Al principio Juliette no lo había entendido. Cuatro años atrás, mientras se encontraba de rodillas en los jardines, recortando sus rosales con unos gruesos guantes que le cubrían las manos, no había comprendido por qué la temperatura a su alrededor había subido tan intensamente, por qué sonaba como si todo el terreno de la mansión Cai se hubiera estremecido con… una explosión .
Le rechinaban los oídos: primero con los remanentes de ese horrible y fuerte sonido, luego con los gritos, el pánico y los lamentos que llegaban desde la parte trasera, donde estaba la casa que ocupaban los sirvientes. Cuando se apresuró a acercarse, vio escombros. Vio una pierna. Un charco de sangre. Alguien había estado de pie justo en el umbral de la puerta principal cuando el techo se derrumbó. Alguien con un vestido que se parecía a los que usaba Nana, con la misma tela de la que Juliette siempre jalaba cuando era niña, porque era lo único que lograba alcanzar con sus manos para llamar la atención de Nana.
En el camino hacia la casa de los sirvientes quedó una única flor blanca. Cuando Juliette se quitó los guantes y la recogió, con los oídos zumbando y la mente completamente aturdida, sus dedos encontraron una nota pegada con alfileres, escrita en ruso, en letra cursiva, sangrando con tinta cuando la desdobló.
Mi hijo envía sus saludos .
Ese día fueron transportados tantos cuerpos al hospital. Cadáveres sobre cadáveres. Los Cai habían estado siendo mesurados, pacíficos, habían decidido paliar el odio ancestral cuya causa se había ido olvidando con el paso del tiempo; entonces conocieron a dónde los había conducido su manera de actuar: a la muerte llevada directamente a la puerta de su casa. A partir de ese acontecimiento, la Pandilla Escarlata y los Flores Blancas comenzaron a intercambiar disparos en cuanto se veían, protegiendo y defendiendo los límites territoriales como si su honor y reputación dependieran de ello.
—¿Xiăojiĕ?
Juliette cerró los ojos con fuerza, dejó caer la rosa y se pasó una mano fría por la cara hasta que logró difuminar todos los recuerdos que amenazaban con hacer erupción. Cuando volvió a abrir los ojos, su mirada estaba apagada, desinteresada mientras se inspeccionaba las uñas.
—¿Y? —dijo ella—. No atiendo a los visitantes. Busca a mis padres.
Ali se aclaró la garganta y luego pasó las manos por el áspero dobladillo de su blusa de botones.
—Sus padres están fuera. Entonces puedo ir a buscar a Cai Tailei…
—No —contestó Juliette con rudeza. De inmediato lamentó el tono de voz empleado al ver la expresión mortificada de la criada. De todo el personal de la casa, Ali era la única que trataba a Juliette con el mínimo nivel de precaución. No merecía recibir sus gritos.
Juliette intentó sonreír.
—Deja tranquilo a Tyler. Probablemente sea Walter Dexter quien está abajo. Yo iré.
Ali inclinó la barbilla respetuosamente, luego se apresuró a alejarse antes de que la joven volviera a enfadarse. Juliette supuso que daba una impresión equivocada al personal de la casa. Ella haría cualquier cosa por la Pandilla Escarlata. Se preocupaba por su bienestar y su política, sus coaliciones y alianzas con las empresas comerciales y los inversores.
Pero no tenía tiempo para hombres insignificantes como Walter Dexter, que se consideraban tremendamente importantes sin tener la capacidad de respaldar tal afirmación. No tenía ningún deseo de ocuparse de las diligencias que su padre no quería hacer. Aquello estaba lejos de ser el negocio despiadado en el que esperaba ser involucrada cuando finalmente la convocaron de regreso. Si hubiera sabido que Lord Cai la dejaría fuera de la guerra entre clanes, fuera de la beligerancia que de manera paralela tenía lugar en el escenario político, tal vez no se habría apresurado a hacer sus maletas y derramar todo el contenido de su reserva de alcohol cuando se marchó de Nueva York.
Después del ataque que mató a Nana, Juliette había sido enviada a Nueva York por seguridad y había tenido que dejar hervir a fuego lento su resentimiento durante cuatro largos años. No era ésa su naturaleza. Habría preferido quedarse y reafirmar su presencia en el territorio por su cuenta, luchar con el mentón erguido. A Juliette Cai se le había enseñado a no huir, pero sus padres, como suelen ser todos los padres, eran unos hipócritas y la habían obligado a escabullirse, la habían obligado a permanecer al margen de la guerra entre clanes, la habían forzado a convertirse en alguien alejada del peligro.
