Ángeles Mastretta - Mal De Amores

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Mal De Amores: краткое содержание, описание и аннотация

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Mal de amores es la historia de una pasión entretejida a la historia de un país, de una guerra, de una familia, de varias vocaciones desmesuradas. Emilia Sauri, la protagonista de esta inquietante novela, nace en una familia liberal y tiene la fortuna de aprender el mundo de quienes lo viven con ingenio, avidez y entereza. Cobijada por la certidumbre de que el valor no es tal sin la paciencia, busca su destino enfrentando las limitaciones impuestas a su género y los peligros de su amor a dos hombres: desde su infancia por Daniel Cuenca, inasible aventurero y revolucionario, y en su madurez por Antonio Zavalza, un médico cuya audacia primera está en buscar la paz en mitad de la guerra civil. Regida por la mejor tradición de las novelas costumbristas, Mal de amores es una novela cuya prosa nítida y rápida consigue arrobarnos con su maestría, mientras nos regala los delirios de una invocación amorosa cuya desmesura nos contagia de futuro y esperanza.

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– Me voy a mi cama antes de que llegues a tu discurso sobre la democracia como un asunto civilizatorio -contestó Josefa levantándose.

Abandonó su poltrona y caminó por el centro del cuarto, pensativa y disgustada. Diego la miró caminar, sin querer evitarse el viejo encanto que su mujer le provocaba en los momentos más inesperados.

– No se enoje usted -le pidió-. ¿De qué quiere platicar? ¿Qué sueño ambiciona? ¿Qué estrella le bajo?

– No molestes, Diego -dijo la señora Sauri alejándose de los brazos que su marido le extendía.

Emilia sonrió al verlos juguetear, y una especie de consuelo le pacificó la pena rara que era su amor adolescente, abandonado de buenas a primeras, con la misma contundencia con que osó llegar.

– Mañana voy a ver a Sol y la ayudo en todo lo que necesite. Te lo prometo -dijo abrazando a su madre como si fuera su hija.

Detenidas en mitad de la sala, una apoyada en la otra, le parecieron a Diego el centro del mundo.

– Están exhaustas como dos guerreras -opinó Diego contemplándolas con los ojos perdidos en su abrazo. Le pareció que eran hermosas y firmes. Idénticas y opuestas. ¿Qué importaría una guerra cerca de ellas?

Al día siguiente, hija y madre salieron temprano rumbo a la casa de Sol. Desde el portón de la entrada se oía el revuelo del segundo piso. Emilia y Josefa entraron en la recámara donde se amontonaban todas las prendas de ropa interior que una mujer pueda usar en su vida, junto con todas las toallas, sábanas y colchas que pueda necesitar una casa en veinte años, cuando la niña casadera estaba subida en una silla probándose el vestido que apenas había llegado a tiempo de París, con el inconveniente de ser dos tallas más grande que su dueña.

Josefa pensó que hubiera sido mejor encargárselo a la modista más elegante de la ciudad, en vez de lidiar con un disgusto de última hora, pero se ahorró el comentario movida por su odio a la impertinencia. No conforme con eso, se ofreció a conseguir que el traje le quedara pintado a Sol. Pidió alfileres y empezó a prenderlos en el vestido, con una habilidad de modista. En media hora había terminado de ajustar el traje al cuerpo de la muchacha. Hasta entonces, Sol bajó de la silla y Emilia le ayudó a desabrochar la hilera de pequeños botones forrados de organza que le corría por la espalda como un escalofrío.

– Vas a estar preciosa -dijo y la besó para disculpar su ausencia de tantos días.

Sol se había quedado a medio vestir con su corpiño de varillas y sus fondos de olanes.

– ¿Qué te pasó? -le preguntó a Emilia en voz baja y casi sobre el oído.

– Me caí a un río -dijo Emilia jugueteando con sus recuerdos.

Se hicieron hueco entre la corsetería que salpicaba la cama, para acomodarse a cuchichear mientras Josefa y la madre de Sol iban a entretenerse en la sala de los regalos.

Habían montado repisas a todo lo largo y ancho de la gran habitación y no quedaba ni un lugar vacío.

– ¿Dónde pusiste el mío? -preguntó Milagros Veytia a manera de saludo al entrar al salón dispuesta a examinarlo todo con gesto de juez. Paseaba entre la plata, las porcelanas y el cristal cortado, con un desparpajo que ponía en riesgo la estantería completa-. Hay vajillas para un ejército -dijo.

