¿Es el psicoanálisis una ciencia?
Con frecuencia muchos psicoanalistas reaccionan a la acusación de que el psicoanálisis carece de los requerimientos necesarios para constituir un cuerpo científico de investigación, mientras otros intentan seriamente probar lo contrario, o piden disculpas por no lograrlo. Ricoeur (1970), por ejemplo, ha dicho lo siguiente:
El estatus científico del psicoanálisis ha estado sujeto a críticas severas, especialmente en las culturas inglesas o norteamericana. Los epistemólogos, lógicos, semánticos, filósofos del lenguaje, han examinado de cerca sus conceptos, proposiciones, argumentos y estructura como teoría, y generalmente llegan a la conclusión de que el psicoanálisis no satisface los más elementales requerimientos de una teoría científica [p. 345]
Al igual que el estructuralismo, el psicoanálisis es un método utilizado para la investigación y comprensión del funcionamiento mental, y como tal intenta adaptarse a las características específicas del fenómeno que explora. Es justamente la imprecisión y apertura que presenta la mente, lo que ha permitido al hombre cambiar y progresar a través de la historia. Es precisamente en la mente y no en su cuerpo, donde radican las grandes diferencias entre el hombre primitivo y el actual. El cuerpo ha sido y será absolutamente el mismo desde los inicios de la historia del hombre hasta el momento actual. Acusar al psicoanálisis de carecer de la precisión y exactitud de una metodología científica es un barbarismo, un pleonasmo; por cuanto presume una confusión entre el método y “aquello” de lo cual se ocupa, llegando a ser tan injusto –para no decir absurdo– como sugerir que la cirugía es muy sangrienta, nadar muy húmedo o la proctología muy sucia. Ricoeur agrega:
... No, psicoanálisis no es una ciencia de observación; es más bien una interpretación mejor comparable con la historia que con la psicología [Ibid].
Y Bion (1990) en un diálogo consigo mismo en Memorias del futuro , dice:
ROLAND: Pensé que los psicoanalistas toman la religión en serio.
P.A. [Psicoanalista]: Cómo podría yo tomar en serio a las personas si no tomo en serio una de sus inclinaciones más importantes [...] debemos estar conscientes de la distinción entre “hablar de algo” y el “algo” mismo [...] [p. 303]
Es decir, una cosa es el noúmeno o “la-cosa-en-sí-misma” –para usar un acercamiento kantiano– y otra cosa es el psicoanálisis, que como fenómeno intenta revelar la naturaleza del nóumeno. En otras palabras, si el psicoanálisis fuese un instrumento preciso, no podría nunca seguir con puntualidad los infinitos dobleces abstractos, imprecisos y variables de la mente; sería como intentar alcanzar un cohete montados en un asno.
¿Es el psicoanálisis un procedimiento médico?
Es muy factible que el entrenamiento médico de Freud, que al comienzo de su carrera le permitió la gran mayoría de sus descubrimientos, también le impidiese, posteriormente, delinear el verdadero propósito y futuro alcance del psicoanálisis; después de todo, el psicoanálisis para Freud fue un accidente, porque originalmente su intención era crear la especialidad de Neurología, y en esta búsqueda se aventuró a Francia interesado en la fama de Charcot, y allí se tropezó con el oscuro desafío de la histeria y posteriormente del inconsciente. En 1913 expresó lo siguiente:
El psicoanálisis es un procedimiento médico que intenta la cura de ciertas formas de enfermedades nerviosas [las neurosis] mediante una técnica psicológica [ SE , 13, p. 165]
Pero la verdad es que nunca se podrá mensurar la mente con los mismos parámetros con que medimos el cuerpo, por cuanto sus perspectivas son absolutamente opuestas. El cuerpo, por lo general, nos será siempre hasta cierto punto extraño, y el médico tendrá una perspectiva más privilegiada y un mejor conocimiento sobre nuestros órganos, que el que alguna vez pudiese tener el neófito. Pero este argumento cambia diametralmente cuando nos referimos a la mente, por cuanto diferente del cuerpo, nadie podrá en última instancia lograr un mejor conocimiento de nuestra mente, como el que podamos alcanzar nosotros mismos, salvo el psicoanalista, aunque siempre con la ayuda del paciente. El hecho de que el cuerpo, en comparación con la mente, permanezca