Y ahora estaba de regreso.
Rosalind emitió un ruido gutural mientras Juliette se colocaba un abrigo sobre el vestido.
—Ahí está de nuevo.
—¿Qué cosa?
—Esa expresión asesina —dijo Kathleen sin levantar la mirada de su revista.
Juliette puso los ojos en blanco.
—Creo que simplemente es mi expresión de reposo.
—No, tu expresión de reposo es ésta.
Rosalind imitó la expresión más disparatada que logró inventar, con los ojos desorbitados y la boca muy abierta, balanceándose en círculos sobre la cama. En respuesta, Juliette le arrojó una pantufla, lo que provocó risitas de parte de Kathleen.
—Shuu —la reprendió Rosalind, con un golpe lanzando lejos el calzado y conteniendo la risa—. Ve a atender tus deberes.
Juliette ya iba de salida, haciendo una seña obscena por encima del hombro. Mientras caminaba lenta y pensativamente por el pasillo del segundo piso, mordiéndose las uñas astilladas, se detuvo frente a la oficina de su padre para acomodarse un zapato que no le ajustaba bien desde que se había atascado en la tapa de un desagüe.
Luego se quedó paralizada, con la mano sobre el tobillo. Alcanzó a escuchar voces provenientes de la oficina.
—Ah , disculpen —gritó Juliette, abriendo la puerta de una patada con su zapato de tacón alto—. La criada dijo que ambos estaban fuera.
Sus padres levantaron la cabeza de inmediato, parpadeando visiblemente. Su madre estaba de pie detrás del hombro de su padre; una mano descansaba sobre el escritorio y la otra sobre un documento frente a ellos.
—El personal dice lo que queremos que ellos digan, qīn’ài de —explicó Lady Cai. Hizo un movimiento rápido con los dedos en dirección a Juliette—. ¿No tienes un visitante que atender abajo?
Resoplando, la joven cerró la puerta de nuevo, mirando con furia a sus padres. Apenas le hicieron caso. Simplemente volvieron a su conversación, asumiendo que Juliette se marcharía.
—Ya hemos perdido a dos hombres, y si los rumores son ciertos, caerán más antes de que podamos determinar con exactitud qué lo está provocando —dijo su madre en voz baja, reanudando la conversación anterior. Lady Cai siempre sonaba diferente en shanghainés que en cualquier otro idioma o dialecto. Era difícil verbalizar exactamente qué era, acaso una cierta sensación de calma, incluso si el tema conllevaba una terrible ráfaga de emoción. Esto era lo que significaba hablar tu lengua materna, supuso Juliette.
Ella no estaba realmente segura de cuál era su propia lengua materna.
—Los comunistas están exultantes de alegría. Zhang Gutai ya no necesitará un megáfono para el reclutamiento. —su padre era todo lo contrario. Veloz y agudo. Aunque los tonos del shanghainés provenían completamente de la boca en lugar de la lengua o la garganta, de alguna manera lograba hacer que reverberaran diez veces dentro de sí antes de proyectar el sonido—. Con la gente cayendo como moscas, las inversiones capitalistas dejan de crecer, las fábricas se convierten en caldos de cultivo para la revolución. El desarrollo comercial de Shanghái se frena abruptamente.
Juliette adoptó un gesto de agobio y se alejó de prisa de la puerta de la oficina de su padre. Por mucho que él lo hubiera intentado a través de sus cartas, a Juliette nunca le había importado mucho quién era quién en el gobierno, a menos, claro, que sus actividades tuvieran algún efecto directo en los negocios Escarlatas. Lo único que le importaba era la Pandilla, los peligros y las tribulaciones inmediatas a las que se enfrentaban en el día a día. Lo cual significaba que en sus maquinaciones, a la mente de Juliette le gustaba gravitar hacia los Flores Blancas, no hacia los comunistas. Pero si en verdad eran ellos quienes habían desencadenado la locura en esta ciudad, como su padre parecía sospechar, también los comunistas estaban matando a su gente, y ella no iba a quedarse de brazos cruzados. Después de todo, esta mañana su padre no se había desentendido de las muertes para concentrarse en la política. Quizás en este caso lo uno y lo otro estaban íntimamente relacionados.
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