Chloe Gong - Placeres violentos

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«Me criaron para odiar, Roma. Nunca podría ser tu amante, sólo tu asesina. »Una antigua guerra de sangre entre dos bandas baña las calles de rojo, dejando a la ciudad indefensa ante las garras del caos. En el centro de esta disputa se halla Juliette Cai, la orgullosa heredera de la Pandilla Escarlata, una red de gánsteres que opera por encima de la ley. Sus únicos rivales son los criminales rusos que integran la Banda de las Flores Blancas; detrás de cada movimiento está su heredero: Roma Montagov, el primer amor de Juliette… y su primera traición.Pero cuando la población parece ser poseída por una locura que la hace desgarrar su propia garganta hasta morir, comienza a correr el rumor acerca de un contagio provocado por un monstruo oculto en las sombras. A medida que las muertes se acrecientan, Juliette y Roma deberán dejar sus rencores de lado y trabajar unidos antes de que la ciudad que ansían dominar desaparezca por completo.« Romeo y Julieta se transforma magistralmente de una historia de amor maldito adolescente a una mezcla emocionante de intriga política, horror, misterio trepidante y, sí, romance, en una ciudad que se convierte en un personaje por derecho propio.»
BCCB« Esta novela se sitúa entre las mejores reinterpretaciones de historias clásicas de la literatura juvenil.»
School Library Journal«"El Bardo" aprobaría con toda seguridad esta novela.»
The New York Times Review« Una lectura obligada con una conclusión que dejará a los lectores con ganas de más.»
Kirkus Reviews

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—Cuando era joven mi madre me contó un sabio proverbio —continuó diciendo Juliette, ahora divirtiéndose—. Lā gē bō xiāng qiē tī u ny.

El anciano se limitó a mirarla fijamente. ¿Acaso no entendía su shanghainés? Cuando vivió en el extranjero, Juliette constantemente temía que estuviera perdiendo su acento, temía olvidar cómo pronunciar esos tonos persistentemente planos que no se encuentran en ningún otro dialecto en todo el país.

—¿Le parece malo el chiste? —le preguntó al hombre. Haciendo uso del dialecto más común, repitió, esta vez con más vacilación—. ¿Lài háma xiăng chī tiān é ròu? ¿Sí? Merezco al menos una pequeña sonrisa. ¿No le parece?

El anciano dio un fuerte pisotón en el suelo, temblando en su esfuerzo para que lo tomaran en serio. Quizá Juliette había elegido el proverbio equivocado para bromear. El sapo feo quiere un bocado de carne de cisne . Quizás el anciano no se había criado con los cuentos infantiles el príncipe rana y su feo hermanastro el sapo. Tal vez no le gustó que su broma implicara que su lā-gespu salvador —lo que sea que eso significara— fuera el equivalente de una criatura proverbialmente intrigante y fea que codiciaba a una cisne, la amada de su hermano, el príncipe rana.

—El lā-gespu es un hombre —espetó el hombre directamente a la cara de Juliette, su voz en un agudo siseo—. Un hombre de gran poder. Me dio una cura. ¡Una inyección! Yo tendría que haber muerto cuando mi vecino se derrumbó sobre mí, desgarrándose la garganta con sus propias manos. ¡Ay! ¡Tanta sangre! ¡Sangre en mis ojos y sangre corriendo por mi pecho! Pero no morí. Me salvé. El lā-gespu me salvó.

Juliette dio un largo paso atrás, un paso que debería haber dado cinco minutos atrás, antes de que comenzara esta conversación.

—Eh, esto fue divertido —dijo—, pero en verdad debo irme.

Antes de que el anciano pudiera tratar de sujetarla, ella lo esquivó y se apresuró a marcharse del sitio.

—¡Salvación! —le gritó mientras ella se alejaba—. ¡Sólo el lā-gespu puede traer la salvación ahora!

Juliette dio un giro brusco y se perdió de vista por completo. Ahora que estaba en un área menos concurrida, dejó escapar un largo suspiro y se tomó un buen tiempo serpenteando entre las tiendas, dando vistazos por encima del hombro para asegurarse de que no la seguían. Una vez que estuvo segura de que no había nadie tras de sus pasos, suspiró con tristeza por dejar atrás Chenghuangmiao y salió del conjunto de tiendas estrechamente congregadas, volviendo a las calles de la ciudad para comenzar a dirigirse a casa. Podría haber llamado un rickshaw o convocado a cualquiera de los Escarlatas que merodeaban fuera de estos cabarets, y pedirles que le consiguieran un auto. Cualquier otra chica de su edad lo habría hecho, especialmente con un collar tan brillante como el que llevaba alrededor del cuello, sobre todo si sus pasos reverberaban con un eco que se extendía más allá de dos calles. El secuestro era un negocio lucrativo. La trata de personas prosperaba con las cifras más altas de todos los tiempos y la economía se respaldaba en la delincuencia.

