Chloe Gong - Placeres violentos

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«Me criaron para odiar, Roma. Nunca podría ser tu amante, sólo tu asesina. »Una antigua guerra de sangre entre dos bandas baña las calles de rojo, dejando a la ciudad indefensa ante las garras del caos. En el centro de esta disputa se halla Juliette Cai, la orgullosa heredera de la Pandilla Escarlata, una red de gánsteres que opera por encima de la ley. Sus únicos rivales son los criminales rusos que integran la Banda de las Flores Blancas; detrás de cada movimiento está su heredero: Roma Montagov, el primer amor de Juliette… y su primera traición.Pero cuando la población parece ser poseída por una locura que la hace desgarrar su propia garganta hasta morir, comienza a correr el rumor acerca de un contagio provocado por un monstruo oculto en las sombras. A medida que las muertes se acrecientan, Juliette y Roma deberán dejar sus rencores de lado y trabajar unidos antes de que la ciudad que ansían dominar desaparezca por completo.« Romeo y Julieta se transforma magistralmente de una historia de amor maldito adolescente a una mezcla emocionante de intriga política, horror, misterio trepidante y, sí, romance, en una ciudad que se convierte en un personaje por derecho propio.»
BCCB« Esta novela se sitúa entre las mejores reinterpretaciones de historias clásicas de la literatura juvenil.»
School Library Journal«"El Bardo" aprobaría con toda seguridad esta novela.»
The New York Times Review« Una lectura obligada con una conclusión que dejará a los lectores con ganas de más.»
Kirkus Reviews

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Ésta era una característica que se hacía más prominente a medida que uno se adentraba en Shanghái. Era como si un artista perezoso se hubiera encargado de construir todo: los tejados y los alféizares de las ventanas se curvaban y se estiraban con los ángulos y arcos más gloriosos, sólo para terminar abruptamente o cortarse en el siguiente edificio. Nunca había suficiente espacio en las zonas más pobres de esta ciudad. Los materiales se agotaban justo antes de que los constructores estuvieran listos para empezar. Las tuberías eran siempre demasiado cortas, los desagües sólo tenían cubierta hasta la mitad, las aceras parecían inclinarse sobre sí mismas. Si Roma quisiera hacerlo, podría estirar los brazos desde la ventana de su cuarto en el cuarto piso y alcanzar fácilmente las cortinas de la ventana plegada hacia afuera de una habitación en el edificio contiguo. Si en lugar de ello se impulsaba con las piernas, podría dar un salto sin mucho esfuerzo y asustar al anciano que allí vivía.

Tampoco es que estuvieran cortos de espacio. Había abundancia de tierra fuera de la ciudad para la expansión: terrenos que no habían sido tocados por la influencia del Asentamiento Internacional ni de la Concesión Francesa. Pero los alojamientos de los Flores Blancas estaban ubicados justo al lado de la Concesión Francesa, y allí estaban decididos a quedarse. Los Montagov habían estado ubicados aquí desde que el abuelo de Roma había emigrado. Los extranjeros sólo habían reclamado las tierras cercanas en estos últimos años, a medida que se volvían más impetuosos con su poder legal. De cuando en cuando los Flores Blancas debían encarar graves problemas cada vez que los franceses intentaban controlar las actividades que en ese momento llevaba a cabo la Pandilla, pero los vientos siempre parecían soplar a favor de los rusos. Los franceses los necesitaban a ellos; ellos no necesitaban a los franceses. Los Flores Blancas dejaban que los extranjeros siguieran practicando sus leyes en un espacio que no parecía pertenecer ni a unos ni a otros, y los pomposos comerciantes con sus abrigos florales y sus zapatos lustrados se apartaban cuando los gánsteres cruzaban desbocados las calles.

Era un pacto, pero un pacto que se había estado tensando a medida que pasaba el tiempo. Lugares como éstos ya eran asfixiantes. No había diferencia si se añadía más peso a la almohada presionada contra sus rostros.

Roma acomodó la mochila de Benedikt más arriba del hombro. Benedikt no estaba muy contento de que Roma le estuviera quitando sus implementos de arte, pero luego Roma había pretendido devolverle la mochila, y su primo sólo había necesitado una mirada —a todos los insectos muertos que Lourens no quiso guardar y el zapato del muerto que Roma había metido allí—, antes de devolvérselo rápidamente, pidiéndole que se lo entregara después de haberle dado una buena lavada.

Roma retiró el seguro de la puerta principal y se deslizó dentro. Justo cuando avanzaba pausadamente hacia la sala de estar, una puerta se cerró de golpe a su derecha y Dimitri Voronin también hizo su entrada.

El día ya de por sí desagradable de Roma empeoró aún más.

—¡Roma! —Dimitri gritó—. ¿Dónde estuviste toda la mañana?

