Chloe Gong - Placeres violentos

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«Me criaron para odiar, Roma. Nunca podría ser tu amante, sólo tu asesina. »Una antigua guerra de sangre entre dos bandas baña las calles de rojo, dejando a la ciudad indefensa ante las garras del caos. En el centro de esta disputa se halla Juliette Cai, la orgullosa heredera de la Pandilla Escarlata, una red de gánsteres que opera por encima de la ley. Sus únicos rivales son los criminales rusos que integran la Banda de las Flores Blancas; detrás de cada movimiento está su heredero: Roma Montagov, el primer amor de Juliette… y su primera traición.Pero cuando la población parece ser poseída por una locura que la hace desgarrar su propia garganta hasta morir, comienza a correr el rumor acerca de un contagio provocado por un monstruo oculto en las sombras. A medida que las muertes se acrecientan, Juliette y Roma deberán dejar sus rencores de lado y trabajar unidos antes de que la ciudad que ansían dominar desaparezca por completo.« Romeo y Julieta se transforma magistralmente de una historia de amor maldito adolescente a una mezcla emocionante de intriga política, horror, misterio trepidante y, sí, romance, en una ciudad que se convierte en un personaje por derecho propio.»
BCCB« Esta novela se sitúa entre las mejores reinterpretaciones de historias clásicas de la literatura juvenil.»
School Library Journal«"El Bardo" aprobaría con toda seguridad esta novela.»
The New York Times Review« Una lectura obligada con una conclusión que dejará a los lectores con ganas de más.»
Kirkus Reviews

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—Oye —interrumpió Marshall. Aún empapado, entrecerró los ojos para mirar en dirección al agua—. ¿Tú viste…? ¿Viste eso?

Cuando Roma miró hacia el río, todo lo que logró percibir fue un sol abrasador.

—Ah… —dijo—. ¿Estás tratando de ser gracioso?

Marshall volteó para encararlo. Había algo en su grave expresión que contuvo cualquier otro comentario burlón de parte de Roma, sellando sus labios con un regusto amargo.

—Me pareció haber visto ojos en el agua.

El regusto amargo se extendió. El aire a su alrededor de repente se volvió cobrizo por la sensación de aprensión, y Roma apretó con más fuerza la mochila de su primo hasta que prácticamente la tenía pegada a su cuerpo.

—¿Dónde? —preguntó.

—Fue sólo un destello —dijo Marshall, frotándose el cabello con las manos en un esfuerzo por escurrir el agua—. Honestamente, podría haber sido simplemente la luz del sol sobre el río.

—Parecías seguro acerca de los ojos.

—Pero ¿por qué razón habría ojos …?

Benedikt se aclaró la garganta, una vez que terminó de sacudir el agua de sus pantalones. Roma y Marshall voltearon hacia él.

—Has oído lo que dice la gente, ¿no?

Sus respuestas fueron inmediatas.

—Goe-mul —susurró Marshall, al tiempo que Roma entonaba—: Chudovishche .

Benedikt profirió un sonido afirmativo. Fue eso lo que finalmente sacudió de golpe a Roma, sacándolo de su estupor. Enseguida hizo señas a sus amigos para que se dieran prisa y se alejaran del agua.

—Ay, por favor, no van a dar crédito a todas esas habladurías sobre monstruos que se extienden por la ciudad —dijo—. Simplemente vengan conmigo.

Roma echó a andar a toda prisa. Recorrió las calles de la ciudad, serpenteando por entre los puestos abiertos del mercado, a duras penas dando un segundo vistazo a los vendedores junto a los que pasaba, incluso cuando ellos se acercaban para tomarlo del brazo, con la esperanza de venderle una extraña fruta nueva que venía de otro mundo. Benedikt y Marshall resoplaban y gruñían tratando de mantener el paso, intercambiando ceños fruncidos de forma ocasional y preguntándose adónde los estaba llevando Roma tan decididamente con una mochila llena de insectos muertos al hombro.

—Por aquí —declaró finalmente Roma, patinando hasta detenerse fuera de los laboratorios de los Flores Blancas, jadeando pesadamente mientras recuperaba el aliento. Benedikt y Marshall chocaron entre sí, ambos a punto de caer en su prisa por detenerse en el instante en que Roma lo hizo. Para entonces, estaban prácticamente secos tras la inmersión en el río.

Auch —se quejó Marshall.

—Lo siento —dijo Benedikt—. Por poco me resbalo con esto —levantó el pie y rescató un trozo de papel delgado, un cartel que se había caído de un poste. Por lo general, anunciaban servicios de transporte o alquiler de departamentos, pero éste tenía un texto gigante en la parte superior que anunciaba EVITE LA LOCURA. ¡VACÚNESE!

—Dame eso —exigió Roma. Benedikt le entregó la hoja y Roma la dobló, deslizando el pequeño cuadrado en su bolsillo para examinarla más adelante—. Síganme.