Pero Juliette siguió caminando. Dejó atrás hombres en grupos grandes y hombres que se sentaban en cuclillas frente a burdeles, lanzando miradas lascivas como si ése fuera su segundo trabajo. Dejó atrás a gánsteres manipulando cuchillos afuera de los casinos que los habían contratado para ofrecer protección, así como a comerciantes sospechosos que limpiaban sus armas y masticaban mondadientes. Juliette no menguó el paso. El cielo exhibía un tono más rojo y sus ojos se veían más brillantes. Dondequiera que fuese, sin importar qué tanto se adentraba en los puntos más oscuros y recónditos de la ciudad, siempre y cuando permaneciera dentro de su territorio, ella era la reina suprema.

Hizo una pausa, estirando su tobillo para aliviar la estrechez de su zapato. En ese momento, cinco gánsteres Escarlata que se encontraban a la puerta de un restaurante cercano también se paralizaron, aguardando a ser llamados. Esos hombres eran asesinos y extorsionistas y unos temibles instrumentos de violencia, pero según los rumores, Juliette Cai era la chica que había asesinado a su amante estadounidense estrangulándolo con un collar de perlas. Juliette Cai era la heredera que, en su segundo día de regreso en Shanghái, se había involucrado en una pelea entre cuatro Flores Blancas y dos Escarlatas y había dado muerte a los cuatro adversarios con apenas tres balas.

Sólo uno de esos rumores era cierto.

Juliette sonrió y agitó una mano para saludar a los hombres Escarlata. En respuesta, uno le devolvió el saludo y los otros cuatro se rieron entre sí nerviosamente. Temían la ira de Lord Cai si algo le pasaba a ella, pero temían más la ira de la propia joven de atreverse a poner a prueba la veracidad de tales rumores.

Era su reputación lo que la mantenía a salvo. Sin ella, Juliette no era nada.

De tal manera que cuando entró en un callejón y fue detenida por la presión repentina de lo que parecía ser un arma colocada en la parte baja de la espalda, supo que no era un Escarlata quien se había atrevido a detenerla.

Juliette se quedó congelada. En una fracción de segundo repasó todas las posibilidades: un comerciante ofendido que deseaba una compensación, un extranjero codicioso que deseaba una recompensa por liberarla, un adicto callejero confuso que no la había reconocido por las cuentas brillantes de su vestido extranjero…

Luego, una voz familiar dijo, para su sorpresa, en inglés:

—No grites para pedir ayuda. Sigue avanzando, acata mis instrucciones y no dispararé.

El hielo en sus venas se derritió en un instante y en su lugar rugió una furia ardiente. ¿Había esperado a que ella entrara en un área aislada, hasta que no hubiera alguien cerca para ayudar, pensando que ella tendría demasiado miedo para reaccionar? ¿Había pensado que realmente este plan funcionaría?

—En serio que ya no me conoces —dijo Juliette en voz baja. O tal vez Roma Montagov pensó que la conocía demasiado bien. Tal vez se consideraba un experto en lo que se refería a ella y había ignorado los rumores que Juliette difundía sobre sí misma, que de ninguna manera se había convertido en la asesina que pretendía ser.

La primera vez que ella había dado muerte a una persona tenía catorce años.

En ese entonces conocía a Roma desde hacía sólo un mes, pero se había jurado que no seguiría la guerra entre clanes, que estaría por encima de ello. Hasta una noche que de camino a un restaurante con su familia su auto había sido emboscado por los Flores Blancas. Su madre le había gritado que se quedara abajo, que se escondiera detrás del auto con Tyler, que usara las armas que habían puesto en sus manos para emplear sólo si era absolutamente necesario. El enfrentamiento casi había terminado. Los Escarlatas habían abatido a casi todos los Flores Blancas. Entonces el último Flor Blanca que quedaba se lanzó en dirección a Juliette y de Tyler. Había una furia desesperada ardiendo en sus ojos, y en ese momento, aunque no había duda de que se trataba de un momento de absoluta necesidad, Juliette se había quedado inmóvil. Fue Tyler quien disparó. Su bala se había incrustado en el estómago del Flor Blanca y el hombre había caído, y Juliette, horrorizada, había mirado hacia un costado, donde sus padres observaban lo que sucedía.

No era alivio lo que vio en su mirada. Era confusión. Confusión sobre el por qué Juliette se había quedado congelada. Confusión sobre por qué Tyler sí había sido capaz de hacerlo. Así que Juliette había levantado su arma y también había disparado, poniendo fin al asunto.

Juliette Cai le temía más a la desaprobación que a las manchas turbias en su alma. Ese asesinato era uno de los pocos secretos que le había ocultado a Roma. Ahora sabía que debería habérselo dicho, aunque sólo fuera para demostrar que era tan malvada como Shanghái siempre había dicho que era.

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