—Oigan, oigan, silencio —susurró velozmente Juliette y cruzó con firmeza un dedo sobre sus labios. Había escuchado pasos. Pasos que se habían detenido, probablemente con la esperanza de captar fragmentos sueltos de alguna conversación.
Mientras que la mayoría de las mansiones de los jefes de renombre se asentaban a lo largo de la calle Bubbling Well en el centro de la ciudad, la casa Cai se ubicaba discretamente en el propio límite de Shanghái; era un esfuerzo por evitar los ojos vigilantes de los extranjeros que ahora gobernaban la ciudad, y a pesar de su singular ubicación, era el centro de actividades de la Pandilla Escarlata. Cualquiera que tuviera importancia en la red podía llegar a tocar esta puerta cuando dispusiera del tiempo, a pesar de que los Cai poseían innumerables residencias más pequeñas en el corazón de la ciudad.
En medio del silencio, volvieron a sonar unos pasos, que ahora avanzaban. Es verdad que importaba poco si las criadas, las tías y los tíos pasaran a cada minuto intentando escuchar a escondidas: Juliette, Rosalind y Kathleen siempre hablaban en un veloz inglés cuando estaban solas las tres, y muy pocas personas en la casa tenían la capacidad lingüística para actuar como espías. Aun así, era algo irritante.
—Creo que ya se fueron —dijo Kathleen después de un rato—. De todos modos, antes de que Rosalind me distrajera —le lanzó a su hermana una fingida mirada de ira para dar énfasis a sus palabras—, mi punto era que Tyler no es otra cosa que un simple fastidio. Déjenlo decir lo que quiera. La Pandilla Escarlata es lo suficientemente fuerte como para dejarlo al margen.
Juliette suspiró profundamente.
—De todos modos me preocupa —se acercó a las puertas de su balcón. Cuando apoyó los dedos sobre el cristal, el calor de su piel empañó la superficie que de inmediato se convirtió en pequeños puntos: cinco puntos idénticos donde había dejado su marca—. No llevamos un registro formal, pero las bajas a raíz de la guerra entre clanes siguen en aumento. Ahora, con la aparición de esta extraña locura, ¿cuánto tiempo pasará antes de que nos quedemos sin la suficiente cantidad de integrantes para seguir operando?
—Eso no va a pasar —aseguró Rosalind, terminando las trenzas—. Shanghái está bajo nuestro control.
—Shanghái estaba bajo nuestro control —la interrumpió su hermana. Kathleen soltó un bufido y señaló un mapa de la ciudad que Juliette había desplegado sobre su escritorio—. Ahora los franceses controlan la Concesión Francesa. Los británicos, los estadounidenses y los japoneses tienen el Asentamiento Internacional. Y nosotros estamos luchando contra los Flores Blancas por un dominio estable en el resto del mapa, lo cual es una hazaña en sí misma considerando las pocas zonas en manos de los chinos que han quedado…
—Ay, déjalo ya —Rosalind soltó un gemido, fingiendo que estaba a punto de sufrir un desmayo. Juliette tuvo que reprimir una risita cuando Rosalind se pasó una mano por la frente y se dejó caer de nuevo en la cama—. Has estado escuchando demasiada propaganda comunista.
Kathleen frunció el ceño.
—No es verdad.
—Al menos admite que tienes simpatías comunistas, no lo niegues.
—No están equivocados —replicó Kathleen—. Esta ciudad ya dejó de ser china.
—¿Y a quién le importa ? —Rosalind de repente lanzó una patada, usando el impulso para incorporarse, sentándose tan rápido que su cabello recién peinado le rozó los ojos—. Toda fuerza armada en esta ciudad tiene una lealtad ya sea hacia la Pandilla Escarlata o hacia los Flores Blancas. Es ahí donde reside el poder. No importa cuánta tierra perdamos ante los extranjeros, los gánsteres son la fuerza más poderosa en esta ciudad, no los blancos llegados del extranjero.
