Chloe Gong - Placeres violentos

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«Me criaron para odiar, Roma. Nunca podría ser tu amante, sólo tu asesina. »Una antigua guerra de sangre entre dos bandas baña las calles de rojo, dejando a la ciudad indefensa ante las garras del caos. En el centro de esta disputa se halla Juliette Cai, la orgullosa heredera de la Pandilla Escarlata, una red de gánsteres que opera por encima de la ley. Sus únicos rivales son los criminales rusos que integran la Banda de las Flores Blancas; detrás de cada movimiento está su heredero: Roma Montagov, el primer amor de Juliette… y su primera traición.Pero cuando la población parece ser poseída por una locura que la hace desgarrar su propia garganta hasta morir, comienza a correr el rumor acerca de un contagio provocado por un monstruo oculto en las sombras. A medida que las muertes se acrecientan, Juliette y Roma deberán dejar sus rencores de lado y trabajar unidos antes de que la ciudad que ansían dominar desaparezca por completo.« Romeo y Julieta se transforma magistralmente de una historia de amor maldito adolescente a una mezcla emocionante de intriga política, horror, misterio trepidante y, sí, romance, en una ciudad que se convierte en un personaje por derecho propio.»
BCCB« Esta novela se sitúa entre las mejores reinterpretaciones de historias clásicas de la literatura juvenil.»
School Library Journal«"El Bardo" aprobaría con toda seguridad esta novela.»
The New York Times Review« Una lectura obligada con una conclusión que dejará a los lectores con ganas de más.»
Kirkus Reviews

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—¿Podríamos mejor echar un vistazo a esto? —interrumpió Roma.

—Ah —Lourens giró hacia su mesa de trabajo. Sin preocuparse por la cuestión crucial de la higiene, extendió los dedos y tocó los insectos, sus ojos cansados parpadeando en estado de confusión—. ¿Qué es lo que estoy examinando?

—Los encontramos en la escena de un crimen —dijo Roma cruzándose de brazos, metiendo los dedos temblorosos en la tela del saco de su traje— donde siete hombres perdieron la razón y se degollaron con sus propias manos.

Lourens no reaccionó ante la gravedad de tal declaración. Sólo jaló su barba unas cuantas veces más, frunciendo las cejas hasta que se convirtieron en una sola forma larga y peluda sobre su frente.

—¿Crees que estos insectos indujeron a que los hombres se desgarraran sus propias gargantas?

Roma intercambió una mirada con Benedikt y Marshall. Los dos se encogieron de hombros.

—No lo sé —admitió Roma—. Esperaba que pudieras decírmelo. Confieso que no puedo imaginar por qué otra razón encontraríamos insectos en la escena del crimen. La única otra teoría que tenemos es que un monstruo podría haber emergido del río Huangpu y haberlos inducido a la locura.

Lourens soltó un suspiro. Si hubiera venido de otra persona, Roma podría haber sentido una punzada de irritación, una indicación de que no lo estaban tomando en serio a pesar de la trascendencia de su solicitud. Pero Lourens suspiraba cuando estaba preparando su té y suspiraba cuando estaba abriendo sus cartas. Roma había sido testigo por suficiente tiempo del temperamento de Lourens van Dijk para saber que éste era simplemente su estado neutral.

Lourens volvió a tocar un insecto. Esta vez retiró el dedo rápidamente.

—Ah… oh . Eso es interesante.

—¿Qué? —Roma exigió—. ¿Qué es interesante?

Lourens se alejó sin responder, arrastrando los pies. Examinó su estante, luego murmuró algo en voz baja en holandés. Sólo cuando tomó un encendedor, una cosa pequeña de color rojo, respondió:

—Le mostraré.

Benedikt contrajo el rostro, agitando silenciosamente un brazo en el aire:

¿Por qué este tipo es así? —murmuró muy quedo.

Déjalo divertirse —murmuró Marshall a su vez.

Lourens regresó cojeando. Extrajo una caja de Petri de un cajón debajo de la mesa de trabajo y con delicadeza recogió tres de los insectos muertos, dejándolos caer sobre el cristal uno tras otro.

—Probablemente debería usar guantes —dijo Benedikt.

—Silencio —atajó Lourens—. No lo notó usted, ¿verdad?

Benedikt contrajo de nuevo el rostro, como si estuviera masticando un limón. Roma reprimió un atisbo de sonrisa que amenazaba con aparecer en sus labios y rápidamente colocó una mano en el codo de su primo a modo de advertencia.

—¿Notar qué? —preguntó, cuando estuvo seguro de que Benedikt permanecería callado.

Lourens se apartó de la mesa de trabajo y caminó hasta quedar al menos a diez pasos de distancia de los visitantes.

—Vengan aquí.

