Chloe Gong - Placeres violentos

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«Me criaron para odiar, Roma. Nunca podría ser tu amante, sólo tu asesina. »Una antigua guerra de sangre entre dos bandas baña las calles de rojo, dejando a la ciudad indefensa ante las garras del caos. En el centro de esta disputa se halla Juliette Cai, la orgullosa heredera de la Pandilla Escarlata, una red de gánsteres que opera por encima de la ley. Sus únicos rivales son los criminales rusos que integran la Banda de las Flores Blancas; detrás de cada movimiento está su heredero: Roma Montagov, el primer amor de Juliette… y su primera traición.Pero cuando la población parece ser poseída por una locura que la hace desgarrar su propia garganta hasta morir, comienza a correr el rumor acerca de un contagio provocado por un monstruo oculto en las sombras. A medida que las muertes se acrecientan, Juliette y Roma deberán dejar sus rencores de lado y trabajar unidos antes de que la ciudad que ansían dominar desaparezca por completo.« Romeo y Julieta se transforma magistralmente de una historia de amor maldito adolescente a una mezcla emocionante de intriga política, horror, misterio trepidante y, sí, romance, en una ciudad que se convierte en un personaje por derecho propio.»
BCCB« Esta novela se sitúa entre las mejores reinterpretaciones de historias clásicas de la literatura juvenil.»
School Library Journal«"El Bardo" aprobaría con toda seguridad esta novela.»
The New York Times Review« Una lectura obligada con una conclusión que dejará a los lectores con ganas de más.»
Kirkus Reviews

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Alisa agitó una mano frente al rostro de Roma.

—Veo unos ojos, pero no veo un cerebro —le dijo a su hermano.

Roma regresó al presente. Con suavidad puso un dedo debajo de la cadena, sacudiéndola.

—¿De dónde sacaste esto? —preguntó en voz baja.

—Estaba en el ático —respondió Alisa. Sus ojos se iluminaron—. Es bonita, ¿no te parece?

Alisa sólo tenía ocho años. Aún ignoraba lo del asesinato, en su momento sólo le dijeron que Lady Montagova finalmente había sucumbido a una enfermedad.

—Muy bonita —dijo Roma, con voz ronca. En ese momento sus ojos se movieron rápidamente hacia arriba al escuchar pasos en el segundo piso. Su padre estaba en la oficina—. Ahora vete. Te llamaré cuando sea la hora de cenar.

Haciendo un gesto burlón de despedida, Alisa salió apresuradamente de la cocina y subió las escaleras, con su delgado cabello rubio flotando tras de ella. Cuando escuchó que se cerraba la puerta de su dormitorio en el cuarto piso, Roma también comenzó a subir las escaleras y se dirigió a la oficina de su padre. Sacudió la cabeza con brusquedad, tratando de aclarar sus pensamientos y tocó la puerta.

—Adelante.

Roma llenó sus pulmones de aire. Abrió la puerta.

—¿Y bien? —Lord Montagov dijo en lugar de un saludo. No levantó la mirada. Su atención estaba fija en la carta que tenía en la mano, la cual revisó rápidamente antes de arrojarla al suelo y tomar la siguiente de una pila—. Espero que hayas encontrado algo.

Con cautela, Roma entró y dejó la mochila en el suelo. Metió la mano en ella, dudando un momento antes de sacar el zapato y dejarlo sobre el escritorio de su padre. Contuvo la respiración, entrelazando las manos detrás de la espalda.

Lord Montagov miró el zapato como si Roma le hubiera mostrado un perro rabioso. Era una expresión que con frecuencia dedicaba a Roma.

—¿Qué es esto?

—Lo encontré donde murieron los primeros siete hombres —explicó Roma esmeradamente— pero pertenece al que murió en el club Escarlata. Creo que estuvo presente en la escena del primer crimen y, de ser así, podría tratarse de un agente de contagio…

Lord Montagov golpeó el escritorio con las manos. Roma parpadeó intensamente, pero se obligó a no cerrar los ojos, se obligó a mirar hacia delante con decisión.

—¡Contagio! ¡Locura! ¡Monstruos! ¿Qué le pasa a esta ciudad? —preguntó Lord Montagov con un alarido—. ¿Te pido que encuentres respuestas y me traes esto ?

—Encontré exactamente lo que pediste —respondió Roma, pero en voz baja, apenas audible. Durante los últimos cuatro años, había estado haciendo lo que se le pedía, ya fuera una tarea pequeña o un encargo terrible. Si no lo hacía, tendría que enfrentar las consecuencias, y aunque odiaba ser un miembro de los Flores Blancas, odiaba aún más la idea de no serlo. Su título le daba poder. El poder lo mantenía a salvo. Lo dotaba de autoridad, tenía a raya a quienes lo amenazaban y le permitía cuidar de Alisa, le permitía mantener a todos sus amigos dentro de su círculo de protección.

