Las calles allí eran igual de congestionadas que en las partes chinas de la ciudad, pero de alguna manera todo estaba más ordenado. Los barberos hacían su trabajo en la acera como de costumbre, sólo que cada par de segundos extendían un pie y discretamente empujaban hacia las alcantarillas los mechones de cabello cortados. Los comerciantes vendían sus productos anunciándolos a volúmenes moderados en lugar de los gritos habituales que Juliette escuchaba en los sectores occidentales de Shanghái. No eran sólo la manera en que las personas se adaptaban lo que hacía peculiar a la Concesión francesa: los edificios parecían erguirse un poco más rectos, el agua se veía más limpia, las aves parecían piar un poco más alto.
Quizá sentían la presencia de Roma Montagov y de alguna manera se alertaban.
Y Roma correspondía, inspeccionando las casas con los ojos aguzados que encaraban el crepúsculo.
Daba pena verlo así: abstraído, curioso.
—Cuidado con tropezarte —advirtió Roma.
Juliette lo fulminó con la mirada, aunque él seguía escrutando las casas; luego se obligó a mirar hacia la acera de enfrente. Debería haber sabido que cualquier expresión de desinterés en ella por parte de Roma Montagov era simplemente fingida. Existió una época en que ella lo había conocido mejor de lo que se conocía a sí misma. Solía ser capaz de predecir cada uno de sus movimientos… excepto la única vez que realmente importó.
Roma y Juliette se habían conocido en una noche como ésta hacía cuatro años, justo antes de que la ciudad implosionara con el torbellino de su nueva reputación.
El año era 1922, una fecha en la que nada era imposible. Los aviones subían y bajaban por el firmamento y los últimos restos de la Gran Guerra iban siendo eliminados. La humanidad parecía haber entrado en un impulso ascendente desde el precipicio de los rencores y el odio y la guerra que había llegado hasta su punto más álgido, y ahora las cosas buenas comenzaban a surgir lentamente hacia la superficie. Incluso las guerras entre clanes en Shanghái habían alcanzado una especie de equilibrio tácito, y en lugar de enfrentarse cuando se encontraban en las calles, un Escarlata y un Flor Blanca podían limitarse a reconocer la presencia del otro con un gélido asentimiento de cabeza.
Era una atmósfera de esperanza la que le había dado la bienvenida a Juliette cuando en aquel entonces bajó del barco de vapor que la traía, con las piernas inestables después de un mes de navegar. Era mediados de octubre, el aire todavía se sentía cálido pero comenzaba a refrescar; en el puerto los trabajadores bromeaban entre sí, mientras arrojaban paquetes al interior de los barcos que esperaban.
Con quince años de edad, Juliette había regresado cargada de anhelos. Iba a hacer algo para recordarse, sería alguien digna de ser celebrada, ayudaría a las personas por las que valiera la pena luchar. Era una sensación que no había conocido cuando se marchó de la ciudad a la edad de cinco años, enviada con apenas un par de mudas de ropa, una elaborada pluma estilográfica y una fotografía de sus padres para no que olvidara cómo eran.
Fue el efluvio de aquel sentimiento de exaltación lo que la había llevado a seguir a Roma Montagov.
Ahora, de nuevo junto a él, el pecho de Juliette se estremeció al exhalar hacia la noche. Le ardían los ojos y rápidamente se secó la única lágrima que había resbalado por su mejilla, apretando los dientes con ahínco.
—¿Ya casi llegamos?
—Relájate —contestó Juliette sin girarse. No se atrevió a hacerlo, por si sus ojos resplandecían un instante bajo las tenues farolas—. No es mi intención extraviarte.
Cuando años atrás ocurrió el primer encuentro, ella no sabía quién era él, pero Roma sí estaba al tanto de quién era ella. Meses después le revelaría que en aquel primer momento, mientras esperaba junto a los puertos, había echado a rodar aquella canica a propósito, para ver cuál era la reacción de ella. La canica se había detenido cerca de uno de sus zapatos: zapatos americanos que desde luego parecían fuera de lugar entre las telas burdas y las suelas pesadas que estampaban el suelo a su alrededor.
