– ¿Quién está hablando? -preguntó Ariel. ¿Por qué lo preguntaba, si nadie había dicho…
Se cuenta que Tubilok fue encerrado de la siguiente manera: Tarimán lo arrojó a un pozo de roca fundida, y después ordenó a Belistar, el viento del Norte, que enfriara la lava con su aliento. La lava se solidificó alrededor de Tubilok, que quedó apresado en el corazón de la roca.
… nada?
Ziyam se volvió a los lados, desconcertada por aquella voz de hombre que no había escuchado en su vida. Los radios de luz que convergían hacia el centro de la cúpula eran líneas rectas y a la vez curvas que sin cruzarse se
anudaban.
No pudo aguantar más y se inclinó para vomitar. Hacía tantas horas que no probaba bocado que sólo devolvió una agüilla amarga mezclada con gotas de sangre.
– ¿Quién está hablando?
La pregunta ya la había oído antes. Había sido la niña, pero cuando la escuchó Ziyam pensó: No está hablando nadie.
– Linar. Fue Linar quien dijo eso.
Ahora era Tríane, la maldita Tríane, la maldita madre de la maldita niña, la que había hablado. ¿Linar? ¿Quién era Linar?
– La roca. La roca.
Ziyam estaba caminando hacia el cilindro negro, pero cada vez parecía alejarse más.
– ¡La roca!
Ziyam dio un respingo. Hacía un instante Tríane se encontraba unos metros detrás de ella, junto a Ariel, pero de pronto estaba agarrándola por la cintura y gritándole algo al oído. Y ella todavía no había empezado a caminar.
– ¡El cilindro negro es la roca fundida! ¡Hay que sacarlo de ahí para acabar con esta locura!
Ziyam se encontró caminando otra vez, en el mismo punto en que se hallaba cuando Tríane le gritó: «¡La roca!»
El cilindro no era lo único que había en el centro de la cripta. Algo había aparecido a su alrededor, o tal vez estaba ya antes, si es que «antes» y «después» significaban algo en aquel lugar. Ziyam ya no lo sabía, sólo sentía que dentro de su cabeza tenía un trapo mojado que no dejaba de hincharse y apretarle contra los huesos del cráneo.
Ese «algo» eran unas extrañas cintas que se revolvían en círculos alrededor del cilindro, unas bandas violetas, o de un tono que recordaba al violeta sin serlo. Un color que no era de este mundo y que proyectaba luces fantasmagóricas, del mismo modo que tampoco era de este mundo la geometría de aquellas cintas que se anudaban y desanudaban en lazos y planos imposibles. ¿Cómo podía una cosa estar delante y detrás al mismo tiempo?
Olía a carne quemada. Las cintas formaron un dibujo en cruz y se lanzaron al rostro de Ziyam. De pronto sintió un dolor lacerante en la mejilla y chilló. Se tocó la cara. Allí estaba de nuevo la cicatriz, con sus bordes rugosos y purulentos.
– ¡No, no! -sollozó-. ¿Por qué me haces esto?
Siguió avanzando, dejando detrás o delante el recuerdo del hierro candente, con el rostro intacto un segundo y quemado al segundo siguiente.
Miró atrás. Las demás mujeres estaban a unos quince pasos, que se le habían hecho largos y eternos como un sueño. Ya le quedaba menos para llegar al centro.
sueño ¿sueño? sueño tendrás despiértame
Cada vez le costaba más mover las piernas. En las montañas de Atagaira había experimentado algo similar, cuando soplaban ventiscas tan fuertes que por más que intentaba avanzar prácticamente se quedaba clavada en el sitio. Pero aquí era distinto. No sentía aire soplando en su cara. Era más bien como si el suelo se empinara ante ella, aunque sus ojos le decían que era llano.
De niña, su hermana Tylse le regaló dos piedras negras que poseían magia, dos imanes que se atraían cuando los acercaba. Pero si ponía uno de ellos al revés y trataba de juntarlos notaba una extraña fuerza que los repelía, como si el aire entre las piedras se volviera sólido.