A pesar de ser sólo unos años mayor, Dimitri actuaba como si fueran incalculables los años que los separaban. Cuando Roma pasó a su lado, Dimitri sonrió y extendió la mano para despeinarle el cabello.

Roma se apartó bruscamente y entrecerró los ojos. Tenía diecinueve años, era el heredero de uno de los dos imperios clandestinos más poderosos de la ciudad, pero cada vez que Dimitri estaba en el mismo recinto que él, se vería reducido a ser nuevamente un niño.

—Fuera —respondió Roma vagamente. Si se le ocurría decir que esto estaba de alguna manera relacionado con negocios de los Flores Blancas, Dimitri empezaría a preguntar e indagar hasta estar igualmente al corriente. Si bien Dimitri no era lo suficientemente torpe como para insultar abiertamente a Roma, él podía escuchar esa insinuación en cada referencia a su juventud, en cada chasquido de lengua supuestamente cordial cada vez que hablaba. Era por culpa de Dimitri que a Roma no se le permitía ser blando. Era por culpa de Dimitri que Roma había perfeccionado un semblante frío y brutal que odiaba vislumbrar cada vez que se miraba en un espejo.

—¿Qué quieres? —le preguntó Roma, sirviéndose un vaso de agua.

—No te preocupes —Dimitri entró en la cocina detrás de él, agarrando un cuchillo de picar que estaba a la mano. Lo clavó sobre un trozo de carne cocida que estaba en un plato sobre la mesa, se llevó el cuchillo a la boca y masticó la carne alrededor de la gruesa hoja de acero sin importarle quién había dejado el plato allí o cuánto tiempo había estado la comida a la intemperie—. Yo también estaba de salida.

Roma frunció el ceño, pero Dimitri ya se estaba alejando, llevándose consigo el fuerte olor a almizcle y humo. Al quedarse solo, Roma exhaló un largo suspiro y dio la media vuelta para poner su vaso en el lavabo.

Sólo que al girar se dio cuenta de que estaba siendo observado por unos grandes ojos castaños en una cara pequeña, parecida a la de un duende.

Estuvo a punto de soltar un grito.

—Alisa —le dijo entre dientes a su hermana, abriendo las puertas del armario de la cocina. No podía entender cómo ella lo había estado observando desde allí sin que él se diera cuenta o cómo se las había arreglado para hacerse espacio entre las especias y el azúcar, pero a estas alturas había aprendido a no hacer preguntas.

—Con cuidado —se quejó la niña mientras Roma la sacaba del armario. Cuando la dejó en el suelo, ella señaló la manga que Roma había apretado—. Que esto es nuevo.

Distaba mucho de ser nuevo. De hecho, la blusa de lana que rodeaba sus pequeños hombros se parecía al tipo de ropa que usaba el campesinado antes de que terminaran las dinastías reales en China, y estaba rasgada de una manera que sólo podía ser causada por estar entrando y saliendo de los rincones más estrechos. En ocasiones Alisa decía cosas desatinadas con el único propósito de crear confusión, lo que llevaba a la gente a dudar si se trataba de inmadurez extrema o indicios de demencia.

—Silencio —le dijo Roma. Le alisó el cuello de la blusa y en seguida se quedó inmóvil, al palpar la cadena que Alisa llevaba puesta alrededor de la garganta. Era de su madre, una reliquia de familia traída de Moscú. La última vez que la había visto, estaba en su cadáver después de ella fuera asesinada por la Pandilla Escarlata, una resplandeciente cadena de plata que contrastaba con la sangre que manaba de su garganta degollada.

Lady Montagova había enfermado poco después del nacimiento de Alisa. Roma la veía una vez al mes, cuando Lord Montagov lo llevaba a un lugar secreto, una casa segura escondida en los rincones desconocidos de Shanghái. En sus recuerdos era una mujer gris y demacrada, pero siempre alerta, siempre dispuesta a sonreír cuando Roma se acercaba a su cama.

La razón de permanecer en una casa segura era que Lady Montagova no necesitara guardias. Se suponía que estaba a salvo . Pero hace cuatro años, la Pandilla Escarlata la encontró, le había cortado de un tajo la garganta en respuesta a un ataque a principios de esa semana y le había colocado una rosa roja marchita entre las manos. Cuando enterraron su cuerpo, en las palmas de las manos todavía estaban incrustadas las espinas.

Roma tendría que haber odiado a la Pandilla Escarlata mucho antes de que mataran a su madre, y tendría que haberlos odiado aún más —con una pasión ardiente— después del asesinato de Lady Montagova. Pero no ocurrió así. Después de todo, se trataba de la ley del talión: ojo por ojo, así era como funcionaba la guerra entre clanes. Si él no hubiera lanzado ese primer ataque, ellos no habrían tomado represalias contra su madre. No había forma de trasladar la culpa en un enfrentamiento de tal envergadura. Si había alguien a quien culpar, era a sí mismo. Si había alguien a quien odiar por la muerte de su madre, era a sí mismo.

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