Siguiendo a Klein, el paso de la “posición esquizo-paranoide” a la “depresiva” requiere, entre otras cosas, de una transformación sucesiva desde la representación de “objetos parciales” a la representación de “objetos totales”. Cualquier condición que interfiera con este proceso natural de asimilaciones emocionales consecutivas –tales como el trauma pre-conceptual– resultará en la generación de reiteradas estructuras narcisistas poderosas, que perpetuarían la fragmentación intra-psíquica y obstaculizarían el proceso de integración mental. El psicoanálisis es, ante todo, un instrumento que cultiva el crecimiento y la integración positiva, en la medida que la verdad ontológica es sistemáticamente revelada. Sin embargo, lo opuesto de este proceso psicoanalítico puede también observarse en algunas situaciones, como por ejemplo cuando el terapeuta promueve la fragmentación, tal y como puede observarse en la obscura investigación de la “personalidad múltiple”, la cual pienso representa una actuación contratransferencial, a la que me he referido anteriormente como “fragmentación iatrogénica” (López-Corvo, 1995). En este desacuerdo, no estoy negando la existencia del síndrome de la personalidad múltiple, sólo intento presentar mi discrepancia en relación a su etiología. Pienso que este tipo de psicopatología con mucha frecuencia es inducido por el terapeuta, y podría ser similar a un paciente que llega a la emergencia de un hospital con una pierna fracturada, a quien, obviamente, el médico intentaría arreglar la fractura en forma tal que se pueda restaurar la funcionalidad previa. El médico jamás pretendería preservar la fractura indefinidamente, o más aún, no intentaría romper la pierna fracturada en más pedazos, ¡con el propósito de que el paciente se una a un circo para mostrar su recién adquirida flexibilidad! Anteriormente, sobre este aspecto, había expresado lo siguiente:
Desde la publicación de Las tres caras de Eva (Thigpen & Clekley, 1958) hemos observado con bastante frecuencia, a terapeutas presentando casos clínicos que muestran no sólo tres caras, sino hasta veinte y en algunos mucho más, como una forma de competencia por un mayor número de “personalidades” con diferentes nombres y posturas disímiles. He considerado que muchas de estas situaciones representan una actuación ( acting-out ) contratransferencial de los terapeutas hacia sus pacientes limítrofes, quienes mediante identificaciones proyectivas de tendencia exhibicionista, inducen en el terapeuta una necesidad en su contratransferencia, de actuar su contraparte voyerista, generando en esta forma el ciclo vicioso de una colusión perversa: “mientras mayor sea el interés del terapeuta sobre la disociación de estos pacientes, mayor será el número de personalidades que los pacientes, con mucho entusiasmo, estarían dispuestos de proveer al terapeuta, y mientras mayor sea el interés de éste, mayor será la fragmentación; y así indefinidamente. [López-Corvo, 1995, pp. 58-59]
Como recientemente lo he expresado, nacemos con la psiquis fragmentada en pedazos, a la espera de una mente capaz de integrarlos constructivamente, como una expresión de crecimiento mental; sería algo similar a lo que podemos observar en la narrativa de un sueño, donde todos los caracteres presentes representan los elementos internos desarticulados del soñante. Si tal estado de integración no es alcanzado, la fragmentación podría convertirse en una tendencia, o quizás aun, tornarse –junto a las identificaciones proyectivas e introspectivas– en la principal defensa del yo para manejar la ansiedad. Sin embargo, concebir a la mente estructurada como los pedazos de un rompecabezas, que se mantienen unidos debido a la capacidad gerencial del yo, podría experimentarse como algo amenazante, aun en personas dentro del campo del psicoanálisis. Una consecuencia podría ser el negar totalmente la naturaleza fragmentada de la mente e intentar lidiar con objetos totales en lugar de parciales. Por ejemplo, en relación al complejo de Edipo, los caracteres presentes podrían ser concebidos como individuos u objetos totales del mundo externo, en lugar de objetos parciales intrapsíquicos. Una vez que el complejo de Edipo represente una verdadera interacción entre personas totales, el conflicto propio del drama inconsciente estaría ya resuelto. Por el contrario, el complejo de Edipo, en su verdadera estructura inconsciente, se encuentra constituido por relaciones narcisistas entre objetos parciales intrapsíquicos que configuran el centro de la fantasía edípica inconsciente todavía no resuelta, diferente de la concepción de un Edipo estructurado por personas reales u objetos totales.
