Rafael E. López-Corvo - Pensamientos salvajes en busca de un pensador

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Freud, Klein y Bion nos han proporcionado la más relevante y sustancial contribución a la teoría y práctica del psicoanálisis. Hay indudablemente una progresiva epistemología evolutiva en la creatividad de los tres: sería similar a observar un objeto, en la medida que cambiamos sucesivamente los objetivos de un microscopio, desde el lente más pequeño hasta el de mayor poder de resolución. Esta analogía nos permite tener una mejor comprensión sobre la fisiología de la mente, en la medida que la comprensión de sus abstracciones y la revelación de sus secretos se ha ido revelando. Si pensáramos, por otra parte, que el psicoanálisis, al igual que la religión, encarnase diferentes creencias, de que existen los freudianos, los kleinianos y los bionianos, como doctrinas completamente diferentes, tendríamos entonces una visión completamente errada. Por cuanto en realidad solo existe «una mente única» aunque diferentes observadores, similar a como nos lo muestra la conocida parábola de los ciegos y el elefante. Pensamientos salvajes en busca de un pensador es esencialmente un libro sobre clínica, que explora las conexiones entre las teorías de Bion y el psicoanálisis clásico, ante todo contribuciones de Freud, Klein y Winnicott. También muestra un esfuerzo substancial para hacer los conceptos de Bion más accesibles al lector y además –y muy importante–, para observar el uso de las teorías de Bion durante la sesión psicoanalítica. Clínicos y teóricos interesados en las contribuciones de Bion, además de psicoanalistas y terapeutas en general, encontrarán extremadamente valiosas las ideas expuestas en este libro.

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specto el cual significa “mirar”, es decir “mirar debajo”. Esta ruptura nos permitiría averiguar en sus entrañas como un caleidoscopio e imaginar, por ejemplo, a un viajero que llega a una posada en los tiempos antiguos y que sintiéndose obligado a mirar continuamente “debajo” de la cama, impresiona al dueño de la hostería, como una persona su-spectante , es decir, un “debajo-mirador”, o sea, un “sospechoso”. Bion se refiere a la necesidad de extraer –mediante una especie de arqueología de la semántica– ese pedazo de historia atrapado en el interior de una palabra, para lo cual sugiere observarla como podríamos hacerlo con una escultura de Henry Moore, o sea, hacer caso omiso del material que rodea y encuadra al espacio interno vacío y concentrarnos en éste, concibiéndolo como una “trampa de luz”. Por ejemplo –nos aconseja Bion– al observar un triángulo recto, podemos olvidarnos de la representación matemática del teorema de Pitágoras y concentrarnos en lo que encierra –también expresado por los griegos– el que los lados o catetos podrían representar la unión carnal entre el padre (lado vertical) y la madre (lado horizontal) mientras la hipotenusa o lado restante, podría considerarse como el hijo/a. En otras palabras, “la representación matemática del material que forma un triángulo resulta una trampa, que atrapa la luz que ilumina al complejo de Edipo”.

Bion define la comunicación como la capacidad de pasar al grupo un conocimiento privado (1967, p. 92). Cuando una interpretación es compartida por el terapeuta y su paciente, por ejemplo, el primero busca hacer consciente lo inconsciente lo que podría ser interpretado –siguiendo a Bion (1965, p. 31)– como hacer que una concepción privada se haga pública. En el proceso de comunicación, puede darse una cadena de circunstancias que van desde “O” hasta la transformación última que Bion llama Tpβ. Por ejemplo, la relación que puede darse entre un pintor, el paisaje que ha pintado y el público que responde a la emoción trasmitida y que le permite admirar su obra. Podemos también considerar la relación que se da entre la “O” de una sesión psicoanalítica, la presentación de un trabajo científico y la reacción emocional del público que lo escucha. Esta última emoción estimulada por la obra significa, según Bion, una representación de la emoción originalmente estimulada por “O” .

Bion se refiere a la necesidad de todo analista de crear un lenguaje privado para fabricar sus interpretaciones, en tal forma que evite palabras ya gastadas por el uso, como sexo, miedo, hostilidad, transferencia, etcétera; así como el uso de términos técnicos que actúan como ruidos o tonterías aprendidas. Así dice:

pienso que todo analista debe someterse a la disciplina –la cual no es impartida en ningún entrenamiento, que yo sepa– de manufacturar su propio lenguaje y mantener las palabras que usa en un buen orden de trabajo [1994, p. 315].

