José Luis Gómez Urdáñez - Fernando VI y la España discreta

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Las referencias a los reyes Fernando VI y Bárbara de Braganza en la historiografía suelen ser tan escasas como previsibles. Los pocos estudios que reparan en los monarcas, en su labor política y en su vida, comienzan todavía hoy lamentado su desconocimiento y terminan con lo más divulgado: la locura de un rey que no pudo vivir una vez muerta su mujer.
El reinado de Fernando VI parece una «sala de espera» hasta que la llegada de Carlos III iniciase la serie de las grandes reformas del Despotismo Ilustrado. Sin embargo, la contabilidad del reinado presenta muchos aspectos positivos. No solo «el beneficio de la paz» y la restauración de la hacienda pública, sino la creación del Real Giro, la fundación de la Real Compañía de Barcelona, la puesta en marcha de la ingente encuesta para la implantación de la Única Contribución, la elaboración de las ambiciosas ordenanzas de Marina, la fundación de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, la construcción del Observatorio de Cádiz o la exploración del Orinoco.
El libro revisa, por tanto, todos los tópicos que han caído sobre el reinado dando vida a una época poco divulgada de la historia que sostuvo un renacer de la autoestima de España como hacía tiempo no se conocía ofreciendo una serie de pistas para conocer realmente un reinado injustamente marginado.
"Su autor no solo analiza una época mediante una narración amena y entretenida y una interpretación objetiva y equilibrada, sino que además nos introduce en ella como si nos acompañase a dar un amistoso paseo, un polite walking, tan propio del civilizado Siglo de las Luces."
Carlos Martínez Shaw

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Los nuevos viejos enfoques

La imagen de los reyes, del reinado y de los ministros no sufriría grandes alteraciones hasta los pioneros de la reciente recuperación historiográfica española de los años cincuenta. Hay que citar aportaciones importantes anteriores, pero han sido mucho menos divulgadas. Así, la obra de Sir Richard Lodge, The private correspondence of Sir Benjamin Keene, publicada en Cambridge en 1933, ha sido más citada que leída y utilizada. Otro tanto ocurre con el libro de R. Bouvier y C. Soldevilla, Ensenada et son temps, publicado en París en 1941. Ambos textos aportan documentos de capital importancia, pero, en especial el de R. Bouvier, cuyo subtítulo Le redressement de l’Espagne au XVIIIe siècle es significativo, no obtuvieron, evidentemente, el aprecio de los historiadores de la España del Franquismo.

Menos sospechas debió suscitar la interesante aportación documental de J. A. Pinto Ferreira en su Correspondencia de D. Joao V e Dª Bárbara de Bragança Rainha de Espanha, 1746-1747, que permitía al fin un acercamiento a la reina a través de sus propios escritos. El libro, publicado en Coimbra en 1945, incorporaba 56 cartas de Bárbara a su padre en las que afloran la sensibilidad, la saudade, un cariño extraordinario entre Bárbara y Fernando; pero, sobre todo, una desconocida hiperactividad política de la reina contra el opresor aparato filipino dirigido por Isabel de Farnesio y secundado por Villarías. La desprestigiada reina fea y obesa, que ya había encontrado en Ángela García Rives una primera reivindicadora, veía mejorar su imagen política en este libro que desgraciadamente solo contemplaba el primer año de su reinado. Con todo, la aportación de Pinto suscitaría pronto, de la mano de María Dolores Gómez Molleda, el interés de la historiografía española por la fuentes portuguesas a pesar de que, desgraciadamente, sufrieron una merma irreparable al desaparecer el archivo del palacio de Riveira durante el terremoto de 1755.

A la pérdida de la documentación sobre los primeros años de la infanta portuguesa hay que unir las calamitosas relaciones entre vecinos que tanto han obstaculizado la mutua colaboración entre España y Portugal, no solo historiográfica. «En Portugal se ignora casi la existencia de la hija del rey Juan V», decía en 1924 Antonio Sardinha, quien ya reparaba en que Bárbara «pudo dejar tras sí, en inteligencia, corazón y virtud, un surco bien difícil de apagar». Tanto María Dolores Gómez Molleda como María Teresa Barrenechea intentarían seguirlo. (Obsérvese que, recíprocamente, nada sabemos en España de María Victoria, Marianina, la hermanastra de Fernando VI que llegó a reinar en Portugal). Con todo, en los últimos años se ha producido un acercamiento entre historiadores portugueses y españoles en torno al Instituto sobre Estudios de la Corte (IULCE) dirigido desde la Universidad Autónoma de Madrid por José Martínez Millán, que en lo que aquí respecta ha dado a la luz, en 2009, un amplio elenco de estudios, en tres tomos, sobre las casas de las reinas en las monarquías hispana y portuguesa, entre el siglo XV y el XIX.