– Van a tener dos haciendas, una casa en la capital, un atelier en París y otros lugarcitos. Les harán falta, no creas -dijo la madre de Sol, fingiendo bañarse de sencillez cuando no cabía en su piel. Luego volvió a caminar entre regalos. Como iluminada, se detuvo frente a un reloj metido en madera con incrustaciones. Una joya de marquetería, a la que estaba prendida la tarjeta de Milagros Veytia. Cuando la leyó, la mujer se deshizo en elogios y agradecimientos.

Como respuesta al panegírico, Milagros se limitó a preguntar condescendiente para qué podía ser útil en ese momento. Josefa le había mandado un mensaje pidiéndole que viniera y le explicó que los motivos de la urgencia estaban todos en las cien alforzas por desbaratar y volver a hacer en el vestido de Sol.

Milagros había quedado exhausta tras la visita de Madero, pero en vez de poner un pretexto y salir corriendo del trabajo, se dijo que le vendrían bien un tiempo de reflexión y silla con algo entre las manos. Los últimos días había caminado kilómetros yendo de un lado al otro de la ciudad, así que le gustó la idea de acomodarse en el costurero a conversar con su hermana.

– Esta mujer se ahoga en un charco -dijo en cuanto la madre de Sol tuvo que irse a solucionar uno de los veinte mil falsos problemas que la agobiaban.

– Y tú no tienes vergüenza. Te vi cambiar la tarjeta -le aclaró Josefa deteniendo el bordado para escudriñar los impasibles ojos de Milagros.

– No me delatarás, ¿verdad? -se aseguró Milagros-. Me parece necio gastar en un regalo para alguien que ha recibido envíos de todos los ricos de México. Con lo que me hubiera costado ese reloj saco a veinte hombres de la cárcel -explicó justificándose con la clara sonrisa de una santa.

Durante los días que siguieron, la vida giró sin reparo hasta casi parecer la misma. En las mañanas, las Veytia conversaban largo junto al vestido de Sol. Quien las hubiera visto de lejos, cosiendo sin aparente preocupación el vestido de la muchacha que se casaría con el hijo menor de una de las familias más ricas de la ciudad, el estado y el país, no podría siquiera imaginar el aire que rondaba sus conversaciones. Josefa sabía por Milagros que durante los días siguientes a la visita de Madero, habían desaparecido de la ciudad decenas de sus más entusiastas seguidores. Para aumentar sus pesares, Milagros le contó que una noche había salido un tren con ciento treinta prisioneros que serían llevados como castigo a Quintana Roo, aquel imaginario lugar lleno de prodigios por el que su marido sentía nostalgia tantas tardes.

Por más que le daba vueltas, Josefa no podía creer que tal paraíso fuera considerado un lugar de castigo.

– Los llevan a hacer trabajos forzados bajo un calor que mata -le dijo su hermana-. No van a pescar y a dormir junto al mar que revuelve los recuerdos de tu marido. Van a la selva cerrada, a dormir entre víboras y mosquitos, a pelearse con el monte para abrir caminos, a comer lo que les avienten, a morirse.

– ¿Todo eso por querer elecciones limpias?

– Todo eso… -murmuró Milagros, en quien por primera vez Josefa percibió el desaliento.

– Vente a vivir con nosotros -le pidió Josefa al verla por un momento de sus vidas en condición de desamparo.

– No es para tanto. La soledad tiene sus placeres.

– Cásate con Rivadeneira -sugirió Josefa cortando un hilo.

– ¿Para arruinarle la vida? -preguntó Milagros.

– Ya se la tienes arruinada -dijo Josefa.

– ¿Cómo va Emilia? -preguntó Milagros, que sintió peligros en semejante conversación.

– Va -le contestó Josefa sabiéndola más desolada de lo que era posible notarle.

Desprendida de Daniel y su abrazo, Emilia quiso hundirse entre los frascos y fragancias de la botica. Su padre la recibió cantando el Ritorna vincitore y no se volvió a tocar el tema del dolor por ausencia.

Diego estaba seguro de que ninguna palabra podía darle a su hija mejor que el entretenimiento, así que la entretuvo enfrentándola a uno de los problemas más abrumadores del ser humano: cómo descubrir las causas de sus enfermedades para poder librarse de ellas.

Con la naturalidad de quien nunca ha quitado ese tema de su cabeza, Emilia volvió a los libros de medicina que guardaba su padre.

– Mira lo que te tengo -dijo Diego una tarde, esgrimiendo un tomo amarillento y deshojado.

Se llamaba Historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales y había sido escrita por el médico sevillano Nicolás Monardes y publicada en el año de 1574.

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