Roma irrumpió en el edificio y se abrió paso por el largo pasillo, entrando en los laboratorios sin llamar a la puerta. Se suponía que debía ponerse una bata de laboratorio cada vez que entraba al edificio, pero nadie se había atrevido a reprenderlo, y los científicos jóvenes que los Flores Blancas empleaban en estas estaciones de trabajo apenas levantaban la vista cuando Roma los visitaba una vez al mes. Estaban lo suficientemente familiarizados con su presencia para dejarlo tranquilo, y el científico titular del lugar, Lourens, conocía lo suficiente a Roma para no señalarle su comportamiento indebido. Además, ¿quién se molestaría en protestar por el proceder del heredero de los Flores Blancas? Por lo que sabían estos científicos, Roma era prácticamente el encargado de que les hicieran llegar sus salarios.

—¿Lourens? —llamó Roma, al tiempo que echaba un vistazo a los laboratorios—. Lourens, ¿dónde estás?

—Aquí arriba —retumbó la profunda voz de Lourens en un ruso con marcado acento, agitando la mano desde el segundo descanso. Roma subió las escaleras de dos en dos, con Marshall y Benedikt saltando detrás de él, cual cachorros ansiosos.

Lourens se percató de los recién llegados y frunció sus tupidas cejas blancas. No estaba acostumbrado a recibir invitados. Las visitas de Roma al laboratorio solían ser expediciones en solitario, realizadas con la cabeza agachada. Roma siempre se introducía en este laboratorio como si el acto físico de encogerse pudiera funcionar como un escudo contra la naturaleza repulsiva de las actividades clandestinas que se llevaban a cabo. Quizá si no caminara con su erguida postura habitual, podría absolverse de culpa cuando viniera a pedir los informes del progreso mensual de los productos que entraban y salían de este laboratorio.

Se suponía que este lugar era una instalación de investigación de los Flores Blancas a la vanguardia de los avances farmacéuticos, perfeccionando medicamentos modernos para los hospitales que operaban en su territorio. Ésa era, al menos, la fachada que mantenían. En realidad, las mesas del fondo estaban manchadas de opio, con denso olor a alquitrán, mientras los científicos agregaban sus propias toxinas únicas a la mezcla, hasta que las drogas eran modificadas pasando a ser el epítome de la adicción.

Luego, los Flores Blancas las enviaban nuevamente al exterior, recolectaban el dinero y la vida continuaba. Ésta no era una empresa humanitaria. Éste era un negocio que empobrecía aún más la vida de los desvalidos y permitía a los acaudalados seguir enriqueciéndose a su antojo.

—No lo esperaba hoy —dijo Lourens, palpándose la de­sordenada barba. Estaba apoyado contra el pasamanos para mirar hacia el primer piso, pero su espalda encorvada hacía que el gesto pareciera terriblemente peligroso—. Aún no hemos terminado con el lote actual.

Roma hizo un gesto de desagrado. Tarde o temprano se acostumbraría a la manera displicente con que la gente del laboratorio se refería a sus labores. El trabajo era trabajo, después de todo.

—No estoy aquí por las drogas. Necesito tus conocimientos.

Mientras Roma se apresuraba hasta la mesa de trabajo de Lourens y apartaba los papeles para despejar el espacio, Marshall se adelantó y aprovechó la oportunidad para presentarse de manera extravagante. Todo su rostro se iluminó, como siempre lo hacía cuando podía agregar otro nombre a la lista eternamente larga de personas con las que se había codeado.

—Marshall Seo, encantado de conocerlo —extendió la mano, haciendo una breve reverencia.

Lourens, con sus articulaciones lentas y crujientes, estrechó los dedos extendidos de Marshall con cautela. Luego, sus ojos viajaron hacia Benedikt con anticipación, y éste, con un suspiro imperceptible también extendió su mano, la muñeca flácida.

—Benedikt Ivanovich Montagov —dijo. Si su impaciencia no se evidenciaba ya por su manera de hablar, su mirada errante ciertamente demostraba dónde estaba su atención: los insectos que Roma estaba desplegando sobre la mesa de trabajo de Lourens. El rostro de Roma se había quedado congelado en una mueca mientras usaba su manga para cubrirse los dedos y separar a cada pequeña criatura de la otra.

Lourens emitió un sonido dubitativo. Señaló con el dedo a Roma.

—¿No es Ivanovich tu patronímico?

Roma se apartó de las criaturas. Miró al científico con los ojos entrecerrados.

—Lourens, el nombre de mi padre no es Ivan. Eso lo sabes.

—Me es imposible reordar tu apellido, debe ser que mi memoria está empeorando con la edad —murmuró Lourens—. ¿Nikolaevich? Sergeyevich? Mik…

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