Solo a partir de la década de los cincuenta —aceptando la excepción de la publicación en 1945 de La Única Contribución y el Catastro del marqués... de A. Matilla Tascón, aportación pionera sobre la vertiente económica del periodo— se comenzó a reparar en la importancia de la época fernandina y se trazaron perfiles más cuidados del rey y la reina. Se impondría finalmente «el rey sin gusto de mandar» —este era el título del artículo en el que María Dolores Gómez Molleda retrataba a Fernando VI en 1958—, pero los reyes dejaban de ser unos abúlicos totales y se apreciaba, al menos, su buena intención, el acierto de elegir buenos ministros y su sensibilidad artística y urbanística, origen de las primeras fórmulas de patrocinio regio de la Ilustración.

Bárbara al fin «entraba en política», de la mano de Gómez Molleda, ocupando un notable espacio en las operaciones de desmoche del entorno cortesano del finado Felipe V que Isabel de Farnesio quería mantener junto al nuevo rey. El papel político de Bárbara en 1746-1747, cuando se producen los grandes cambios y sobreviene el sentimiento «españolista», es notable, según la historiadora, que proclama los comienzos del reinado de Fernando VI como «proceso de españolización sin tregua». La caída de Villarías, el cambio de confesor del rey —ahora el jesuita Rávago, el primer español en el confesionario regio—, el destierro de la Farnesio a San Ildefonso, las expresiones del rey a favor de la paz con todos y las tribulaciones de la reina, apoyada en la influencia que ganaba el embajador portugués Vilanova, son las piezas con que Gómez Molleda reconstruye el ambiente de un Viejo y nuevo estilo en la corte de Fernando VI, el título de su artículo en Eidos en 1957, que completa los que había dedicado a Ensenada y a Carvajal desde 1953 y el de T. Barrenechea sobre la reina publicado en Eidos en 1956.

Tras estos trabajos y algunos artículos esporádicos o de ocasión citados en su mayor parte en mi libro El proyecto reformista de Ensenada (Lleida, 1996), el reinado fernandino fue de nuevo desatendido. Sin embargo, el siglo XVIII español, paradójicamente, cobraba cada vez más importancia entre los historiadores, conscientes de su evidente deformación. La recuperación del «dieciochismo», en pleno auge en los setenta, debe mucho a la nueva generación de hispanistas, bien diferentes a la de los primeros «observadores de indígenas», y también a la recepción de los métodos de la económico-social. Pero, sea porque la mayoría de los estudiosos, extranjeros y españoles, se dedicaron de nuevo a la manida «segunda mitad», sea porque en los estudios de historia social y económica se impuso la necesidad de conocer la crisis del Antiguo Régimen, cuyo comienzo exigía arrancar en los motines del 66, lo cierto es que el periodo anterior a Carlos III quedó en barbecho.

En la actualidad, ha ganado mucho terreno el conocimiento de los aspectos culturales, de lo que es fruto la aceptación de la importancia de los novatores y de los logros científicos de mediados de siglo según las sólidas propuestas de R. Olaechea, A. Mestre o T. Egido; también hay excelentes estudios de D. Ozanam sobre política exterior; pero no hay en paralelo avances en dos aspectos fundamentales: la historia política y la historia comparada en relación con los aspectos internacionales y con la difusión de las otras ideas, las que no atañen en exclusiva a una Ilustración estética o parisina. Quizás los recientes estudios de F. Sánchez-Blanco Parody son la mejor esperanza de un esperable cambio de óptica, que está ya muy presente en los estudios dirigidos por José Martínez Millán sobre las relaciones políticas en las cortes, junto a los de María Victoria López Cordón, Gloria Franco, o el grupo siempre en primera línea de los modernistas alicantinos, con nuestro amigo y maestro Enrique Giménez a la cabeza.

Solo con la comparación de reyes y monarquías, ideas y realidades, en la Europa de los déspotas, saldremos del pasto del tópico —el granjero Jorge III, el ceremonioso Juan V, el frívolo Luis XV, el filósofo Federico II—, el loco Fernando VI—, de sus ministros —el incapaz Saint Contest, el asiático Pombal, el virtuoso Carvajal, el radical Macanaz, el magnificente Kaunitz—, y entraremos en el estudio de un siglo europeo con lo que es muy posible que la España del XVIII pueda tener al fin otras varas de medir que las que le proporcionaron quienes hicieron del siglo cosmopolita una antesala de los fundamentos nacionalistas, eligiendo reyes inspirados o torpes, ministros modelo o ilustrados con y sin carné. Quizás se pretendió embellecer los orígenes del régimen liberal español, que heredó más despotismo que ilustración; quizás fue más rentable enzarzarse en el pasado que acudir al reto de la realidad. En cualquier caso, Fernando VI y Bárbara de Braganza esperan una biografía a la altura de los logros historiográficos actuales. En todo caso, ha llegado ya el tiempo de hacer una historia política del XVIII desde la política.

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