1. Nóumeno proviene del griego νοουµενον, participio pasivo de νοειν, derivado de νουσ = mente, y que significa “darse cuenta”. Fenómeno a su vez, deriva del griego φαινοµενον lo cual significa “lo que se ve o aparece”, o un hecho observable o conocido a través de los sentidos en lugar de la intuición.
2. Grotstein (2004) se ha referido a la posible existencia de un “instinto de la verdad” (comunicación personal).
CAPÍTULO I
El asesinato de la mente
Desde el punto de vista de la teoría de lo animado-inanimado
Para ellos, digo yo, la verdad sería literalmente, nada más que sombras de las imágenes [...] Cuando se acerquen a la luz sus ojos serán encandilados, y ellos no serán capaces de ver nada en absoluto de lo que ahora se llamarían realidades.
Platón: La alegoría de la caverna
La República , Libro VII
La ciencia […] se suicida cuando adopta un dogma
Huxley, 1907
Un vacío en la autonomía del yo es una limitación que continuamente se enfrenta en toda empresa analítica, es obvio que el inicio del logro de tal autonomía representa también el inicio del fin del análisis. Con frecuencia encontramos durante el tratamiento psicoanalítico, tanto de neuróticos como pacientes limítrofes, lo que considero una serie de confusiones relacionadas con el encuadre, las cuales actúan como verdaderas resistencias contratransferenciales, presentes muchas de ellas desde los orígenes mismos del psicoanálisis, las cuales interfieren con la posibilidad de pensar racionalmente, dañan el crecimiento positivo de la mente y obstruyen la capacidad de discriminar entre la fantasía y la realidad. Me refiero a la confusión entre psicoanálisis y el resto de la medicina, entre mente y cuerpo, seres vivos y cosas inanimadas; junto a la necesidad de una idealización narcisista del psicoanálisis y, en consecuencia, una falta de objetividad de su verdadero alcance.
Una fórmula que me he planteado para comprender y evitar tales confusiones, es la de concebir al psicoanalista como un traductor que desea enseñar el arte de la auto-traducción o auto-análisis. El yo del analizando, con el fin de aprender, logra un nivel de disociación saludable, al convertirse al mismo tiempo en conferencista y audiencia. Gracias a esta disociación voluntaria del yo –diferente de la fragmentación patológica– ambas partes son capaces de interactuar entre sí con el propósito de alcanzar un nivel analítico productivo. El elemento “conferencista” intenta el uso de asociaciones libres, mientras la parte “audiencia” escucha y procura comprender todo lo que el “analista-traductor” ha interpretado. Esta perspectiva de concebir al analista como un traductor puede explicarnos el planteamiento de Bion de establecer la escucha “sin memoria, deseo o comprensión”, por cuanto nada podría saber o cambiar el traductor simultáneo del texto particular que intenta traducir.
Al intentar este proceso de traducción encontramos que una serie significativa de efectos secundarios tienen lugar, debido ante todo a la complejidad de las manifestaciones simbólicas del inconsciente de ambos participantes. Tales complicaciones derivan principalmente de dos condiciones: a) la sintaxis utilizada por el inconsciente para expresar sus mensajes, basada ante todo en figuras metafóricas (desplazamiento) o metonímicas (condensaciones), que resulta imprecisa, y por lo general utiliza códigos o pictogramas de oscura arquitectura. b) La cualidad humana, y ante todo la parte emocional de la pareja psicoanalítica, inducirá mutuas complicaciones, proyecciones o contaminaciones indeseadas –aunque irremediablemente inevitables– en el propósito principal de traducir lo inconsciente. El material inconsciente y proyectado del analizando (transferencia) afecta al analista (contratransferencia), y la presencia ineludible del analista afecta el flujo natural del discurso del paciente. Esto implica que la clínica psicoanalítica sería secundaria al propósito inicial didáctico de aprender el auto-análisis, por cuanto la patología siempre va a sobrepasar tal intención. Además, nada podrá impedir que, al final, muchos aspectos del analista sean incorporados y se constituyan en elementos de identificación por parte del paciente.
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