Tiene sentido que los comunistas puedan ser los responsables de la locura, pensó Juliette mientras bajaba las escaleras hacia el primer piso.
¿Pero cómo podrían lograr tal proeza? La guerra civil no era una novedad. Este país pasaba más tiempo sumido en el caos político que en períodos de paz. Pero algo que hacía que personas se desgarraran la garganta estaba ciertamente lejos de cualquier guerra biológica que Juliette hubiera estudiado.
Juliette saltó al último tramo de la escalera.
—¡Hola! —gritó—. ¡Estoy aquí! ¡Pueden hacer la reverencia! —entró en la sala de estar y, con cierto sobresalto, encontró a un extranjero sentado en uno de los sofás. No era el molesto comerciante británico, pero sí era alguien que se parecía mucho, sólo que más joven, más o menos de la edad de ella.
—Me abstendré de hacer la reverencia, si le parece —dijo el extranjero, curvando los labios hacia arriba. Se puso de pie y extendió la mano—. Me llamo Paul. Paul Dexter. Mi padre no podía venir hoy, así que me envió en su lugar.
Juliette ignoró la mano extendida. Pésimos modales de etiqueta , notó de inmediato. Según las reglas de la sociedad británica, una dama siempre tenía el privilegio de ofrecer el apretón de manos. No es que le importara la etiqueta británica, ni cómo la alta sociedad definía lo que era una dama , pero detalles tan minúsculos apuntaban a una falta de formación adecuada, de manera que Juliette archivó esa información en su cabeza.
Y realmente el joven debería haberse inclinado.
—¿Debo asumir que se encuentra aquí por la misma solicitud? —preguntó Juliette, alisándose las mangas del vestido.
—Así es —Paul Dexter retiró la mano sin ningún rencor. Su sonrisa era un cruce entre la de una estrella de Hollywood y la de un payaso sin talento—. Mi padre puede prometerle que tenemos más lernicrom que cualquier otro comerciante que navegue hacia esta ciudad. No encontrará mejores precios en otro sitio.
Juliette emitió un suspiro, esperando a que pasaran unos cuantos primos y tíos que circulaban por la sala de estar. Mientras el grupo pasaba, el señor Li colocó una mano sobre el hombro de la joven y dijo afablemente al visitante.
—Buena suerte, chico.
Juliette le mostró la lengua. El señor Li sonrió, arrugando todo su rostro, luego sacó un pequeño caramelo y extendió su palma para que Juliette lo tomara. Ella ya no era una niña de cuatro años ansiosa de comer dulces hasta que le dolieran las muelas, pero de todos modos lo recibió, introduciendo el caramelo en la boca mientras su tío se alejaba.
—Por favor tome asiento, señor Dexter…
—Llámeme Paul —interrumpió, sentándose en el largo sofá—. Somos una nueva generación de gente moderna y el señor Dexter es mi padre.
Juliette, a duras penas logró reprimir una expresión de desdén. En lugar de hacerlo, mordió con fuerza el caramelo y luego se dejó caer en un sillón perpendicular a Paul.
—Desde hace un buen tiempo admiramos a los Escarlatas —continuó diciendo Paul—. Mi padre tiene grandes esperanzas en una provechosa colaboración.
Un visible estremecimiento recorrió el cuerpo de Juliette ante la familiaridad con la que Paul empleaba el término “Escarlatas”. Como nombre, la Pandilla Escarlata sonaba mucho mejor en chino. Se llamaban a sí mismos hóng bāng, las dos sílabas giraban juntas en un rápido chasquido de vocales. Tal nombre entraba y salía a través de las lenguas Escarlatas como un látigo, y quienes no sabían cómo tratarlos correctamente terminaban siendo aplastados.
—Le daré la misma respuesta que le dimos a su padre —dijo Juliette. Elevó las piernas levemente apoyándolas en el reposabrazos y las capas de su vestido cayeron hacia un lado dejando a la vista parte de sus muslos. Los ojos de Paul siguieron el movimiento. Ella percibió cómo la ceja del joven se movía con la visión de su largo y pálido muslo—. No estamos aceptando nuevas líneas de negocios. Estamos ya bastante ocupados con nuestros clientes actuales.