* * *

La conformación del mundo interno de acuerdo a la teoría clásica, o “psicología de los impulsos” –como Fairbairn en un momento la definió– sigue de cerca la influencia de Darwin, y no discrimina entre los animales y los seres racionales, mostrando que la mente humana se encuentra básicamente estructurada por instintos que continuamente buscan satisfacción, sin que exista una capacidad que los “contenga”, en el sentido de “contención” introducido posteriormente por Bion. Serían impulsos que como pseudópodos catectizan los objetos, aunque sin fundirse a ellos, conservando la autonomía y moviéndose entre “el afuera y el adentro”, para definir las disímiles formas del narcisismo freudiano –tanto primario como secundario–, y cuando en algún momento el objeto así catectizado llegue a perderse definitivamente, el duelo por la pérdida sería entonces resuelto “buscando un objeto nuevo”, el cual sería catectizado como un reemplazo del objeto perdido; en otras palabras, tal reemplazo impediría que hubiese un duelo por la pérdida. La concepción del “mundo interno” cambió con Klein, una vez que ella desarticuló la concepción gaseosa freudiana, e introdujo un mundo interno estructurado por cosas u objetos, tanto parciales como totales. Además, estableció que la fractura entre el impulso y el objeto original no es factible, sino que ambos estarían fundidos como la cosa y su sombra. Una permutación que indujo, además, un cambio en la concepción de la “defensa”, al dar un giro a la noción de “represión” y “sublimación” basadas en la física de la máquina de vapor en Freud, por una fenomenología basada –según Klein– en la “fragmentación” y la “reparación” de objetos internos dañados. Es un concepto que recuerda la filosofía de Parménides, cuando expresaba que “tanto los pensamientos como el lenguaje requieren de objetos fuera de ellos mismos” (Russell, 1945, p. 49).

Con Klein, el paso de lo inconsciente a la consciencia no fue ya un acontecimiento puramente cognitivo, basado en el cambio entre la “representación de la cosa” y la “representación de la palabra”, sino que adquirió una compleja metapsicología de los afectos, de acuerdo a la dinámica descrita en las “posiciones esquizo-paranoide y depresiva”. Además, la “proyección” dejó de ser un mecanismo simple para convertirse en una enmarañada interacción de “identificaciones” que denunciaban la intrincada naturaleza de la comunicación humana intra y extrapsíquica, así como las bases de la dinámica que alimenta la compulsión a la repetición.

Bion, por otra parte, ha intentado una visión más completa del mundo interno, al seguir muy de cerca los postulados del idealismo kantiano y diferenciar en la mente, entre el extremo del nóumeno 1por una parte, y el extremo del fenómeno por la otra. Cambia el punto de vista y mira no ya desde un vértice darwiniano del impulso puro, sino desde la conciencia, enfatizando la existencia de un aparato para pensar pensamientos y una función metabolizante o función alfa, la cual digiere lo crudo –o elementos beta– y los hace asimilables. No hay “instintos puros”, sino pre-conceptos inefables, o la cosa-en-sí-misma o el noúmeno , el cual busca una “realización” para transformarse en una concepción, y si existe una mente pensante (eje horizontal de la tabla), ser capaz de contenerle y transformarle en conceptos. Los instintos representarían la “cosa-en-sí-misma”, la realidad absoluta, de la que no tenemos conocimiento empírico o sensible, pero que podría ser conocida por simple intuición. Bion introduce un concepto novedoso y con frecuencia mal entendido, que corresponde al instrumento que permite trascender la verdad inefable presente en “O”, y al cual no hay que perder sino recogerle con un “acto de fe”. Digo que ha sido mal entendido, por cuanto para algunos este ejercicio representa más bien una manifestación de las inclinaciones “religiosas” de Bion, después de todo, él mismo afirma que tales inclinaciones, en un científico, se mantienen siempre ocultas.

Es muy posible que muchos de los aspectos que Bion recomienda tomar en cuenta durante la escucha analítica –como por ejemplo la ausencia de memoria, comprensión y deseo– hubiesen sido ya señalados por la filosofía del budismo Zen; cuyos maestros han recomendado, por ejemplo, que “al vaso debe vaciársele el agua antes de que pueda contener al vino”. San Juan de la Cruz, quien es mencionado frecuentemente por Bion, invita a liberar el espíritu de “todo temor, comprensión, memoria y voluntad” si se desea entrar en correspondencia con Dios. “Por cuanto todo el intento de obtener una unión con Dios consiste en purgar la voluntad de sus afectos y deseos; en tal forma que esto no constituya una plataforma de voluntad humana, sino que se convierta en una voluntad Divina que se haga una, con la voluntad de Dios” (Libro III, capítulo XVI). San Juan aconseja además distinguir entre las señales de Dios y aquellas espurias enviadas por Lucifer. Una vaguedad parecida a la enfrentada por el psicoanalista durante el momento de la escucha, cuando debe distinguir entre la epifanía de “O” por una parte, y las oscuras pretensiones contratransferenciales, por la otra. En forma similar a como los cristianos utilizan el acto de fe para alcanzar una unión con Dios, el psicoanalista debe utilizar también un acto de fe para recoger la “verdad” en las revelaciones de “O”, transformar esta intuición en K y desde allí fabricar la interpretación. En el capítulo sobre “los ignorados de Bion” hago referencia sobre “O” en relación a la filosofía del Zen.

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