Chloe Gong - Placeres violentos

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«Me criaron para odiar, Roma. Nunca podría ser tu amante, sólo tu asesina. »Una antigua guerra de sangre entre dos bandas baña las calles de rojo, dejando a la ciudad indefensa ante las garras del caos. En el centro de esta disputa se halla Juliette Cai, la orgullosa heredera de la Pandilla Escarlata, una red de gánsteres que opera por encima de la ley. Sus únicos rivales son los criminales rusos que integran la Banda de las Flores Blancas; detrás de cada movimiento está su heredero: Roma Montagov, el primer amor de Juliette… y su primera traición.Pero cuando la población parece ser poseída por una locura que la hace desgarrar su propia garganta hasta morir, comienza a correr el rumor acerca de un contagio provocado por un monstruo oculto en las sombras. A medida que las muertes se acrecientan, Juliette y Roma deberán dejar sus rencores de lado y trabajar unidos antes de que la ciudad que ansían dominar desaparezca por completo.« Romeo y Julieta se transforma magistralmente de una historia de amor maldito adolescente a una mezcla emocionante de intriga política, horror, misterio trepidante y, sí, romance, en una ciudad que se convierte en un personaje por derecho propio.»
BCCB« Esta novela se sitúa entre las mejores reinterpretaciones de historias clásicas de la literatura juvenil.»
School Library Journal«"El Bardo" aprobaría con toda seguridad esta novela.»
The New York Times Review« Una lectura obligada con una conclusión que dejará a los lectores con ganas de más.»
Kirkus Reviews

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Un largo e irritado bramido devolvió la atención de Roma al presente.

—Sabes muy bien que tú mismo elegiste venir hoy —dijo con brusquedad a su acompañante, girando y protegiéndose los ojos de la luz que se reflejaba en el río.

Marshall Seo se limitó a sonreír, finalmente satisfecho ahora que había llamado la atención de Roma. En lugar de replicar con una burla, Marshall metió las manos en los bolsillos de sus pantalones cuidadosamente planchados y de la forma más casual cambió el tema, pasando en el acto del ruso al veloz y estridente coreano. Roma logró pescar algunas palabras aquí y allá: “ sangre” , y “repulsivo” y “ policía” , pero el resto se le había escapado, consecuencia de las lecciones a las que no había querido asistir cuando era más joven.

—Mars —interrumpió Roma—. Vas a tener que cambiar de idioma. Hoy no tengo el cerebro afinado para traducir.

En respuesta, Marshall continuó con su diatriba. Sus manos gesticulaban con su habitual vigor y entusiasmo, moviéndose al ritmo que hablaba, una sílaba superponiéndose a la anterior hasta que Roma no estaba muy seguro de si Marshall seguía usando su lengua materna o simplemente hacía ruidos para expresar su frustración.

—La idea en términos generales es que aquí huele a pescado —suspiró una tercera voz, más calmada y agotada que la anterior a unos pocos pasos de distancia—, pero es mejor que no sepas el tipo de analogías que está utilizando para establecer la comparación.

La traducción vino de parte de Benedikt Montagov, primo de Roma y quien aquel día completaba ese trío de Flores Blancas. Por lo general, su cabellera rubia se podía encontrar inclinada hacia la cabeza morena de Marshall, enfrascados ambos en conspirar alguna acción para ayudar en la próxima tarea de Roma. En ese momento su atención estaba centrada en examinar una pila de cajas tan alta como él. Estaba tan concentrado que no se movía, únicamente sus ojos escudriñaban de izquierda a derecha.

Roma se cruzó de brazos.

—Agradezcamos que huele a pescado y no a cadáver.

Su primo soltó un gruñido, pero salvo eso no reaccionó. Benedikt era así. Siempre parecía a punto de explotar por alguna razón, pero nunca traslucía nada por muy cerca que pareciera del estallido. La gente de la calle lo describía como la versión descafeinada de Roma, algo que Benedikt acogía sin enfado únicamente porque tal asociación con Roma, sin importar cuán despectiva, le confería poder. Quienes lo conocían mejor pensaban que tenía dos cerebros y dos corazones. Siempre estaba sintiendo demasiado, pero pensaba el doble de rápido: una granada modestamente cargada, sujetando su propio detonador cada vez que alguien trataba de activarla.

Marshall no tenía el mismo control. Marshall Seo era un tipo de dos toneladas, explosivo y furioso.

Finalmente se había detenido con sus comparaciones a pescado, al menos, y se había agachado repentinamente junto al agua. Marshall siempre se movía así, como si el mundo estuviera a punto de terminar y él necesitara ejecutar tantos movimientos como fuera posible. Desde que Marshall se había visto envuelto en un escándalo que involucraba a otro chico y un armario oscuro, había aprendido a golpear primero y golpear rápido, contrarrestando las habladurías que lo seguían con una sonrisa de gato de Cheshire en el rostro. Si era más duro que los otros, no podría ser derrotado. Si era más despiadado, entonces nadie podría juzgarlo sin sentir miedo a que un cuchillo terminara presionándole la garganta.