Paul fingió decepción. Se inclinó hacia delante, como si pudiera persuadirla con el mero contacto visual. Todo lo que logró fue que Juliette notara que no se había cepillado bien para disolver un grumo de gel de su cabellera rubia.
—No sea así —dijo—. He oído decir que hay una empresa rival que podría mostrarse más entusiasmada con la oferta…
—Entonces tal vez lo mejor sea que haga negocios con ellos —sugirió Juliette, enderezándose de repente. Él estaba tratando de que ella lo escuchara con mayor atención sugiriendo que llevaría su propuesta a los Flores Blancas, pero eso a ella le importaba poco. Walter Dexter era un cliente que querían perder—. Me alegra que pudiéramos resolver este asunto tan pronto.
—Espere, no…
—De modo que adiós… —Juliette simuló que estaba pensando—. ¿Peter? ¿Paris?
—Paul —rectificó él con un gesto amargo.
Juliette esbozó una sonrisa, no muy diferente a la expresión disparatada que Rosalind había estado imitando antes.
—Cierto. ¡Adiós!
La joven se puso en pie de un salto y atravesó veloz la sala de estar hacia la entrada principal. En un abrir y cerrar de ojos, sus dedos se habían posado sobre el pesado aldabón y estaba jalando para abrir la puerta, ansiosa por deshacerse del visitante británico.
Paul, en honor a la verdad, se recuperó rápidamente. Se acercó a la puerta e hizo una reverencia.
Por fin, algo de modales .
—Muy bien.
Salió del sitio y ya sobre el porche se dio la vuelta para mirar a Juliette.
—¿Puedo hacer una solicitud, señorita Cai?
—Ya le dije que…
Paul sonrió.
—¿Puedo verla de nuevo?
Juliette cerró de un portazo.
—De ninguna manera.
Roma no estaba teniendo un día en absoluto agradable.
En la hora que llevaba despierto, se había tropezado subiendo las escaleras, había roto su taza predilecta con su té de hierbas favorito y se había golpeado en la cadera contra la mesa de la cocina con tanta brusquedad que se le formó una gigantesca mancha púrpura en el torso. Luego se había visto obligado a inspeccionar la escena de un crimen. Luego había tenido que enfrentarse a la posibilidad de que se tratara de una escena de crimen de proporciones sobrenaturales.
Mientras Roma regresaba al centro de la ciudad bajo los rayos del sol de la tarde, podía sentir que la paciencia que le restaba era increíblemente limitada. Cada silbido de vapor escuchado al pasar sonaba como el ruido que hacía su padre con la boca cuando se enfadaba, y cada crujido del cuchillo usado por un carnicero le hacía pensar en un tiroteo.
Por lo general, Roma adoraba el ajetreo que rodeaba su hogar. Deliberadamente, tomaba las rutas largas para entrar y salir de los puestos de venta, dando así un vistazo a los bultos de vegetales cultivados en granjas que muchas veces se apilaban hasta superar la altura de su vendedor. Solía hacer muecas a los peces mientras inspeccionaba las condiciones de sus pequeños y desaseados tanques. Si no tenía prisa alguna, recibía dulces de todos los vendedores que los ofrecían a la venta, llevándoselos a la boca a medida que avanzaba, de tal manera que solía emerger de los mercados con los dientes adoloridos y los bolsillos vacíos.
El mercado al aire libre era uno de sus más grandes aficiones. Pero hoy no pasaba de ser una irritación sobre un sarpullido que ya comenzaba a ser viral.
Roma se agachó por debajo de las cuerdas para tender ropa dispuestas en el estrecho callejón que conducía al bloque de viviendas central de los Montagov. Tanto el agua limpia como la sucia goteaban intensamente, formando grandes charcos sobre el pavimento: transparentes si estaban debajo de un vestido empapado, y negros y fangosos si estaban debajo de una tubería a medio instalar.
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