—Juliette regresó —confirmó Roma en voz baja. Apretó los puños. Su garganta se contrajo. Tomó aire, apenas capaz de exhalar palabra en medio del escalofrío que le consumía el pecho.
Todas las historias abominables que había escuchado, todas las historias que cubrían Shanghái como una densa niebla de terror, inyectadas directamente en los corazones de quienes estaban fuera de la protección de la Pandilla Escarlata: había esperado que fueran mentiras, que no fueran más que propaganda que pretendía envenenar la fuerza de voluntad de los hombres que querían hacerle daño a Juliette Cai. Pero había encarado a Juliette la noche anterior por primera vez en cuatro años. La había mirado a los ojos y, en ese instante, sintió la verdad de esas historias como si un poder superior le hubiera abierto la cabeza y acomodado los pensamientos en su mente con toda intención.
Asesina. Violenta. Implacable. Todas esas características y más, eso era lo que ella era ahora.
Y lamentó lo que ella había perdido. Habría querido no hacerlo, pero lo hizo; le dolía saber que la liviandad de su juventud se había ido para siempre, que la Juliette que recordaba llevaba mucho tiempo extinta. Le dolía aún más pensar que, aunque él había dado el golpe final, durante estos cuatro años había seguido soñando con ella, con la Juliette cuya risa había reverberado a lo largo de la orilla del río. Era inquietante. Había enterrado a Juliette como un cadáver bajo las tablas del piso, contento de vivir con los fantasmas que le susurraban en sueños. Verla de nuevo fue como encontrar el cadáver bajo las tablas del piso no sólo para verla resucitar, sino para ver como ella le apuntaba con un arma directo a la cabeza.
—Oye, ¿qué es esto?
Benedikt empujó a un lado un trozo de la caja que había roto, levantó algo del suelo y lo sostuvo en sus manos. Se llevó los dedos a la nariz y echó un vistazo antes de gritar de asco, sacudiendo una sustancia polvorienta de sus palmas. Intrigados por la escena, Roma se arrodilló y Marshall se acercó rápidamente, ambos aguzando la mirada ante lo que Benedikt había encontrado, sumidos en un gran desconcierto. Pasó un minuto antes de que alguien hablara.
—¿Esos son… insectos muertos? —preguntó Marshall. Se rascó la barbilla, incapaz de explicar la presencia de aquellas pequeñas criaturas esparcidas en la caja. No se parecían a ningún insecto que alguno de los tres hubiera visto antes. Cada criatura tenía el cuerpo dividido en tres segmentos y mostraba seis patas, pero eran de una forma muy extraña; tenían el tamaño de la uña de un niño y su tono era de un negro muy oscuro.
—Mars, revisa las otras cajas —ordenó Roma—. Benedikt, dame tu mochila.
Con una mueca, Benedikt le entregó su mochila y observó con repugnancia cómo Roma recogía algunos de los insectos y los acomodaba junto a sus lápices y libretas. No había alternativa: Roma necesitaba llevárselos para una inspección más detallada.
—No hay nada aquí —informó Marshall, en cuanto rompió la tapa de la segunda caja. Lo vieron ocuparse del resto de ellas. Cada caja era sacudida a fondo y golpeada unas cuantas veces, pero no aparecieron más insectos.
Roma levantó la vista hacia el cielo.
—Esa caja en la parte superior —dijo—. Estaba abierta antes de que tú la tocaras, ¿no es así?
Benedikt frunció el ceño.
—Supongo que sí —respondió—. Los insectos podrían haberse arrastrado dentro…
En ese momento un repentino estallido de voces que hablaban chino a la vuelta de la esquina, sobresaltó a Roma lo suficiente como para dejar caer la mochila de Benedikt. Giró sobre sus talones y se encontró con la mirada de su primo, luego miró a la postura combativa que Marshall había adoptado de inmediato.
—¿Escarlatas? —preguntó Marshall.