—Quita esto de mi vista —ordenó Lord Montagov, señalando el zapato.

Roma apretó los labios, pero retiró el zapato, que volvió a meter en la mochila.

—El punto sigue siendo el mismo, papá —sacudió la mochila, dejando que la tela se tragara el zapato—. Ocho hombres se enfrentan en los puertos de Shanghái, siete se desgarran su propia garganta y uno escapa. Si el que queda vivo también se desgarra la garganta al día siguiente, ¿no te parece que se trata de una enfermedad contagiosa?

Lord Montagov permaneció un buen rato sin responder. En lugar de ello, giró en su silla hasta que estuvo frente a la pequeña ventana que daba a un callejón muy transitado. Roma observó a su padre, observó cómo sus manos se aferraban a los brazos del gran sillón, observó la cabeza bien afeitada que exhibía un levísimo vestigio de sudor. La pila de cartas había sido abandonada momentáneamente. Los nombres que firmaban en chino en la base de muchas de ellas resultaban familiares: Chen Duxiu, Li Dazhao, Zhang Gutai. Comunistas .

Después de que la revolución bolchevique se propagara velozmente por Moscú, la marea de esa ola política había descendido aquí, a Shanghái. Las nuevas facciones formadas un par de años atrás habían estado tratando persistentemente de reclutar como aliados a los Flores Blancas, sin tener en cuenta el hecho de que lo último que querrían los Flores Blancas era la redistribución social . No después de que los Montagov se habían esforzado durante generaciones por escalar a la cima. No cuando la mayoría de los integrantes de menor jerarquía de la pandilla habían huido de los bolcheviques.

Incluso si los comunistas veían a los Flores Blancas como aliados potenciales, los Flores Blancas los veían a ellos como enemigos.

Lord Montagov finalmente emitió un ruido de disgusto, alejándose de la ventana.

—No deseo involucrarme en este asunto de la locura —decidió—. A partir de ahora ésa será tu encomienda. Averigua qué ocurre.

Roma asintió lentamente. Se preguntó si la rigidez en la voz de su padre era una señal de que él pensaba que este asunto de la locura no era algo digno de su atención, o si se debía a un temor de contagiarse de la locura él mismo. Roma no sentía temor. Sólo temía al poder de los demás. Los monstruos y las cosas que vagaban durante la noche eran fuertes , pero no eran poderosos . Había una diferencia.

—Averiguaré lo que pueda sobre este hombre —afirmó Roma, refiriéndose a la víctima más reciente, la del zapato perdido.

Lord Montagov hizo retroceder la silla unos centímetros y luego colocó los pies sobre el escritorio.

—No te apresures, Roma. Primero debes confirmar que este zapato realmente pertenecía al hombre que murió anoche.

Roma arrugó el ceño.

—La víctima más reciente está en una morgue de los Escarlatas. Me dispararían al verme.

—Encuentra una forma de entrar —se limitó a responder Lord Montagov—. Cuando te di la orden de obtener información de los Escarlata, pareciste tomar el camino de la prudencia .

Roma se puso rígido. Eso era injusto. La única razón por la que su padre lo había enviado a territorio Escarlata era porque una interacción entre un jefe y otro era vista como algo demasiado severo. Si Lord Cai y su padre se hubieran encontrado y su careo hubiera terminado pacíficamente, ambos habrían sufrido un desprestigio a los ojos de su gente. Por lo que concernía a Roma podía mostrar cierta deferencia ante la Pandilla Escarlata sin que aquello tuviera consecuencias para los Flores Blancas. Era simplemente el heredero, enviado a cumplir una importante misión.

—¿Qué dices? —preguntó Roma—. El hecho de que tuviera motivos para entrar en su club burlesque no significa que pueda pasearme a mi antojo por sus instalaciones, mucho menos en la morgue de un hospital.

—Encuentra a alguien que te ayude a entrar. He oído rumores de que la heredera Escarlata ha regresado.

Roma sintió que una soga se anudaba sobre su cuello. No se atrevió a reaccionar.

—Papá, no me hagas reír —dijo.

Lord Montagov se encogió de hombros, con indolencia, pero había algo en sus ojos que no le gustó a Roma.

—No es una idea tan absurda —dijo su padre—. Sin duda puedes pedirle un favor. Después de todo ella fue alguna vez tu chica.

Siete

En el lapso de unos pocos días, las habladurías se habían extendido por toda la ciudad. Al principio, eran poco más que rumores: la sospecha de que no era un enemigo ni una fuerza natural la que provocaba esta locura, sino que era el mismísimo diablo quien llamaba a las puertas en medio de la noche y provocaba la demencia inexorable de la víctima con una sola mirada.

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