– Significa estar solo -le dijo su padre-. Así es como estás en este mundo.
Tenía que entender que no podía contar con nadie. Que tendría que salir adelante por sus propios medios. Luego le dijo que pensara en aquella palabra, que comprendiera su significado. Madden se quedó mirando las letras, las palabras, e intentó comprender. Solitario. Solo. Cada vez que intentaba volver la página, su padre lo cogía por el cogote y lo obligaba a pegar la cara a la página, como si fuera un perro que hubiera defecado en la alfombra. Solitario. Solo. Recordaba haberse resistido a llorar, aunque estaba al borde del llanto. Se preguntaba dónde estaba su madre, por qué no iba a rescatarlo. Sentado en el sillón grande, donde solo él podía sentarse, su padre lo miraba mientras encadenaba un cigarrillo tras otro. Madden ignoraba cuánto tiempo tuvo que pasar allí sentado con el diccionario, solo sabía que fue una inmensa extensión de tiempo.
Cuando estaba con Gaskell, a veces tenía la sensación de que el tiempo se ralentizaba de aquel modo, y temía hablar por miedo a cometer alguna falta cuyo castigo fuera, de nuevo, el exilio. De hecho, no descubrió que su estado tenía un nombre hasta que conoció a Gaskell. Y después no podría habérsele hecho más obvio, como si le hubieran deletreado las palabras una a una sobre papel. Era un apátrida, un refugiado. Estaba en el exilio.
Aquella primera vez, salieron de la ciudad montados en la moto, llegaron hasta la depuradora y Madden sintió ganas de no volver nunca, de seguir adelante un poco más y luego otro poco. Casi fue un alivio detenerse, sin embargo: aquella exaltación nunca duraba mucho tiempo. El mundo imponía sus exigencias y había que seguirlas. Pasearon y Gaskell habló y él escuchaba.
– Bueno, ¿qué quieres ser cuando seas mayor? -dijo Gaskell.
– Médico, ¿qué va a ser?
– Médico. Eso no es una aspiración, es lo que les decías a tus padres cuando tenías diez años. ¿Qué quieres ser de verdad?
– Médico. Cirujano.
– «Médico, cirujano». Me parece a mí que llevas mucho tiempo diciéndote eso, sí, señor.
– Bueno, es la verdad. He querido ser cirujano desde que tuve edad suficiente para entender lo que era.
Gaskell soltó un bufido.
– ¡Qué me dices! Hostia puta. ¿Qué niño de diez años quiere ser cirujano? No me lo creo. Ni un poquito.
Madden estaba irritado. ¿Quién era aquel beatnik, de todos modos, para llamarlo mentiroso?
– Bueno, ¿y qué quieres ser tú, si no quieres ser doctor?
– ¡Doctor! Lo llevas crudo, Madden. De verdad. No solo quieres ser médico, sino que además quieres ser doctor. Pues yo no.
– ¿Y por qué estudias Medicina si no quieres ser médico?
– Muy sencillo. Porque para eso me paga mi querido papaíto. Si no estudio Medicina, no hay paga. Mi familia tiene demasiada pasta, según vuestros parámetros, como para que me den un préstamo de estudios. Así que, si quiero estudiar, puedo elegir: Medicina, Derecho, Ingeniería, Física. El mundo a mis pies.
– ¿Qué quieres hacer, entonces?
– Buena pregunta. -Gaskell guiñó los ojos para mirar al sol, que, rojo y anaranjado, se filtraba en un banco de nubes bajas y horizontales. Estaba oscureciendo.
– Deberíamos irnos -dijo-. Las luces de la moto no son muy de fiar. Es mejor que volvamos pronto.
Por lo poco que Madden sabía de aquel extraño, resultaba raro que dijera algo tan prudente. Hasta mucho tiempo después no se dio cuenta de que aquel comentario estaba mucho más cerca del verdadero carácter de Gaskell de lo que él creía. Gaskell, naturalmente, estaba siempre adoptando poses. Incluso durante sus accesos de depresión, que duraban días enteros, daba la impresión de percibirse a sí mismo como un actor al que, sin Madden como público, aterrorizara la idea de dejar sencillamente de existir. «Sin ti, Hugh, no hay nada que revelar».