—No necesitamos quedarnos para averiguarlo —dijo Benedikt en el acto. Antes de que Marshall pudiera reaccionar, le dio al otro joven un fuerte empujón. La sorpresa de Marshall lo había llevado a tropezar con el borde del malecón, tambaleándose una y otra vez antes de caer, ¡aterrizando sobre el agua con un silencioso plunc ! Roma no alcanzó a pronunciar una sola palabra de protesta antes de que su primo también cargara contra él , causando que ambos cayeran al río Huangpu, justo antes de que las animadas voces doblaran la esquina y alcanzaran el malecón.
Una turbia oscuridad y destellos de luz solar rodearon a Roma. Se había dejado caer al agua silenciosamente guiado por Benedikt, pero ahora hacía tanto ruido como los latidos de su corazón, sus brazos se agitaban frenéticamente en su prisa por orientarse entre las olas. ¿Estaba hundiéndose más o subía a la superficie? ¿Estaba boca arriba o boca abajo, a punto de alcanzar tierra firme o a punto de hundirse en el río para no ser visto nunca más?
Una mano le golpeó el rostro. Los ojos de Roma se abrieron de golpe.
Benedikt estaba nadando frente a él, el cabello flotando en mechones cortos alrededor del rostro. Cruzó un furioso dedo sobre los labios de Roma para pedir silencio y luego lo tomó del brazo, nadando hasta que estuvieron debajo del malecón. Marshall ya estaba flotando allí, después de haber ubicado la cabeza en los pocos centímetros de espacio respirable entre la parte inferior del malecón y el ondulante río. Roma y Benedikt hicieron lo mismo, tomaron aire lo más silenciosamente posible para recuperar el aliento y luego presionaron sus oídos contra los paneles del malecón. Podían escuchar las voces de los Escarlatas arriba de ellos, hablando de un Flor Blanca al que acababan de golpear hasta dejar casi muerto, huyendo sólo en el momento en que un grupo de policías pasó por allí. Los Escarlatas que allí estaban no se detuvieron ni notaron la mochila que Roma había dejado caer. Estaban demasiado concentrados en su euforia, atrapados en las secuelas que producía la sed de sangre de la guerra entre clanes. Sus voces se hicieron terriblemente ruidosas antes de desvanecerse de nuevo, continuando sus caminos sin reparar en los tres Flores Blancas ocultos en el agua debajo de ellos.
Tan pronto como se alejó el grupo de los Escarlatas, Marshall se acercó y golpeó a Benedikt en la cabeza.
—No tenías por qué haberme empujado —gruñó con enojo Marshall—. ¿Escuchaste lo que decían? Podríamos haber luchado contra ellos. Ahora estoy empapado en lugares donde ningún hombre debería estarlo.
Mientras Benedikt y Marshall comenzaban a discutir acaloradamente, los ojos de Roma se pasearon por el lugar, escrutando la parte inferior del malecón; con el sol brillando a través de las rendijas de la plataforma, la luz revelaba todo tipo de moho y suciedades que se acumulaban en grumos. Después condujo la mirada de Roma hacia… lo que parecía ser un zapato, flotando en el agua y golpeteando contra el lado interior del malecón.
Roma lo reconoció.
—Dios mío —exclamó. Nadó hacia el zapato y lo sacó fuera del agua, sosteniéndolo como un trofeo—. ¿Saben qué significa esto?
Marshall miró fijamente el zapato, lanzándole a Roma una mirada bastante elocuente sin necesidad de pronunciar palabra.
—¿Que el río Huangpu está cada vez más contaminado?
A estas alturas, Benedikt se estaba hastiando de flotar en la porquería bajo el malecón y dio unas brazadas para salir de allí. Marshall lo siguió velozmente; Roma, recordando de pronto que ahora era seguro salir a la superficie, se apresuró a hacer lo mismo, y cuando nuevamente estuvo de pie golpeó con las manos el lado seco del malecón flotante y sacudió el agua de sus pantalones.
—Esto —dijo Roma, señalando el zapato—, pertenecía al hombre que murió en territorio Escarlata. Él también estuvo aquí. —Roma agarró la mochila de Benedikt y acomodó dentro el zapato—. Vamos. Yo sé dónde…
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