—Hasta que los blancos llegados del extranjero comiencen a desplegar su propia artillería —murmuró Juliette. Se alejó de las puertas del balcón y caminó de regreso hacia su tocador, deteniéndose junto al sillón largo. Casi sin pensarlo, extendió la mano, pasando el dedo por el borde del jarrón de cerámica que estaba junto a sus cosméticos. Allí solía haber un jarrón chino azul y blanco, pero las rosas rojas no combinaban con los espirales de porcelana, por lo que se había hecho el cambio por un diseño occidental.
Habría sido mucho más fácil si los Escarlatas hubieran expulsado a los extranjeros, los hubieran ahuyentado con plomo y amenazas de muerte en el momento en que sus barcos y sus artículos de lujo atracaron en El Bund. Incluso ahora, los gánsteres todavía podían unir fuerzas con los extenuados trabajadores de las fábricas y apoyar sus boicots. Juntos, si así lo quisiera la Pandilla Escarlata, podrían desplazar a los extranjeros… pero no lo harían. La Pandilla Escarlata se estaba beneficiando enormemente. Necesitaban esta inversión, esta economía, esas carretadas de dinero que llenaban sus arcas y los mantenían a flote.
A Juliette le dolía pensar en ello. En su primer día después de regresar, se detuvo frente al Jardín Público, vio un letrero que decía NO SE ADMITEN CHINOS y comenzó a reír. ¿Quién en su sano juicio prohibiría a los chinos entrar en un espacio dentro de su propio país? Sólo más tarde comprendió que no se trataba de una broma. Los extranjeros realmente se consideraban lo suficientemente poderosos para hacer cumplir sus reglas en los espacios que estaban reservados para la Comunidad Extranjera , razonando que los fondos extranjeros que invertían en los parques recién construidos y en los bares clandestinos recién abiertos justificaban su dominio.
A cambio de riquezas temporales, los chinos estaban permitiendo que los extranjeros dejaran marcas permanentes en su tierra, y los extranjeros estaban sintiéndose cada vez más cómodos con su nueva posición. Juliette temía que las cosas dieran un vuelco por completo algún día, y que la Pandilla Escarlata comprendiera de repente que se había quedado al margen de todo.
—¿Pero qué te pasa?
Juliette volvió de pronto al momento presente, usando el espejo de tocador para mirar a Rosalind.
—¿Qué?
—Por tu expresión parecía que estuvieras planeando un asesinato.
Se escuchó un golpe en la puerta del dormitorio de Juliette antes de que ella pudiera responder, lo que la obligó a voltear por completo. Ali, una de las criadas, abrió la puerta y apareció en el umbral, pero se quedó inmóvil, renuente a dar un paso al interior del recinto. Ninguno de los integrantes del personal de la casa sabía cómo tratar con Juliette. Ella era demasiado atrevida, demasiado descarada, demasiado occidental, mientras que ellos eran demasiado nuevos, demasiado inseguros, nunca estaban cómodos. El personal doméstico rotaba todos los meses por motivos prácticos. Esto le evitaba a los Cai conocer sus historias, sus vidas, sus relatos personales. En un abrir y cerrar de ojos, su mes de trabajo había concluido y se les indicaba la puerta de salida por su propia seguridad, cortando así los lazos que habrían unido a Lord y Lady Cai con un creciente número de personas.
—Xiăojiĕ, hay un visitante abajo —dijo Ali en voz baja.
No siempre había sido así. Tiempo atrás, habían tenido un grupo de personas fijas que se encargaba del trabajo doméstico y que se mantuvo durante los primeros quince años de vida de Juliette. Alguna vez, Juliette contó con la compañía de una niñera, a quien llamaba Nana y Nana arropaba a Juliette y le contaba las historias más conmovedoras de tierras desérticas y bosques exuberantes.
Juliette extendió la mano y sacó una rosa roja del jarrón. En el momento en que cerró las manos alrededor del tallo, las espinas le pincharon la palma, pero a duras penas sintió la punzada, incapaz de hacer mella en los callos que protegían su piel, de penetrar en los años que había pasado endureciendo cualquier parte de su ser que podría considerarse “delicada”.
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