—Esa canica es mía.
Recordó el momento en que levantó la vista al recoger la canica, pensando que la voz pertenecía a un rudo comerciante chino. En cambio, se quedó mirando a un rostro pálido y joven con la apariencia de un extranjero, una mezcla heterogénea de rasgos nítidos y ojos grandes y preocupados. El acento con el que el joven hablaba el dialecto local era incluso mejor que el de ella, cuyo tutor se había negado a hablar otra lengua que no fuera el shanghainés por temor a que su pupila lo olvidara.
Juliette giró la canica en la palma de su mano, cerrando los dedos con fuerza alrededor de ella.
—Ahora es mía .
A la luz del presente, aquel instante parecía algo divertido, la forma en que Roma se había sorprendido al escuchar el ruso de ella, impecable, aunque un poco forzado por la falta de práctica. Su frente se había arrugado.
—No es justo —dijo, insistiendo en el dialecto de Shanghái.
—El que encuentra algo se lo queda —Juliette se negó a dejar el ruso.
—Bien —había dicho Roma, finalmente regresando a su lengua materna para que hablaran el mismo idioma—. Juega conmigo. Si ganas, puedes quedarte con la canica. Si yo gano, la recupero.
Juliette había perdido, y de mala gana, devolvió la canica. Pero Roma no había comenzado el juego sólo por diversión, y no dejaría que la chica se escapara tan fácilmente. Cuando ella se giró para marcharse, él le tomó la mano.
—Estoy aquí todas las semanas a esta hora —dijo con sinceridad—. Si vuelves, podemos jugar de nuevo.
Juliette comenzó a reír mientras deslizaba los dedos fuera de la mano de él.
—Espera y verás —respondió—. Te ganaré todas las veces.
Más tarde descubriría que el chico era Roma Montagov, el heredero de su mayor adversario. Pero, de cualquier manera, volvería a buscarlo creyéndose muy astuta, creyéndose muy inteligente. Durante meses coquetearon veladamente y se pasearon por las líneas divisorias entre el enemigo y el amigo, ambos sabiendo quién era el otro, pero sin admitirlo, ambos tratando de ganar algo de esta amistad, pero sin tomar demasiadas precauciones, cayendo demasiado profundo, sin apenas darse cuenta.
Cuando estaban lanzando canicas por el terreno irregular, eran sólo Roma y Juliette, no Roma Montagov y Juliette Cai, herederos de pandillas rivales. Eran chicos risueños que habían encontrado en el otro un confidente, un amigo que entendía la necesidad de ser otra persona, aunque sólo fuera por un instante cada día.
Se enamoraron.
Al menos… Juliette pensó que así había sucedido.
—¡Juliette!
La joven jadeó y se detuvo en el acto. En su aturdimiento había estado a punto de estrellarse con un rickshaw estacionado en la calle. Roma la jaló e instintivamente, ella lo miró, encontrándose de pronto con su certeza, su cautela y sus ojos claros y fríos.
—Suéltame —profirió Juliette, apartando su brazo—. Ya casi llegamos a la morgue del hospital. Sigue caminando.
Ella se apresuró para adelantarse, su codo escociendo donde él la había tocado. Roma la seguía con rapidez, como siempre lo había hecho, como si siempre hubiera sabido cómo hacerlo, caminando en la misma dirección de una manera que parecía casual para el ojo inexperto, de modo que cualquiera que los mirara pensaría que era una coincidencia que Roma Montagov y Juliette Cai caminaran el uno junto al otro, si es que el ojo indiscreto acaso los reconocía.
El grandioso edificio que se erguía delante apareció a la vista. Número 17, Arsenal Road.
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