Era lo mismo que le ocurría ahora. Ella era uno de los imanes. El otro se encontraba en el centro del remolino de cintas violetas y no violetas. Cuanto más se acercaba, más fuerte era la repulsión.
Debo llegar, debo llegar…
Tenía el cuerpo empapado en sudor y sentía calambres en las piernas. Los últimos dos pasos habían sido como escalar un acantilado.
– No lo intentes. No podrás hacerlo.
Se volvió a su derecha. Allí estaba Tríane, a su lado, y también las demás mujeres. El cilindro volvía a encontrarse muy lejos, en el mismo lugar donde había estado o iba a estar.
– Ya lo he intentado y no he podido -respondió.
Tríane la miró con gesto de perplejidad.
– Es cierto, ya lo has intentado -reconoció.
Siguió un diálogo absurdo que aún le provocó más náuseas temporales. Las guerreras rogaron a su reina que no les ordenara acercarse a aquel cilindro custodiado por demonios flotantes, pero ella no se lo había pedido todavía. Tríane le dijo que ella tampoco podía hacerlo, que había poderosos encantamientos que le impedían traspasar las cintas de color alienígena.
– Debe hacerlo mi hija.
– Antea, lleva a tus guerreras al centro. -Ahora sí se lo he pedido.
– Ella tiene la Espada de Fuego. Sólo Zemal puede…
– Es cierto, ya lo has intentado.
– Tríane, inténtalo tú entonces.
Las preguntas y las respuestas se mezclaban como cartas barajadas. Olía a vómito, y luego a más vómito, y a carne quemada y a hierro al rojo vivo.
– ¡Me va a estallar la cabeza! -gritó Neerya, de rodillas y apretándose las sienes. Irundhil estaba tumbada en el suelo, expulsando una repugnante baba verde por la boca y agitando las piernas como si sufriera un ataque del mal sagrado.
– ¡BASTA!
El aire olía a ozono ahora. Ariel había desenvainado la Espada de Fuego y la sostenía ante sí, aferrándola con ambas manos y rechinando los dientes.
Ariel ya no resistía esa locura. Era como si le hubieran levantado la tapa del cráneo y un cocinero loco removiera sus sesos con una cucharilla.
Pero al empuñar a Zemal todo pareció calmarse. Las imágenes dejaron de vibrar y mezclarse, y los sonidos se centraron alrededor del zumbido de la hoja.
– Debes ser tú, hija -le estaba diciendo Tríane.
– No quiero, madre. Tengo miedo.
– No va a pasar nada. Cuando esto termine, le devolverás a Derguín Gorión su arma, y le enseñarás a su amigo con vida.
– ¿Cómo lo sabes? No hemos traído al Mazo. ¿Y si esa mujer nos está engañando?
– Ya has visto que en este lugar actúan extraños poderes. Nada es imposible cuando el mismo tiempo puede cambiar de dirección y volver atrás. ¡Ve, hija!
Ariel cerró los ojos y respiró hondo. Cuando su padre practicaba las Inimyas, las series que debe dominar un maestro de la espada, ella lo observaba a hurtadillas e imitaba sus maniobras con el palo de una escoba. Ahora, para darse valor, recitó la invocación a Taniar con la que se empezaba la primera serie de maestría.
– ¡Oh, diosa roja de la sangre, hermosa llama de los cielos, revélame tus secretos movimientos para que el aire silbe y ensordezca a mis enemigos y para que mi kisha sea cegadora como el relámpago de…!
Unas uñas pellizcaron su hombro. Era su madre, con gesto de terror.
– ¡No menciones ese nombre aquí delante de él! Ahora, ve hacia allá – añadió, señalando al cilindro de basalto-. ¡Ánimo!
Con mucha cautela, poniendo un pie delante de otro como una funambulista, Ariel empezó a caminar hacia el centro de la cúpula.
No había avanzado muchos metros cuando notó una extraña resistencia, como si el aire se hubiera vuelto sólido o estuviera lleno de minúsculas manos que la empujaran hacia atrás. Pero levantó con más decisión la Espada de Fuego y apretó la empuñadura.
– ¡Zemal, concédeme tu poder! ¡En nombre de mi padre, el legítimo Zemalnit, ábreme paso!
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