—Roma.

Benedikt hizo un gesto con la mano y Roma se acercó a su primo, esperando que hubiera encontrado algo. Después de la noche anterior, los cadáveres habían sido removidos y enviados a la morgue local para su almacenamiento, pero la escena del crimen, salpicada de sangre, permanecía inalterada. Roma, Marshall y Benedikt necesitaban entender por qué cinco de sus hombres, un miembro de los Escarlatas y un oficial de policía británico se destrozarían sus propias gargantas, sólo que la escena del crimen estaba tan escasa de pistas que obtener respuestas parecía una causa perdida.

—¿Qué sucede? —Roma preguntó—. ¿Encontraste algo?

Benedikt miró hacia arriba:

—No.

Roma acusó una nueva decepción.

—Esta es la segunda vez que registramos la escena de esquina a esquina —prosiguió Benedikt—. Creo que hemos hecho todo lo que estaba a nuestro alcance: no puede haber nada que hayamos pasado por alto.

Pero además de examinar la escena del crimen, ¿qué más podían hacer para entender a qué se debía esta locura? No había nadie a quien preguntar, ni testigos a los que interrogar, ni historias personales que reconstruir. Cuando no había autor de un crimen, cuando las víctimas se hacían algo tan terrible a sí mismas, ¿cómo se suponía que se encontrarían respuestas?

Junto al agua, Marshall suspiró con exasperación, apoyando el codo en la rodilla y la cabeza en el puño.

—¿Escuchaste acerca de un supuesto segundo incidente anoche? —preguntó, cambiando ahora a la lengua china—. Se oyen rumores, pero hasta ahora no he recibido algo concluyente.

Roma fingió encontrar algo de especial interés en las grietas del suelo. No pudo contener una mueca cuando comentó:

—Los rumores son ciertos. Resulta que yo estaba allí.

—¡Oh, excelente! —Marshall se incorporó de un salto y juntó las manos—. Bueno, no tan excelente para la víctima, ¡pero excelente para nosotros! En lugar de seguir aquí, revisemos la nueva escena y esperemos que ofrezca más información que esta maloliente y…

—No podemos —interrumpió Roma—. Ocurrió en territorio Escarlata.

Marshall dejó de agitar los puños, desanimado. Benedikt, por otro lado, miraba con curiosidad a su primo.

—¿Y cómo es que fuiste a parar a territorio Escarlata? —preguntó. Y además no nos llevaste contigo, era la adición tácita al final de su pregunta.

—Mi padre me envió a obtener respuestas de los Escarlatas —replicó Roma. Eso era una verdad a medias. De hecho, Lord Montagov había enviado a Roma con la orden de determinar qué sabían los Escarlata. Caminar hasta el club burlesque había sido por decisión propia.

Benedikt arqueó una ceja.

—¿Y obtuviste respuestas?

—No —Roma desvió la mirada—. Juliette no sabía nada.

Una explosión repentina resonó con fuerza en la relativa calma del malecón. Benedikt accidentalmente había dado un codazo a las cajas, causando que la superior de la pila cayera al suelo y se astillara en docenas de trozos de madera.

—¿Juliette? —Benedikt exclamó.

—¿Juliette regresó? —preguntó Marshall.

Roma permaneció en silencio, sus ojos todavía oteando la orilla del río. Un dolor comenzaba a gestarse en su cabeza, una tensión aguda que palpitaba cada vez que exploraba sus recuerdos. El simple hecho de decir su nombre ya era doloroso.

Juliette .

Aquí era donde la había conocido. Mientras los trabajadores iban y venían con trapos sucios metidos en los bolsillos, que sacaban de vez en cuando para limpiar la mugre que se acumulaba en sus dedos, dos herederos de distintas familias casi todos los días estaban aquí ocultos, aunque a la vista de todos, divirtiéndose con un juego de canicas.

Roma apartó las imágenes. Sus dos amigos desconocían aquello que había sucedido, pero sabían que algo había sucedido. Recordaban que en una época su padre había confiado en Roma tanto como es posible confiar en un hijo, y de un momento a otro había pasado a ser visto con el mismo recelo con el que se trata al enemigo. Roma recordaba las miradas, las miradas intercambiadas entre los presentes cuando Lord Montagov lo interrumpía, lo insultaba, lo golpeaba en la cabeza ante la más pequeña infracción. Todos los Flores Blancas percibieron el cambio, pero nadie se atrevía a expresarlo en voz alta. Se convirtió en algo que se aceptaba en silencio, algo que generaba preguntas, pero sobre lo cual no se hablaba. Roma tampoco lo mencionaba nunca. Debía aceptar esta nueva tensión, o arriesgarse a que se agudizara aún más la confrontación. Ya habían pasado cuatro años de estar en una delicada cuerda floja. Mientras no corriera más rápido de lo que se le pedía, no perdería su precaria posición sobre el resto de los Flores Blancas.

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