escarlata que llegaban tarde a sus turnos fueron atemorizados con gruñidos y luego con destellos de ojos plateados que los observaban desde el otro extremo del callejón. El relato más espeluznante era el que contaba el dueño de un burdel junto al río, quién hablaba de una criatura acurrucada en medio de las bolsas de basura afuera de su establecimiento cuando estaba cerrando. La había descrito como una criatura jadeante, como si sufriera dolores, como si luchara consigo misma, apenas visible entre las sombras, pero sin duda una cosa extraña y antinatural.

—Tiene una espina dorsal cubierta de cuchillas —escuchaba susurrar Juliette frente a ella en ese momento, la historia contada de hijo a madre mientras ambos esperaban que les entregaran la comida en la ventana de un restaurante de servicio rápido. El niño se balanceaba de un lado a otro en medio de su furor, haciendo eco de las palabras escuchadas a un compañero de escuela o a un amigo del vecindario. Cuantas más muertes ocurrían —y habían sido numerosas desde aquel hombre del club burlesque — más especulaba la gente, como si con el mero hecho de hablar de las posibilidades pudieran encontrarse de pronto con la verdad. Pero mientras más hablaba la gente, más se nublaba la verdad.

Juliette habría descartado de tajo las historias como simples rumores, pero el miedo que se filtraba en las calles era real, y dudaba que una reacción semejante llegara tan lejos sin un respaldo sustancial a semejantes afirmaciones. Entonces, ¿qué podía ser? Los monstruos no eran reales, no importaba que en el pasado las fábulas chinas hubieran sido tomadas como reales. Ésta era una nueva era de ciencia, de evolución. El supuesto monstruo tenía que ser una criatura creada por alguien, pero ¿por quién?

—Cállate —decía la madre al chico, con los dedos de la mano izquierda entrelazando nerviosamente las cuentas en la muñeca derecha. Eran cuentas de oración budistas, utilizadas para guiar los mantras, pero cualquiera que fuera el mantra que la mujer recitara ahora no podría competir con el desaforado entusiasmo de su hijo.

—¡Dicen que tiene garras del tamaño de los antebrazos de un hombre! —prosiguió el chico—. Merodea por la noche en busca de gánsteres, y cuando percibe el aroma de su sangre, se arroja sobre ellos.

—Los gánsteres no son los únicos que están muriendo, qīn’ài de —dijo su madre en voz baja. Su mano se apoyó con fuerza en la nuca del chico, asegurándose de que su hijo no se apartara de aquella fila que avanzaba lentamente.

El niño se detuvo. Un temblor se filtró en su dulce voz. —Māma, ¿ yo voy a morir?

—¿Qué dices? —exclamó su madre—. Por supuesto que no. No seas ridículo —alzó la mirada, habiendo alcanzado el inicio de la fila—. Dos.

El tendero le extendió una bolsa de papel a través de la ventana y la pareja de madre e hijo se apresuraron a partir. Juliette los miró fijamente y pensó en el temor repentino en la voz del chico. En ese breve instante, el niño, no mayor de cinco años, había comprendido que él también podía morir al igual que los cadáveres encontrados en Shanghái, porque ¿quién podría estar a salvo de la locura?

—La casa invita, señorita.

Juliette levantó la vista y encontró una bolsa de papel enfrente de su rostro.

—Sólo lo mejor para la princesa de Shanghái —dijo el viejo tendero, con los codos apoyados en el alféizar de la ventana de servicio.

Juliette desplegó su sonrisa más deslumbrante.

—Gracias —dijo, tomando la bolsa. Esa simple palabra proporcionaría al tendero mucho tema para presumir al día siguiente cuando se reuniera con sus amigos para jugar mahjong…

Juliette se dio la vuelta y dejó la fila, introdujo la mano en la bolsa, sacó un trozo del bollo y empezó a masticar. Su sonrisa desapareció tan pronto como se perdió de vista. Estaba haciéndose tarde y la esperaban pronto en casa, pero de todos modos se entretuvo con las tiendas y el bullicio de Chenghuangmiao, avanzando lentamente entre una multitud caótica. No tenía muchas oportunidades de deambular en lugares como éstos, pero hoy podía hacerlo. Lord Cai la había enviado para que inspeccionara un centro de distribución de opio, que desafortunadamente no había sido un sitio tan emocionante como ella había pensado. Simplemente apestaba, y cuando por fin localizó al dueño para pedirle los papeles que su padre quería, el hombre se los había entregado medio adormilado. Ni siquiera la había saludado cuando llegó ni había verificado el derecho de Juliette a pedir ese tipo de información sobre suministros de carácter tan confidencial. Juliette no entendía cómo a alguien así se le podía confiar la administración de un establecimiento con más de cincuenta trabajadores.

—Disculpen —murmuró, abriéndose paso entre un grupo particularmente apretado reunido frente a una tienda de dibujos trazados a lápiz. A pesar de que la oscuridad que ya se filtraba por los cielos rosados, Chenghuangmiao todavía estaba repleto de visitantes: enamorados que se paseaban lentamente en medio del caótico ajetreo, abuelos que compraban paletas heladas para que los niños se deleitaran con ellas, extranjeros que simplemente disfrutaban de la escena. El nombre Chenghuangmiao se refería al templo, pero para los habitantes de Shanghái había pasado a abarcar todos los concurridos mercados circundantes y los otros claustros activos en el área. El ejército británico había establecido su oficina central aquí hacía casi un siglo, en los Jardines Yuyuan, por donde ahora pasaba Juliette. Desde entonces, incluso después de que los británicos se marcharan, los extranjeros gustaban mucho de visitar el lugar. Por todos los rincones se veían sus rostros, con sus gestos de asombro y diversión.

—¡El fin ha llegado! ¡Obtenga la cura ahora! ¡Sólo existe una cura!

Y algunas veces también estaba repleto de excéntricos nativos.

Juliette hizo una mueca de desagrado, inclinando la barbilla para no hacer contacto visual con el vociferante anciano en el puente Jiuqu. Sin embargo, a pesar de sus mejores esfuerzos por pasar desapercibida, el hombre se enderezó al verla y corrió a lo largo del puente en zigzag: los golpes sordos de sus pasos producían sonidos que resultaban muy preocupantes de escuchar en una estructura tan antigua. El anciano se deslizó hasta detenerse frente a ella antes de que la joven pudiera poner suficiente distancia entre los dos.

—¡La salvación! —gritó. Sus arrugas se profundizaron hasta que sus ojos fueron completamente engullidos por la flácida piel. Apenas podía erguir la espalda más arriba de su perpetua joroba, no obstante podía moverse tan velozmente como un roedor corriendo en busca de comida—. Debe difundir el mensaje de salvación. ¡El lā-gespu nos lo dará!

Juliette parpadeó rápidamente y arqueó las cejas. Sabía que no debía prestar atención a hombres que sermonean en plena calle, pero había algo en aquel viejo que hacía que se le erizaran los diminutos vellos de su cuello. A pesar de su acento rural, ella había entendido casi todo el áspero shanghainés del hombre: todo excepto aquel pequeño enigma hacia el final.

¿Lā-gespu? ¿Era el sonido de la “s” simplemente un ceceo particular de su generación?

—¿Lā gē bō? —Juliette trató de adivinar la forma correcta—. ¿Un sapo nos dará la salvación?

El viejo pareció profundamente ofendido. Sacudió la cabeza de lado a lado, agitando sus finos cabellos blancos y liberando la delgada trenza que usaba. Era una de esas pocas personas que aún vestían como si el país no hubiera dejado atrás la era imperial.

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