Roma, Benedikt y Marshall lo siguieron. Observaron cómo Lourens prendía el encendedor, observaron cómo dirigía la llama al insecto en el centro de la caja de Petri, sosteniendo la ardiente luz anaranjada hacia el insecto hasta que éste comenzó a resecarse: el exoesqueleto estaba reaccionando a los estímulos incluso después de la muerte.

Pero estaba sucediendo algo de lo más extraño: los otros dos insectos a cada lado del que empezaba a arder también se estaban quemando, resecándose y brillando con el calor. A medida que el insecto de enmedio se enroscaba más y más, ardiendo con el fuego, los que estaban a ambos lados hacían exactamente lo mismo.

—Poderoso encendedor el que tiene usted —comentó Marshall.

Lourens apagó la llama. En seguida caminó hacia la mesa de trabajo, con un paso veloz del que Roma no habría creído que fuera capaz, y colocó la caja de Petri sobre el resto de las docenas de insectos que seguían en la superficie de madera.

—No es el encendedor el qué lo produce, mi amigo.

Dirigió hacia abajo el encendedor. Esta vez, cuando el insecto debajo de la llama se puso rojo ardiente y se enroscó, también lo hicieron todos los insectos colocados sobre la mesa: de una manera brutal, repentina, Roma estuvo a punto de un ataque de pánico al pensar por un instante que estaban cobrando vida.

Benedikt dio un paso atrás. Marshall se llevó la mano a la boca.

—¿Cómo puede ser posible? —inquirió Roma atónito—. ¿Cómo es esto posible?

—La distancia es determinante aquí —dijo Lourens—. Incluso en la muerte, la acción de un insecto está determinada por los otros que están cerca. Es posible que no tengan voluntad propia. Es posible que actúen como un solo individuo, cada uno de estos insectos que permanecen vivos.

—¿Qué significa esto? —presionó Roma —. ¿Son ellos los responsables de la muerte de aquellos hombres?

—Quizá, pero es difícil asegurarlo —Lourens dejó a un lado la caja de Petri y se frotó los ojos. Pareció dudar, lo cual era algo terriblemente inesperado y, por la razón que fuera, provocó que un vacío comenzara a crecer en el estómago de Roma. En los años en que Roma había conocido al anciano científico, Lourens siempre decía lo primero que se le venía a la mente, sin prestar la menor atención al decoro.

—Suéltalo de una buena vez —lo instó Benedikt.

El científico dejó salir un suspiro grande, muy largo.

—Éstas no son criaturas orgánicas —dijo—. Sea lo que sean estas cosas, no fueron creadas por Dios.

Y cuando Lourens se santiguó, Roma finalmente comprendió la naturaleza sobrenatural de aquello con lo que estaban lidiando.

Cinco

La luz del sol del mediodía entraba a raudales por la ventana del dormitorio de Juliette. A pesar del brillo, hoy el día estaba fresco, uno de esos fríos que alentaba a las rosas del jardín a enderezarse un poco más, como si no pudieran permitirse perder un solo segundo del calor que se filtraba a través de las nubes.

—¡No puedo creer lo de Tyler —Juliette fumaba al tiempo que se paseaba por su habitación—. ¿Quién se cree que es? ¿Ha estado intimidando a todo mundo durante los últimos cuatro años?

Rosalind y Kathleen arrugaron el rostro desde la cama de Juliette, donde Rosalind estaba trenzando el cabello de Kathleen. El gesto equivalía a una confirmación.

—Tyler no tiene influencia real en la pandilla —intentó apaciguarla Kathleen—. No te preocupes por él… ¡ ayay , Rosalind!

—Deja de moverte y tal vez no me vea obligada a hacerlo tan fuerte —respondió Rosalind en un tono plano—. ¿Quieres que te haga dos trenzas idénticas o prefieres dos trenzas desi­guales?

Kathleen se cruzó de brazos, resoplando. Lo que fuera que estuviera diciendo a Juliette hacía un momento ahora parecía completamente olvidado.

—Ya verás cuando aprenda a trenzar mi cabello. Entonces dejarás de tener poder sobre mí.

—Llevas cinco años dejándote crecer el cabello, mèimei. Simplemente admite que te parece que mi estilo de trenzado es superior.

En ese momento, se oyó un leve sonido justo afuera de la puerta del dormitorio. Juliette frunció el ceño y escuchó con atención mientras Kathleen y Rosalind continuaban en lo suyo, sin indicios de que hubieran escuchado el mismo ruido.

—Por supuesto que tu estilo de trenzado es superior. Mientras estabas aprendiendo a arreglarte con estilo y a comportarte como una dama, yo aprendía a ejecutar un swing de golf y a estrechar manos de forma impetuosa.

que los tutores eran unos idiotas llenos de prejuicios en lo concerniente a tu educación. Pero lo único que te pido ahora es que dejes de retorcerte

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