siempre alienado, ajeno, determina el grado de regresión, idealización y dependencia que los pacientes lógicamente experimentan hacia sus médicos; diferente del psicoanálisis, el cual tiene como objetivo resolver la dependencia infantil y lograr la autonomía. De otra parte, nunca consideraremos como una solución el que los pacientes estudien medicina para curarse a sí mismos, porque no solo resultaría imposible, sino que además nadie podrá lograr jamás un grado total control sobre su cuerpo, por lo cual, ¡los médicos siempre necesitarán de otros médicos para tratarse! Sin embargo, este razonamiento cambia completamente cuando lidiamos con la realidad psíquica, donde la autonomía del yo es absolutamente indispensable para todo ser humano, si es que se desea lograr un grado razonable de tranquilidad y bien-estar. Por esto el propósito real del psicoanálisis es el auto-análisis o la capacidad de adquirir la mejor autonomía del yo sobre el self. La dificultad de tal logro durante la vida de una persona, es producto, como lo sabemos, de la división natural entre la consciencia y el inconsciente, así como la tendencia de la primera a mentir; es decir, no poder contener la compulsiva repetición de las fijaciones infantiles, o “trauma pre-conceptual” como yo le he llamado; o la “adhesividad de la libido y la agresión”, las resistencias, y finalmente las características crípticas y simbólicas del lenguaje inconsciente, además del analfabetismo que naturalmente tenemos para su lectura.
Aunque las soluciones a los males del cuerpo y de la mente 1se logran por caminos diferentes, existe una obstinada tendencia a tratar de forma similar a ambas condiciones, tanto por los pacientes como por los terapeutas. En tiempos antiguos, en el intento de diferenciar la medicina de las artes espirituales, se consideraba a la primera como muta art, o arte muda. En la Eneida , Virgilio por boca de Iapix, quien estaba tratando de curar las heridas de su padre, dice: “Él prefiere aprender los poderes de las hierbas, la forma como un curandero practica sin gloria las artes mudas” (1964, pp. 542-543). El self corporal siempre será desconocido, salvo que el paciente sea un médico. Esto significa que tal ignorancia sobre la fisiología corporal hará siempre de la visita al médico algo muy similar a la consulta que podríamos hacer a un mecánico sobre el funcionamiento de nuestro automóvil. La mente, por otra parte, representa el propio lugar del self, el sitio donde se encuentra la verdadera esencia de lo que somos. Es el lugar donde nadie más puede estar, aun cuando debido a la represión decidiéramos no saber algo y prefiriésemos, mediante la proyección, que otros lo supiesen, como una forma de dependencia o de disposición epistemofóbica.
Los psicoanalistas, por lo tanto, están continuamente expuestos a la misma forma de exigencia que los médicos generales, y los pacientes esperan ser cuidados, guiados y aconsejados por estos. Los pacientes responden a su propia cultura somática, o como ya lo he expresado, a la necesidad de satisfacer sus núcleos de dependencia, junto a la idealización de los procesos de curación, la resistencia al cambio y la ignorancia acerca de los logros reales del psicoanálisis. En otras palabras, la única persona capaz de resolver nuestros problemas mentales es uno mismo; el terapeuta puede mostrar las razones de un conflicto, aquello que lleva a un individuo a la depresión o niveles altos de ansiedad, pero el resolverlo tiene que ser siempre el producto del esfuerzo de la propia persona. Del lado del analista podría existir la herencia freudiana sobre la concepción del psicoanálisis como “un procedimiento médico”, así como la identificación proyectiva ejercida por los pacientes conteniendo núcleos infantiles de dependencia, los cuales inducen sentimientos contratransferenciales de responsabilidad hacia el tratamiento, el deseo de curar o furor curandis , como lo expresó Freud, así como una necesidad narcisista hacia la idealización. Kohut se ha referido a esto último, aunque indirectamente, en su concepto de la “idealización de la transferencia”, mientras Lacan, en forma más específica, le ha calificado como el “lugar del supuesto saber”.
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