– ¿Y qué quieres hacer?
– ¿Qué? Perdona, viejo, estaba muy lejos. Qué hacer, qué hacer, qué hacer. Buena pregunta, muy buena pregunta. Primero, creo que deberíamos volver a tu bella ciudad natal (porque tú naciste allí, ¿no?) pasar de los presbiterianos y retirarnos a una agradable posada a pasar la tarde ¿Qué me dices?
– No tengo mucho dinero.
– Ah, el dinero. No te preocupes por nada. La Providencia… en fin, proveerá, supongo. -Gaskell metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta de pana y sacó un billete de cinco libras-. ¿Ves? ¡No tengo más que abrir la boca, y listo!
Madden no supo qué decir. Nunca había visto tanto dinero en manos de un estudiante, ni de un adulto.
– ¡Una buena cena, mujeres de mala reputación y licor para acompañar! ¿Qué me dices, tarado?
– No me llames así, por favor.
– Perdona, viejo. Solo era una broma.
El Raskolnikov [7]de Hillhead, apodó Gaskell a Aduman cuando Madden le habló de cómo deambulaba por las calles con la esperanza de eludir a la casera, de cómo intentaba pedir prestado, mendigar o robar dinero suficiente para el contador de la luz.
– Ya ha empeñado los botones de su chaqueta -dijo Gaskell. Tendrían que hacer algo por él, enviarle anónimamente un paquete a su habitación. Pan y salchichas, todo bien envuelto en una bufanda nueva.
– Y no olvides unos botones sueltos -añadió Madden, y Gaskell se echó a reír.
– ¿Quién más? -preguntó.
– ¿Quién más qué?
– Ya sabes… ¿a quién más espías?
– No los espío.
– ¿Qué haces, entonces?
– No es nada sucio, ni sórdido. Eso lo tienes tú en la cabeza.
– ¿A quién más?
– A Beth Tripp, a Port George, a Saudi Mehmet, y a unos cuantos más. Beth Tripp era la mejor. Tenía una voz como una bocina de barco, la típica yanqui. Mascaba chicle sin parar.
¿De veras mascaba chicle? Ya no estaba seguro. Pero eran los años sesenta. Tenía que mascar chicle, si era americana. Quizá aquello se lo hubiera inventado, pero se veía diciéndoselo a Gaskell. Sabía ya entonces que lo que más le gustaba eran aquellos aderezos. Gaskell lo interrumpía constantemente, encendía un cigarrillo tras otro, le echaba el humo en aquella lúgubre habitación suya con novelas de bolsillo tiradas por el suelo y montones de apuntes por todas partes. Una guitarra desvencijada y sin cuerdas en un rincón, y un tocadiscos Dansette sobre el aparador mohoso. Los mismos discos siempre puestos. Tenía solo tres, ninguno de ellos un éxito del momento: Ella Fitzgerald, Billie Holiday y alguien llamado Varese. Aquellos discos formaban parte de su actitud, de su desprecio por todo lo que consideraba meramente una moda.
Ropa amontonada en la cama y en el suelo de tarima para ahuyentar a los ratones y conservar el calor, todo en vano. Gaskell siempre recostado, nunca sentado, como si se complaciera en hacer que Madden se sintiera físicamente incómodo.
No había dónde sentarse, salvo la cama, y Gaskell le lanzaba soflamas por ser tan cuadriculado y querer sentarse en una silla, y ahí tenías a los chinos y a los japos, que ni se molestaban con ellas y eran muy capaces de pasarse las horas muertas sentados en el suelo, y hasta los días enteros, Madden bien podía aprender de ellos, ya lo creo que sí. Luego rompía a reír y calificaba a Madden de intelectual y burgués y le decía que llamara a la puerta de al lado y pidiera prestada una silla al tipo de la habitación contigua, que no le importaría: de todas formas se había largado sin pagar el alquiler, ese sí que era un tío sensato. Madden fruncía el ceño y se sentía aún más incómodo hasta que Gaskell se calmaba y suspiraba, y se iba él mismo a la habitación de al lado a por la silla. Solo cuando estaba sentado era capaz de relajarse, por poco que fuera, y su temperamento mejoraba tras un par de tragos de Grouse.
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